CERVERA, POLENTINOS, PERNÍA Y CASTILLERÍA, Froilán de Lózar (3ª Edición)

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27 de enero de 2017

El crimen de Rabanera

Arturo San Rufo fue el organizador de las primeras jornadas de blogueros riojanos y leo en la sección digital de un diario de aquella comunidad, la idea que este evento les sugiere de entrevistar a quienes se mueven en el mundillo de las bitácoras. Así aparece la actividad frenética de Paca Sapena, nacida en Manises (Valencia), en 1955, casada con un riojano y residiendo en Navarrete, un municipio situado a 9 kms de Logroño. 




Resulta que, en "puertas con vivencias", recorre pueblo a pueblo la Rioja y llega a Rabanera donde se suscita esta curiosa leyenda.  Cuentan que, en cierta ocasión, reunido el alcalde y los concejales a puerta cerrada, decidieron matar al cura, que siempre estaba en contra de sus decisiones.  La idea era matarlo y buscar una coartada para despistar a la justicia.

Habían acordado matarlo en el huerto donde acudía cada mañana. Al miembro de la corporación que le tocó en suerte, bajó con su trabuco de mañana y le mató de un tiro. El criminal se dirigió después hacia el lavadero donde había acordado encontrarse con los otros concejales y el alcalde.

Escondieron el arma y se dirigieron después a San Román, a coger la diligencia que los llevaría hasta la capital. Pero ya saben ustedes cómo son en los pueblos. Siempre hay alguien que todo lo ve y lo oye, como sucedió aquel día en Rabanera. Cuando ocurrieron los hechos, una mujer sacudía las alfombras. Y escuchó un tiro y vio correr campo a través a un hombre y lo vio llegar al lavadero donde le esperaban otros tres.

Avisó a otros vecinos, fueron hasta el huerto del cura y lo encontraron muerto.  Enseguida, un vecino salió a caballo para Logroño donde dio cuenta de los hechos, pasando los culpables de la estancia del Gobernador con quien estaban reunidos, a la cárcel.  Desde entonces a los de Rabanera los llaman "matacuras" y, la leyenda, aunque no parece causa suficiente, podría servir para justificar el hecho de que a partir de aquel momento la residencia del cura pasó a ser Ajamil, pueblo situado en la cuenca del rio Leza y formado en la actualidad por tres núcleos de población: Ajamil de Cameros, Larriba y Torremuña.

Según explica Paca, el relato se lo debemos a Felipe Martínez Calleja (2007), natural de Jalón de Cameros y residente en Trevijano y nos sirve para ir conociendo historias curiosas de rincones apartados como el nuestro.

De la sección "La Madeja" en Diario Palentino. 2017

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20 de enero de 2017

El duende de Tarancueña

En la comarca de Caracena, provincia de Soria, se encuentra la localidad de Tarancueña, integrada en el municipio de Retortillo de Soria. Ya en el censo de 1787, ordenado por el Conde de Floridablanca, figura como lugar del partido de Caracena, bajo la autoridad del alcalde Pedáneo nombrado, seguramente, por Andrés Manuel Alonso Pacheco, VII Duque de Uceda.
Al adentrarme en la historia de estos lugares, y en Caracena, encuentro referencias a los símbolos y alegorías que pueden apreciarse en los arcos de su iglesia y que, a buen seguro es conocedor mi buen amigo Manuel Gila, gran estudioso del románico.

 



Lo cierto es que, en Tarancueña, una localidad que no llega a la veintena de almas, se suscita a finales del siglo XIX la leyenda del duende.  Una "Dama Blanca", comienza a pasearse por la casa de un matrimonio a raiz del nacimiento de su primogénito.  Parece que es sólo la madre la que puede verla, aunque no escapan para nadie todos los efectos que conlleva el hecho: velas que se apagan y se encienden, ruidos y otros efectos, así como, el hallazgo repetido del bebé fuera de su cuna, en el suelo, que aparece arropado y durmiendo plácidamente. La leyenda, no olvidemos que es una especie de cuento que sirve para explicar un hecho, va engordando a medida que llega a más gente. Cuentan que, tiempo después, estando en la cocina la madre con unas vecinas, todas pudieron ver cómo se movía aquella misteriosa dama por una estancia aneja. También el marido puede llegar a verla y, cada vez más gente, va dando fe, conforme señalan los cronistas, de las apariciones.

Un sacerdote bendice la casa para expulsar al duende, pero los fenómenos no cesan.

Dicen que cuando aquella familia se traslada a otro pueblo, en el momento de despedirse de los vecinos, alguien advierte que falta un cedazo, y antes de que nadie entre a buscarlo, se oye una voz que desde arriba dice: "ya lo bajo yo". Y todos salieron corriendo, aunque volvieron a recoger la pieza.

Algún misterio más reúne esta curiosa leyenda que arranca con el nacimiento de aquel niño en enero de 1883 y que, al parecer, siguió manifestándose en algunas de sus celebraciones familiares.

De la sección La Madeja, para Diario Palentino - 2017
Imagen: De Rowanwindwhistler - commons.wikimedia

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13 de enero de 2017

Devoción de leyenda

Leo en una revista de folklore que las leyendas se gestaron a partir de un hecho real que se ha ido adaptando a lo largo del tiempo para dar respuesta a las necesidades de quienes las transmitían, bien para obtener una moraleja, bien para explicar algún hecho curioso.



La leyenda es una historia ficticia, inventada, eso sí, para dar explicación al nombre de un lugar, o a un suceso que tiene que ver con la zona de la que hablamos.

Primero surge la historia, el hecho, el acontecimiento y, detrás, surge la leyenda que hace uso de animales, sonidos y misterios, condimentos que se van engordando de boca en boca, que era como nos llegaban antes las historias, y que, en estos lugares apartados, se rodean de esa aureola especial, donde, hasta el más extraño relato adquiere sentido.
Ya hemos citado muchas veces la leyenda de la muda que bajó acompañando a su señora, la condesa Elvira, por la parte más agreste de la Peña Tremaya y que, pasado el peligro, canta al llegar al pueblo que a partir de entonces se llamará de Cantamuda.

Otra fantasía es la que se escribe en torno al pozo Curavacas. Sebastián Miñano, en su Diccionario Geográfico Estadístico, lo describe así: "...la peña de "Curavacas, en cuya cima hay un pozo cuya profundidad no ha podido aún descubrirse, de figura redonda, y apenas puede atravesarse con un tiro de piedra, tiene el agua muy verde, algunas veces parece que brama, y se advierten sobre él continuamente las nieblas".

A Juan Diaz Caneja, le pilló la tormenta cuando fue a visitarlo y escribe en "Cumbres palentinas": "...Tenían razón, ¡el pozo brama!".

Quiero decir que, las leyendas, a pesar de haber sido maleadas con el paso de los siglos, toman un sentido especial en aquellos lugares de donde parten, como si, efectivamente, antes de producirse el hecho hubiera surgido el relato y ese efecto de misterio parece transmitirse de generación en generación a quienes vienen de nuevo a visitarlo en un día de tormenta.

De la sección "La Madeja" en Diario Palentino, @2017

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2 de diciembre de 2016

El caimán de Medina

Parece que diciembre es un mes propicio para los cuentos y leyendas, cuando ya se ha hecho todo el laboreo de la tierra y el tiempo aconseja refugiarse en la cocina al calor de una buena lumbre.




De este municipio de la comarca de Tierra de Campos, donde se puede degustar el famoso revuelto de chirlas con calandracas, salieron hacia América numerosos habitantes, convirtiéndose en aquellos años en el centro de distribución mundial de la plata llegada de las Indias a través del puerto de Sevilla. Del cancel de la entrada de una de sus iglesias cuelga un pellejo de caimán, piel donada por el riosecano Manuel Milán, uno de los que emigraron en busca de fortuna y que llegó a ser alcalde de Puebla, en México.

Cuentan que, cuando se estaba levantando la iglesia de Santa María de Mediavilla, los obreros encontraban al día siguiente todo destruido, hasta que dieron con el culpable. Se trataba de un gigantesco cocodrilo al que nadie se atrevía a enfrentarse, de manera que, las autoridades decidieron premiar con la libertad al preso que acabara con la fiera.

El preso que se ofreció como voluntario, se situó detrás de un espejo que puso frente al animal. Al verse, dicen que se quedó paralizado de terror, circunstancia que aprovechó el reo para asestarle una lanzada que acabó con su vida, recibiendo la libertad que se le prometió de manos del Almirante Enríquez.

Con motivo de las Edades del Hombre, en 2011, se potenciaba en aquella localidad vallisoletana la leyenda del "cocodrilo del Sequillo", gracias también a la inventiva de María del Mar Herrero, que regentaba por aquellos años un establecimiento de golosinas y frutos secos: piruletas de cocodrilo, dedales, camisetas, pastas, gomas para los niños y llaveros que muchos de los visitantes se llevaban de recuerdo.

Con lecturas similares, donde, generalmente, interviene un vecino que viene de América, se suscita también la leyenda del caimán de Berlanga de Duero (Soria), el cocodrilo de Santiago de Puebla (Salamanca) y el cocodrilo de la ermita de Sonsoles (Ávila).

De Juan Pablo Zumel Arranz - commons.wikimedia
De la sección La Madeja, en Diario Palentino.

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24 de julio de 2015

Leyendas de serpientes

Les comentaba hace unos días algo que es obvio para todo lector. Hoy el conocimiento nos llega de todas partes. Es un repiqueteo contínuo de historias a las que por una u otra causa no habías llegado, no teníamos ni una leve noción de que existieran; incluso aquellas que nos tocan de cerca, que hablan de la historia de nuestro pueblos, que a veces, como las leyendas, se inventan para explicar un hecho relacionado con una persona, una comunidad, un monumento...


Son muchas las leyendas que encontramos en todas partes, donde los animales juegan un papel importante, incluso la mula coja que aparece en la leyenda de San Salvador de Cantamuda, descendiendo una noche de tormenta por la zona más arisca de la Peña Tremaya. 

En el Monasterio segoviano de Santa María la Real de Nieva se atribuyen varios milagros a la Virgen de la Soterraña. Se dice que cura enfermos, resucita difuntos, apaga incendios y detiene el sol. Incluso, afirman las fuentes que hay testimonios e informaciones jurídicas que tratan de apoyar lo que para el común de los mortales no parece posible. En la iglesia se conserva la piel de una serpiente gigante, conocida también como "la anaconda de Santa Maria", a la que un pastor alimentaba con leche hasta que fue llamado a filas. En algunas entradas donde refieren esta historia, intuyen que al animal probablemente lo trajeran los monjes procedentes de las misiones en las que tomaron parte en algún país de América del Sur: Bolivia, Paraguay, Venezuela...etc, pero el hecho parece un poco rocambolesco, aunque no es el único. En la ermita de la Virgen del Camino (Zamora) se suscita otra leyenda similar, que tiene como protagonistas también a una boa y un pastor que aunque le tiene cariño, se enfrenta a ella, pues había matado a numerosas personas en su ausencia. El pastor, a su regreso de filas, le lleva leche en un cuenco y un espejo, de manera que al ver en el espejo un congénere que le iba a arrebatar el alimento, emprende una tremenda lucha que le llevó al agotamiento, momento que aprovechó el pastor para acabar con ella.

La ermita zamorana se construye dos siglos antes que la iglesia que nos ocupa de Segovia y aunque las historias se han ido maleando de boca en boca, parece que lo que querían era llamar la atención, la de Segovia por su Virgen milagrosa de la Soterraña y la de la ermita zamorana que se atribuye al exvoto de un indiano, es decir una ofrenda en agradecimiento por algo.

Para la sección "La Madeja" en "Diario Palentino" y Globedia.
Imagen: Fernando, en "Pueblos de España": capitel de Santa María la Real de Nieva.

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23 de enero de 2015

Un mundo de leyendas

Luis Díaz Viana hace referencia en su Aproximación antropológica a Castilla y León (1988), a la "Paparrasolla", que el Novísimo diccionario de la lengua castellana determina como "nombre inventado para meter miedo a los niños". Se trata de una creencia muy mencionada en el pueblo burgalés de Barbadillo de Herreros. La leyenda cuenta que un duende que vive dentro de la torre de la iglesia, sale por un ventanuco que da a la parte de atrás del campanario y se lleva a los niños desobedientes.




El mismo año que Viana, Aurelio Espinosa encuentra un monstruo en la tradición oral de Astudillo que amenaza con comerse a quien ose acercarse. Y cuentan que se comió a tres nietecitas, un molinero, un rebaño de ovejas y un batallón de soldados... ingredientes y personajes que cambian a medida que la historia corre de boca en boca. Parece que se le resistió una hormiguita, a la que amenaza como a los anteriores y que osa replicarle que si lo hace le picará el culo (o se le meterá por él, según distintas versiones) y le hará bailar, consiguiendo así que expulse a todos los que se ha comido (por el culo o regurgitados) y entre todos acabarán con él.

La ilusión no tiene límites y aquí en Castilla y León hay buenas muestras de ello. Alguien se inventa una figura para darle sentido y fuerza, otras veces para explicar el nombre de un lugar, como ocurre en "la leyenda de la muda", en San Salvador, que viene a explicarnos por qué tomó ese nombre y da lectura de paso a lo que es capaz un hombre atormentado por los celos. Yo la escuché de varias bocas, que en libres interpretaciones venían a decir que en la cima de la Peña Tremaya hubo un castillo donde vivían Munio y su esposa Elvira, a la que el Conde envió por la zona más agreste una noche de perros, llegando a San Salvador, donde la criada sordomuda se hizo eco del milagro, tal parecía el hecho de bajar por aquella parte de la peña, con una mula coja y ciega y llegar al camino sano y salvo.

Otra de las lecturas que nos depara sobre todo la zona de montaña, es la de atesorar historias y semblanzas con una lectura puntual de aquellos momentos del medioevo, lecturas que no se han recogido en su totalidad y que arrojan mucha luz sobre el devenir de estos rincones apartados.

De la serie de Froilán de Lózar "La Madeja", para Diario Palentino y Globedia.
Imagen: Tomo IV del libro Tradiciones y Leyendas, de Froilán de Lózar.

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24 de abril de 2012

Leyendas del presente



Mi mayor fortuna ha sido nacer en un pequeño pueblo del norte de Palencia. Allí tomé las primeras instrucciones para la vida. Tanto me marcaron los caminos y las gentes que hay una especie de atracción permanente que me devuelve a ellos, un hilo conductor que hace que permanezca en la montaña aunque esté lejos y una nostalgia que me invade ahora mismo cuando se cita Piedrasluengas como puerto cerrado.

No voy a negar que era la vida de otra forma; más humana, por lo que vamos descubriendo ahora, donde los vecinos entregaban lo poco que tenían y donde se ayudaba a los demás sin poner en el acto ninguna otra intención que no fuera saberse solidario y compartido.

Si alguien tuviera la paciencia de ir anotando día tras día todas las incidencias, si alguien pudiera ver con nitidez a través del ojo del pasado, puede que hoy tuviéramos suficientes motivos para reflexionar, porque parece que las historias se han vuelto contra el hombre.

En Lores existe una hermosa leyenda. Alguien corrió la voz, tal vez con la intención de hallar una respuesta a la ambición humana, de que en una de las cuevas del contorno estaba enterrada una caldera de cobre llena de oro. Al contrario de lo que sucedía en “La Cueva de los Ratones”, donde uno dejaba de ser niño cuando ya no podía pasar por ella y donde los vecinos se limitan sin más a transmitirlo, parece ser que la noticia de un tesoro escondido libera las emociones de todo el pueblo en una época de la historia que mi transmisor no sabe precisarme.

Es probable que entonces los sueños fueran otros, pero en todo tiempo se sabe que las riquezas pueden cambiar la fórmula. Nadie se pregunta cómo se repartirá lo que se encuentre, ni quién se hará cargo del botín; de momento, el objetivo es encontrarlo a cualquier precio.

Así es como los vecinos, por riguroso turno, cavan y extraen la tierra de la parte baja de la cueva, habilitando un pozo y una galería, donde a medida que avanzan van protegiendo el camino con mampostería, como se hace en las minas del contorno. Pero pasan los días y los vecinos van perdiendo las fuerzas y la fe. Alguien sugiere entonces la idea de ir a buscar una adivina a Santander.

El acceso a la cuerva es escabroso, lo que obliga a los hombres que la conducen a subirla en brazos desde la orilla del río hasta la boca de la gruta. Cuando ya la mujer parece situada en el lugar preciso, le preguntan hacia dónde deben seguir cavando para encontrar el tesoro que buscan, a lo que la mujer, después de una inspección, responde que allí no hay señales de oro ni caldera de cobre.

Buscamos oro, no buscamos aliento. Pecaron nuestros antepasados queriendo regurgitar el móvil; pecamos hoy nosotros ignorando el epílogo, defenestrando la ilusión, perdidos los estribos por ese resuello de la civilización que nos seduce más de lo que podemos soportar.

No escribiría esta página si creyera que todo está perdido. El aire que nos llega está contaminado de excesivos anuncios, pero si un pequeño grupo fue capaz de vencer a la pretendida Central de Salinas; si las reflexiones de cientos de personas han motivado el cambio de la Junta antes de imponer por las bravas un Parque Natural a la medida de los técnicos; si existe un compromiso para la creación y el crecimiento de una asociación que aglutine y transfiera todos los proyectos que ahora regresan, como el Centro del Oso en Verdeña, el queso de Nestar, la carne de Cervera, la Fundación Santamaría de Aguilar, la Escuela de Pesca de Salinas, o los 110 puestos de trabajo que el responsable de Castileón ha asegurado que darán las granjas porcinas de Guardo, estamos siendo testigos de las nuevas leyendas.

Ya no hay oro enterrado, ni mudas que canten la inocencia de sus señoras, ni cuevas que nos declaren aptos para tomar decisiones importantes.

Hemos ido cavando sobre la misma tierra y hemos descubierto otras facetas, historias más reales, luchas más justas que nos devuelvan de algún modo el futuro que tanta gente espera.

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25 de noviembre de 2011

Hasta las Médulas



El tiempo no merma la pasión por aquellos rincones con los que uno más se identifica: los propios, aquellos con los que te alientas desde niño, y los anexos, rincones preciosos por donde, a pesar de tanto contratiempo, todavía luce el río y alumbra la vereda.

Hace unos días llegaba a mis manos una preciosa leyenda cabreiresa, transmitida oralmente de generación en generación, que explica de forma sugerente, cómo crearon los romanos la red de canales para conducir hasta Las Médulas el agua y extraer así el oro de sus minas.

Cuentan que el rey prometió la mano de su hija al primero de los siete hermanos que consiguiera llevar agua hasta unas tierras repletas de oro. Curiosamente, todos empezaron a excavar desde el río, a excepción del más pequeño que empezó desde las minas, soportando las chanzas de todo el mundo porque su canal estaba vacío. Él hizo oídos sordos y siguió adelante hasta encontrarse con uno de los canales de sus hermanos, lo que sirvió para llenar el suyo, cumpliendo así con el encargo del rey.

Esta singular obra, que al decir de los estudiosos, no tiene parangón en ningún otro lugar del mundo, se compone de once canales (nueve principales y dos secundarios) con los que los romanos lograron trasladar el agua de La Cabrera hasta Las Médulas, con una precisión sorprendente.

En 2002 se descubre casualmente un túnel, una especie de hilo de madeja de la que ha tirado el ingeniero e investigador Roberto Matías. Lo que allí se evidencia, después de tantos años oculto, es un mundo complejo de galerías y pozos, abiertos a pico en lo más intrincado de la montaña.

Hoy las voces se aúnan para pedir una puesta en valor de estos descubrimientos, y por ende, dar un empujón decisivo a estas tierras que parecen condenadas al olvido.

Imagen: Wikipedia

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13 de septiembre de 2008

La Osa de Ándara


El título obedece a una obra del escritor Joaquín Fusté Garcés, publicada en 1875, ubicando al suroeste de Cantabria, en las faldas de los Picos de Europa, a un extraño ser. Las versiones posteriores van tomando forma en la voz de los más ancianos, que las recogen a su vez de sus antepasados, y donde se habla de una bestia, mujer-osa, que evita cuanto puede el encuentro con los humanos, que no ataca si no se ve forzada a ello. Al describir su cuerpo dicen que está cubierto de pelo, sus cabellos son largos y morenos, sus manos ásperas y se cubre con una especie de jubón y un refajo.


La leyenda interesa a García Lomas, autor que ya hemos mencionado aquí a raiz de intervenir en los orígenes del “cuevanito”. En 1964, haciéndose eco de la obra del primero, recoge en su obra “Mitología y supersticiones de Cantabria”, las andanzas de esta extraña figura, añadiendo el trabajo de campo realizado en 1924.

Allí los lugareños más ancianos le cuentan cómo es y cómo vive la Osa de Ándara, cómo pasa el verano entre Grajal y Macondio y de qué modo busca en invierno el refugio de las cuevas de La Hermida. Que se alimenta de castañas, leche, maiz crudo y raíces y que en alguna época del año trapiña alguno de los cabritos que paren sus reses.

En 1918, parte de los relatos de este investigador que recaló en Palencia, fueron publicados en la obra “Picos de Europa” de la que son coautores Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa y José F. Zabala, del Club Alpino Español. Quienes se sienten atraídos por el relato van añadiendo nuevos datos, algunos tan curiosos como aquel donde se dice que incrementaba sus rebaños con rebecos, a los que atrapaba con sigilo cuando nacían y eran amamantados por una de sus ovejas hasta que conseguía domesticarlos.

Posteriormente, los profesores Manuel Gutiérrez y Carlos Luque, en su obra “La minería de los Picos de Europa”, donde se extraen escalerita y galena, describen la Sierra de Ándara como un lugar donde las inclemencias meteorológicas, sólo permiten trabajar seis meses, desde mayo a octubre.

El ingeniero de alguna de aquellas minas, José Antonio Odriozola, interesado por la los relatos de Fusté y García Lomas, se propone una revisión de la historia, localizando en 1966 a Crescencia González, nacida en Tresviso en 1888. Aquella le cuenta que la Osa de Ándara era una pastora, natural de Bejes, nacida en torno a 1818. Según esta testigo, se trataba de una mujer muy velluda (afectada de una enfermedad conocida como hirsutismo). Crescencia le asegura que la mujer llegó a tener toda la cara cubierta de pelo y, avergonzada, se retira a vivir en las cuevas de Ándara, donde permanecerá mucho tiempo cuidando su rebaño de cabras. La historia de Odriozola, que parece la más creíble, si es que alguna lo fue, pierde la compostura allí donde la fuente señala que años más tarde volvió al pueblo, se casó y tuvo numerosa descendencia. Fran Renedo Carrandi, seducido por esta historia como los anteriores, se preguntó al llegar a la versión del ingeniero, por esos hijos que tuvo y de los que nadie sabe nada.

Tampoco debía ser tan salvaje, ni estar tan escondida, cuando su testigo afirma que las muchachas de Tresviso y Bejes subían de vez en cuando a ayudarla con su rebaño. Como la Ivetgges francesa, los simiot de los pirineos; los Silvan, en la comarca aragonesa de Sogarbe, los Bigfoot norteamericanos, o el Yeti que fue avistado en 1935 los relatos nos llevan a lugares preciosos y quienes lo transmiten, a veces, lo hacen con tanta fe que parecen en realidad parte de la propia historia.


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17 de marzo de 2007

Un mundo de leyendas

En Asturias se hizo popular una leyenda que toma como protagonista a la hija del rey Astur-Leonés Bermudo II. La niña se pierde en un bosque del Concejo de Salas y es recogida y amamantada por una osa.



En otra leyenda se cuenta que Fávila, hijo y sucesor de Pelayo, casado con Froiliuva, muere atacado por un oso en el transcurso de una cacería.

Ya hemos contado alguna vez en esta mismas páginas, la leyenda que acompaña a Santo Toribio que, cuando echaba una siesta, le despertó la tremenda embestida de un oso que mató a uno de sus bueyes. El Santo le echó un sermón y el oso acabó tirando de su carro, motivo que aparece reflejado en el altar mayor del Monasterio lebaniego.

La Ermita de la Virgen del Llano, de Aguilar de Campoo, dicen que se construyó por iniciativa de un cazador al que se le había agotado la munición cuando se le apareció un oso. Tal vez en su desesperación, echó al hombro la escopeta y dicen que salió una bala que acabó con la vida del animal. En aquel momento de la historia, suponemos que el cazador en agradecimiento decide levantar allí una ermita que hable del milagro. De haber sucedido el caso en nuestros días, la leyenda hubiera tomado otros derroteros, porque, si es milagro, cómo va a permitir Dios que muera un oso. Dios puede hacer que huya asustado ante la mirada enfurecida de un hombre desarmado. Y en todo caso, si se considera inevitable la muerte del plantígrado, el hombre hubiera levantado un monumento en el que se reflejase su pesar para lograr así aplacar las iras de los ecologistas y de todos aquellos que nunca encontrarán justificación para abatirle. ¡Ni la muerte de un hombre lo justificaría!

Por otro lado sabemos que las leyendas del hombre-lobo se prodigaron mucho en el siglo XVI por gran parte del norte de Europa y Occidente. Con la luna llena se transformaban en bestias que mataban personas y animales. Cuentan a este respecto que Armando Carlini, un famoso filósofo afincado en Pisa, una noche de mayo de 1950 cuando regresaba a su casa, se abalanzó sobre él una figura que gritaba de manera inhumana. Los primeros momentos todos dedujeron que se trataba de un atentado político (Carlini fue académico de Italia y diputado en la Cámara fascista y en las Corporaciones), pero el rumor se extinguió cuando a la noche siguiente aquella misma bestia agredió a un camarero del restaurante Neptuno. Días más tarde se detuvo en Roma a Pascual Rossi, conocido desde entonces como el lobo de Villaborghese.

Algunas leyendas europeas apuntan a la causa de estas conversiones, el haber bebido de un arroyo donde antes bebió el lobo. Pero no dejan de ser leyendas, que reflejan un poco las costumbres y el modo de vida de la época. Si por el hecho de beber agua del arroyo donde antes bebió el lobo, uno se transformase, nuestra montaña sería una mansión de lobos, o de hombres-lobo.

¿Se imaginan ustedes? ¿Subvencionados y protegidos por el Gobierno?. Claro está, hasta que el Gobierno decidiera venir de cacería.

Porque, hablando en serio, eso es lo que está ocurriendo con leyenda y sin ella.


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20 de marzo de 2000

El mejor tesoro


En otro artículo de esta misma serie mencionamos la cueva del Neredo, en Lores, donde los vecinos buscaron en otro tiempo una caldera de oro, ayudados por una adivinadora de Santander que aquí perdió el olfato y las supuestas dotes. La misma curiosidad que años antes le había llevado a un sacerdote a entrar con un brazo de velas que se le agotaron, regresando al pueblo con las manos vacías. Una historia similar me la transmitió Francisco Pérez, de Polentinos, pueblo en el que se suscita “la leyenda de la piel de toro”, que rezaba así: “A la orilla de un camino, cerca de una fuente, está enterrada la piel de un toro llena de oro”.

También los vecinos de este pueblo, próximo a Carracedo, se toman la leyenda al pie de la letra y la buscan en dos lugares: la fuente grande, cerca de Vañes, que mana al lado de un camino y en el terreno denominado “los salguerales”. A mediados del pasado siglo sus abuelos les cuentan la película que describe los hechos. Cómo fueron llamados los vecinos a huebra y cómo, después de un resultado negativo, algunos siguieron buscando por su cuenta y riesgo, analizando los hoyos, revisando las fuentes, examinando cuidadosamente los lugares que se citaban en un papel anónimo...

Llevado por la curiosidad le pregunto a mi pariente e interlocutor sobre el reparto del tesoro, caso de haberse hallado. ¿Tenía intención el pueblo de dar parte a las autoridades del hallazgo? ¿Se hubiera repartido el porcentaje que en justicia se estima para quienes lo hubiesen encontrado? ¿Pudo algún chistoso lanzar ese bulo para que el pueblo se pusiera en movimiento?

El Académico Gonzalo Alcalde, que es ya un referente obligado para buscar la etnografía y el devenir de estos parajes, habla en el libro de “La montaña palentina” dedicado a “Pernía”, del tesoro que encontraron Eusebia y Tomás Roldán en 1937, en un lugar entre Valsadornín y Gramedo. Layenda que tomó vida en la mano de María Valentina Calleja, y sobre la que realizó un estudio publicado en el núm. 42 de la Institución Téllo Téllez de Meneses. El Tesoro, que llega al Museo Arqueológico de Palencia en 1951, considerablemente diezmado, después de haber pasado por muchos sitios, se componía de una vasija en mal estado de conservación que contenía un gran número de monedas (la autora estimó la cantidad inicial en diez mil), añadiendo que su ocultación pudo tener lugar no antes del año 270 d.C.

Tampoco me ciega un interés desmesurado por ahondar en historia que fueron desbrozando diversos autores, empeñados en dar a conocer nuestra forma de vida. En buena teoría dichos intentos deben asimilarse como sinónimo de actividad, como reducto donde se suscita un permanente encanto, como lectura de unas comarcas ricas en tradiciones. He de señalar que miro a estos rincones y hablo de ellos con la intención de ponderar la labor de quienes los habitan; que si bien nunca se hallaron los tesoros que dicen escondidos, no se pierda el mensaje que habla de los lugares como villas, de las victorias contra el moro, del Conde Rodrigo Gustios (condado de Polentinos) de Diego de Colmenares (canónigo que fuera de la colegiata fundada por Elvira).

Amo y venero esta tierra. Escribo en sus lomos como los muertos que tejieron su historia, como los vivos que alimentan su hado; como los emigrantes, condenados de por vida a añorarla de lejos. Lo mismo que la revisión de una película o la segunda lectura de un buen libro, uno encuentra siempre puentes nuevos y se atreve a cruzarlos. Si hubo algún desliz, si alguna falta trascendió, les ruego que no lo tengan en consideración, porque, al final, sólo importa la esencia que dejamos, que es una gota importante de la esencia que sobre la piel de estas comarcas anotaron los nuestros.

Si tendiéramos una pizca las manos hacia el amanecer de nuestras vidas, encontraríamos un tesoro. No es un tesoro para guardar en un museo. Es una historia para que el mundo conozca la existencia de un pueblo y nuestro futuro depende mucho de cómo se lo contemos a los demás, pidiendo a lo organismos lo que sea preciso para llevarla a término y poder entregársela limpia después a todos aquellos que quieran disfrutarla.


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4 de febrero de 1995

Caso de Polentinos



A mediados de septiembre,
del año noventa y cuatro,
bajo el puente Polentinos
y acaso siguiendo un rastro...

Un fin de semana aciago
aparecieron los huesos
dicen que de dos mujeres
de veinte y cuarenta años.

Cuentan los que allí acudieron
a ver los restos humanos,
que no merece la pena
investigar más el caso.

Que ha prescrito toda culpa
de un asesino, ¡quién sabe,
de dos, de tres o de cuatro
que una tarde las mataron.

Se discute entre las gentes
humildes de la montaña,
que aquí no cabe tal hecho
que no es de aquí tal campaña.

Que en la montaña se esconden
osos, lobos y alimañas,
nunca, jamás, asesinos
ni pistoleros de España.

Después de toda la intriga
-Por razones que no entiendo-
se termina señalando
a un antiguo cementerio.

Antiguo pueblo de Vañes,
medio kilómetro río abajo
y extrañamente dos cuerpos
contracorriente peleando.

Prácticamente enterrándose,
a socayo del gran puente.
No entiendo que haya quién diga
que ha sido un hecho corriente.

Que han pasado muchos años,
que la causa es ya muy vieja,
que no tiene ya sentido
remover la historia en ella.

Los eruditos señalan
que no hay motivo de alarma
que este es un caso cualquiera
que predomine la calma.

¿Quién sabe lo que pasaron?
¿Por qué murieron y cuándo?
¿Se cayeron? ¿Las mataron?,
¿o eran muertas del cementerio cercano?

¿Y sí no, cómo subieron
río arriba y se quedaron
junto al puente Polentinos
en un pequeño remanso...?

La hipótesis está servida.
La intriga no ha terminado.
Aparecieron un día,
junto a ese puente tan largo.

Los cuerpos de dos mujeres
de veinte y cuarenta años,
un día del mes de septiembre
del año noventa y cuatro.

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14 de junio de 1993

Carracedo: El anuncio de una despoblación

Lo que se viene constatando desde hace ya dos décadas, aquello de lo que hablan los sociólogos cada vez con más frecuencia, lo que nosotros aventuramos a la vista del censo actual es ya un hecho evidente. Alguien lo hizo romance muchos años atrás, tomando el narrador el cuerpo de un vieja y describiendo a través de ella toponimia y costumbres de nuestros antepasados.






Hace pocos meses, cuando mi padre, que conoce palmo a palmo estos pueblos, me contaba las personas que han quedado en cada uno de ellos, la sensación de tristeza se apoderaba de mi alma. Es algo consanguíneo que ya he tratado de apagar en varias ocasiones, pero que no he podido. Tan fuerte es la atracción, tan profundo es el sentimiento, que así se explica este cuaderno de montaña, abierto desde lugares tan distantes, hablando de olvidos que a mí ya no me implican, ni me sacuden y que, a pesar de las grandes lagunas y los conatos de recelo que sé que existen, sigo surcando, no sé por cuántos folios más, como una historia que sin querer comparto y necesito.

Carracedo es un parque natural reducido, que disfruta Cervera -luego entenderemos por qué- situado entre Polentinos y San Salvador, dejando al Occidcnte Estalaya y Verdeña. Tierra que dicen, estuvo habitada por bravas y altaneras gentes. En el siglo XIV se hizo un libro donde se asientan por merindades todas las behetrías con las que cuenta entonces Castilla. Era Don Tello de Carracedo, Infante bastardo, señor asimismo de Verdeña, y a quien por ello pagaban infurción y martiniega. Nadie sabe cómo, en realidad, el pueblo se fue quedando solo. Esto ocurrió, según el narrador, hacia el año 1400, puesto que en el siglo. XV hay escritos que revelan que sobre este despoblado había litis-pendencias.

Hasta que llegó el momento en que sólo quedó una vieja, como en Foncebalón. El mentor de este episodio político-geográfico no precisa si era viuda, casada o soltera, sólo que pasaba ya de ochenta, que usaba corpiño y basquiña negra, refajo de colorcilla, tocas blancas y calcetas y de calzado escarpines y albarcas, además de mantera, dengue y justillo.

La anciana asiste desolada al espectáculo de la despoblación. En este punto podemos entretenernos con una serie de términos que ahora mismo nos acompañan. Si por norma general nadie vuelve a los pueblos, si apenas se celebran bodas o los nacimientos son escasos, y si las personas por ley de vida o de destino van muriendo, a la vuelta de unos años, muchos pueblo habrán desaparecido, salvo que una política diferente o un fenómeno de repoblación que ahora mismo no se contempla, vengan a cambiar esta condena. Apoyada en fuerte palo -dice el cantar- se dirige hacia Verdeña, rememorando lo que atrás deja, y lo que fuera el pueblo donde viviera tantos años. Pasa el Pisuerga, junto al Prado del Esgovio y después de rezar en la ermita de Santa Ana sigue camino hacia las Concejadas. Matías Barrio y Mier [1] describió con todo lujo de detalles los lugares por los que pasaba: Venta Morena, Vallabar, Quintana, Peña Horadada, Matillalera, Pozalgato..., algunos posiblemente desconocidos hoy por sus actuales moradores. Verdeña es un precioso pueblo de la Castillería, donde la reciben con la hospitalidad que caracteriza a estas gentes, hasta que, cansada de sopas de centeno a la cazuela, torreznos y arvejas blancas, emprende el camino de Estalaya donde por miedo, por recelo es rechazada. Sube el Vallegón, llega a Rabanal y después de contemplar picos y peñas, pueblos y vegas, entra por fin en Cervera un día de mercado. Hace unos años, un vecino de Camasobres me contaba una curiosa anécdota. Dice que una mujer del pueblo acudió a una boda que se celebraba en Aguilar, y al entrar en la villa exclamó: ¡Dios mío!, ¡Qué grandísimu es el mundu, que llega hasta Aguilar y más allá! ... Lo mismo dicen que le ocurrió a la vieja, al ver la animación y el bullicio reinante en Cervera de Pisuerga. Sea como fuere, lo cierto es que después de mucho andar, le abrieron una puerta y con miras a heredar lo que parecía ser patrimonio de la vieja, esta pactó con la Juslicia ciertas condiciones a cambio del hospedaje. Lo que Verdeña había dado por amor, Cervera lo entregaba por el interés. 

La leyenda nos mete un poco en el camino de las desavenencias para explicar la existencia de numerosa fauna y flora, toponimia y descripciones que aún hoy día permanecen ignoradas por la gran mayoría. ¿Envenenaron a la vieja? ¿Le indujeron a mandar el terreno a Cervera, castigando sin un palmo a Estalaya por su torpeza? Aunque, dicen que a Estalaya fueron a parar las campanas de su iglesia y a Verdeña las pilas de agua bendita.

Tal vez no fuera abuso, salgamos un momento de la historia. Cervera de Pisuerga sigue teniendo hoy en Carracedo su cabaña y restos de una mina de mármol donde trabajaron los hombres del contorno. Costumbres que fueron, lugares que pisamos, viejas cuentas en las que ya se mencionaba el asunto ese de la despoblación que ahora mismo nos ocupa.


[1] @Froilán de Lózar es autor de una extensa biografía sobre Matías Barrio y Mier, publicada en 2008 por la Institución Tello Téllez de Meneses. Allí se explican esta y otras leyendas. 

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27 de enero de 1993

¿Existió la leyenda?

Cuenta la leyenda que, por una historia de celos, tomó la villa de San Salvador su actual nombre, y aunque a los publicistas nos enseñen los libros que, las leyendas sólo sirven para explicar un hecho, lo cierto es que la respuesta del cantor me parece adecuada para explicar el por qué San Salvador de Tremaya, es hoy de Cantamuda.

 

Creamos pues en ella, de la misma forma que creemos en los Reyes Magos.

Fue Munio el conde de este valle, lugar que tuvo el privilegio de ser libre antes de que los políticos actuales nos lo anunciaran a bombo y platillo, nombrando a sus señores y rigiéndose por sus fueros, acaso como premonición de lo que ahora se está consolidando en nuestro entorno como mapa regional o autonómico.

Con Munio Gómez nos alcanzó la sangre de la llanura, la de la Vega de Saldaña, aplacando así, tal vez, nuestro recio carácter, ahora mismo dormido, congelado, como quien dice -rompiendo aguas ante acontecimientos que llegarán porque el tiempo no se detiene y la esperanza sigue viva-. También nos tocó sangre leonesa, por parte de su esposa doña Elvira, hija de doña Adosinda, asturiana rica. Dice el trovador al mencionar el flechazo que, el Conde, que tenía sesenta años, se enamoró de una niña que apenas contaba veinte.

Matías Barrio y Mier, un político-poeta de los que ahora carecemos, nos contó la historia a su m0do y manera y en algo fue minucioso el de la Castillería, de Verdeña, un pueblo donde se junta el cielo con la Tierra, enseñándonos después de muchas dudas, porque también fue cauto, la ficha de ambos, que me recuerda un poco las novelas de M.Lafuente Estefanía: Religioso y justiero él, dechado perfecto de las mujeres cristianas, ella; Munio: guerrero y defensor a ultranza de su ley; Elvira, de belleza extremada, afable con sus vasallos. Y acaso fuera la bondad para con sus súbditos lo que hiciera brotar las primeras dudas en la mente de su afanado esposo, que entre el ajetreo de la caza y los asuntos de la guerra no hallaba un respiro para el amor.

Pernía, es un manjar que se extiende a los pies de la «Peña Tremaya» que hoy yace adormecida, rompiéndose lenta e inexorablemente el timbre de su voz, o sea, las casas que desde allí se observan, fingiendo una vitalidad que está muy lejos de sentir. Sólo el Pisuerga que baja de Fuente Cobre parece dar prestancia y juego a estos pequeños pueblos:

San Juan y Santa María de Redondo, Los Llazos y Tremaya, La Venta, San Salvador y el Campo, Areños, Lebanza, La Abadía....

Por cualquier ventana del Castillo que se asomara doña Elvira, podía llenarse de aquel bello paisaje, seguramente que exclamando: (lo estoy presintiendo como la mejor de las videntes) ¡que bello este rincón del mundo! o «¡Este reino bien merece una guerra, o una defensa a ultranza, o una historia de amor!.

Aunque los sueños se acaban, -dice Matías que la causa pudo ser el hijo que no lIegaba-. pienso yo que, acaso el mal de ojo, o el destino, quién sabe si fue la historia que le contaron los amigotes, y nos metemos ya en una historia similar a esas venezolanas que hoy inundan la televisión. Cualquier cosa pudo servir para poner en movimienlo la trama que da origen a esta bella leyenda.

«Un pariente lejano de los que allí sirvieron, me contó en sueños que Elvira ya presentía algo raro por el modo de comportarse su marido.

Había como un poso de rencor en las conversaciones y estas cada vez eran más breves. ¡Y qué podía hacer ella para romper aquel obstáculo!.

Era cierto. El Conde sólo veía enemigos en su castillo. Todo había empezado en bromas, en una jornada de caza entre Valmián y Hordejón un día de otoño. Un encumbrado personaje de la Castillería, le dijo al Conde que su esposa le engañaba con un vasallo. Para quitarle luego importancia al comentario, añadiría que el desliz era normal dado las largas horas de soledad a las que estaba condenada.

-¿ Y quién es él? -le apremió el Conde, dirigiendo el cañón de su escopeta hacia el osado bufón. Y no encontró respuesta. Los que le acompañaban aquel día lo tomaron a chiste, aunque se evidenciaba que al Señor Conde le habían tocado una parte sensible que sangraba y que después le hicieran ver fantasmas por doquier, urdiendo en secretos abyectos planes para acabar con la traición.

La primera medida fue mandar a las Cruzadas con sus hermanos García Gómez de Saldaña y Sancho, a un joven de Camasobres que parecía ser el recadero de la Condesa. El apuesto galán, que entonces soñaba con Rosario, una hermosa doncella del pueblo de Casavegas, fue pasto sin saberlo de las iras del viejo Conde. aunque nunca se detuvo a pedir explicaciones. Si allí la vida era tranquila y estaba agradecido por el trato que le habían dispensado como criado, defendería con el honor propio de sus años el lema de su señor, muriendo si ello fuera necesario en tan difícil causa. Algún cambio más se llevó a cabo aunque no merecía la pena mencionarlo, pues el principal proyecto tomó cuerpo una cruda y rabiosa noche, apenas comenzó a nevar, estando todos ya recogidos en sus aposentos.

Munio, sin prestarle oídos a su conciencia, bajó a las cuadras, dispuso una mula llena de defectos, dice Matías que coja, ciega y vieja y montó sobre ella a su esposa, dándole por guía y compañero a una vieja sirvienta sorda y muda.

Ya tenemos todos los alicientes.

Falta la Providencia que entonces existía, porque le digo yo a Matías que en este siglo se ha perdido y que vivimos cada día más rodeados de miseria y desolación. Entonces, aquella, salvó a la inocente Elvira. La joven Condesa que vivía -quiero pensar- ajena a tales desvaríos amorosos. Así es como salvado el precipicio, Pisuerga adelante, cantó la muda la injusticia que se había cometido con su señora, razón por la cual Dios las había guiado hasta el pueblo que a partir de entonces se llamó de Cantamuda.

Dicen los sabios autores que, aquella libertad, de la que siglos más tarde, hace sólo unos años, diera cumplida referencia nuestro malogrado poeta Gabriel González en un librito donde se recogían las Ordenanzas, se la dio la Condesa en edad avanzada.

Pero ahora, dejando a un lado la leyenda que he recosido a mi manera con deleite para ofrecérsela a los amantes de nuestras tradiciones, sin rencor hacia los franceses que después quemaron nuestras casas, convendría en estos tiempos que corren, removerla, calentarla, para que como el ilustre paisano nos contara, sin dejar la humildad que siempre ha caracterizado a nuestra montaña, reviviesen las grandes enseñanzas que atesoran.


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El autor

Froilán de Lózar. Publicista-Escritor.

Premio de periodismo Ciudad de Palencia; II Premio Internacional de Poesía "Diego de Losada" (Zamora); Premio Nacional de Novela Corta "La Tribuna de Castilla (Valladolid); Finalista Premio de Novela Bubok-Lengua de Trapo, 2016.

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