La Osa de Ándara


El título obedece a una obra del escritor Joaquín Fusté Garcés, publicada en 1875, ubicando al suroeste de Cantabria, en las faldas de los Picos de Europa, a un extraño ser. Las versiones posteriores van tomando forma en la voz de los más ancianos, que las recogen a su vez de sus antepasados, y donde se habla de una bestia, mujer-osa, que evita cuanto puede el encuentro con los humanos, que no ataca si no se ve forzada a ello. Al describir su cuerpo dicen que está cubierto de pelo, sus cabellos son largos y morenos, sus manos ásperas y se cubre con una especie de jubón y un refajo.


La leyenda interesa a García Lomas, autor que ya hemos mencionado aquí a raiz de intervenir en los orígenes del “cuevanito”. En 1964, haciéndose eco de la obra del primero, recoge en su obra “Mitología y supersticiones de Cantabria”, las andanzas de esta extraña figura, añadiendo el trabajo de campo realizado en 1924.

Allí los lugareños más ancianos le cuentan cómo es y cómo vive la Osa de Ándara, cómo pasa el verano entre Grajal y Macondio y de qué modo busca en invierno el refugio de las cuevas de La Hermida. Que se alimenta de castañas, leche, maiz crudo y raíces y que en alguna época del año trapiña alguno de los cabritos que paren sus reses.

En 1918, parte de los relatos de este investigador que recaló en Palencia, fueron publicados en la obra “Picos de Europa” de la que son coautores Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa y José F. Zabala, del Club Alpino Español. Quienes se sienten atraídos por el relato van añadiendo nuevos datos, algunos tan curiosos como aquel donde se dice que incrementaba sus rebaños con rebecos, a los que atrapaba con sigilo cuando nacían y eran amamantados por una de sus ovejas hasta que conseguía domesticarlos.

Posteriormente, los profesores Manuel Gutiérrez y Carlos Luque, en su obra “La minería de los Picos de Europa”, donde se extraen escalerita y galena, describen la Sierra de Ándara como un lugar donde las inclemencias meteorológicas, sólo permiten trabajar seis meses, desde mayo a octubre.

El ingeniero de alguna de aquellas minas, José Antonio Odriozola, interesado por la los relatos de Fusté y García Lomas, se propone una revisión de la historia, localizando en 1966 a Crescencia González, nacida en Tresviso en 1888. Aquella le cuenta que la Osa de Ándara era una pastora, natural de Bejes, nacida en torno a 1818. Según esta testigo, se trataba de una mujer muy velluda (afectada de una enfermedad conocida como hirsutismo). Crescencia le asegura que la mujer llegó a tener toda la cara cubierta de pelo y, avergonzada, se retira a vivir en las cuevas de Ándara, donde permanecerá mucho tiempo cuidando su rebaño de cabras. La historia de Odriozola, que parece la más creíble, si es que alguna lo fue, pierde la compostura allí donde la fuente señala que años más tarde volvió al pueblo, se casó y tuvo numerosa descendencia. Fran Renedo Carrandi, seducido por esta historia como los anteriores, se preguntó al llegar a la versión del ingeniero, por esos hijos que tuvo y de los que nadie sabe nada.

Tampoco debía ser tan salvaje, ni estar tan escondida, cuando su testigo afirma que las muchachas de Tresviso y Bejes subían de vez en cuando a ayudarla con su rebaño. Como la Ivetgges francesa, los simiot de los pirineos; los Silvan, en la comarca aragonesa de Sogarbe, los Bigfoot norteamericanos, o el Yeti que fue avistado en 1935 los relatos nos llevan a lugares preciosos y quienes lo transmiten, a veces, lo hacen con tanta fe que parecen en realidad parte de la propia historia.


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