viernes, 27 de julio de 2012

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A todo se le suele dar la vuelta cuando no encaja en nuestro pensamiento. Buscamos culpables al precio que sea, considerando que con un voto que metimos en la urna ya hemos participado y que todo lo demás es responsabilidad de quien se puso al frente. En la ciudad por lo que cobran. En el pueblo por lo que representan. En todos los casos, porque para eso les votamos...



A la par, quienes ostentan el poder, lo llevan todo escrito e ignoran muchas veces el alcance de sus decisiones: hasta dónde les obliga un determinado asunto, por qué se posicionaron en contra de algo, cuando habían prometido lo contrario...

Poco o nada que ver los fangos de los municipios grandes como Madrid con cualquiera de los pequeños municipios de nuestra provincia, que cuando se enfangaban en una obra millonaria, era por necesidad, por buscarle una salida turística y alargar como fuera la vida del municipio en las mejores condiciones.

Si hay un ejemplo que poner, ahí está bien claro el de Jesús González, alcalde de San Cebrián de Mudá, que apostó desde el principio por una serie de inversiones que encajaban en aquel lugar, como el observatorio astronómico "Mirador de las Estrellas", la senda ecológica del Acebal de las Comuñas y, desde junio de 2010, la Reserva y Centro de Interpretación del Bisonte Europeo, lo que genera de algún modo aliento y expectativas para un futuro próximo.

Nadie se va a librar de la crítica, haga lo que haga, viva donde viva; nadie va a entender que todo eso ha supuesto muchas horas de inquietud y desvelos.

Quienes han llegado tan lejos en su planteamiento, también pueden verse ahora en el punto de mira de aquellos otros que les apoyaron, pero creo que la iniciativa merece la pena y que no deben detenerse los proyectos por mucho que amenace la recesión.

Personalmente, aunque entienda la delicada situación por la que atravesamos, creo que el Gobierno en pleno nos están metiendo en una depresión, dando a entender que la única salida que queda es la de cerrarse en casa y esperar unos años hasta que pase el temporal. De las grandes recesiones del pasado se ha salido sin meter la tijera por todos los sitios, animando a la gente a que salga a la calle y, de una forma más racional y moderada siga consumiendo.

Imagen: Pumar59

viernes, 20 de julio de 2012

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Un empeño que parece tranquilizar un poco a la comarca de Omaña, por ejemplo, es el de Israel Martínez, que con sus iniciativas ha logrado atraer a cuatro parejas jóvenes al municipio de Urz, perteneciente al ayuntamiento de Riello.



Sólo que, en éste caso, se entiende el ánimo de los nuevos pobladores por su cercanía a León.

Hace unos días, nuestro diario nos hacía un guiño con el anuncio de que 170 familias estaban interesadas en instalarse en la Montaña Palentina, movimiento vinculado al proyecto "Abraza la Tierra" al que se sumaba un grupo de acción local de nuestra montaña.

No quiero poner en entredicho nada, ni valorarlo hasta que no se conozca el verdadero alcance de la misma, porque todos sabemos las dificultades por las que ahora pasan las personas que viven en tantos pequeños pueblos de nuestra provincia.

Y todas las carestías que no se solventaron en tiempos de bonanza, tampoco ahora se repararán, dado el tiempo de recortes que nos está tocando. La apisonadora del Gobierno no hace distingos entre quienes tienen mayores medios para la subsistencia y entre los que tienen el cinturón apretado desde que nacieron, donde se engloban estos pequeños ayuntamientos, al no disponer de recursos para obras y servicios.

Entre los puntos favorables con los que cuentan quienes han puesto su vista en estos pueblos para vivirlos, está el alquiler adsequible de la vivienda y, principalmente, la tranquilidad que aporta el medio. Esto ya es obvio y está claro. No se necesita la publicidad para ésto, porque al pueblo se le quiere o no se le quiere. Venir para experimentar en ese aspecto, cuando hay gente que le del pueblo no le va ni en pintura, y es respetable, pues son ganas de perder el tiempo, por más programas educativos que se hagan al efecto.

Y abro este comentario con el ejemplo de La Omaña, porque es conveniente saber que estamos a muchos kilómetros de la capital, a unos cuantos de una asistencia sanitaria que nos de confianza, a otros tantos de un centro educativo... Y así el resto.

Que nadie nos mienta sobre esa realidad, porque nos ahogaremos a la primera de cambio, por más tranquilidad y ensueño que nos ofrezca el pueblo al que lleguemos.

Imagen: Estación de Vado, por José Luis Estalayo

viernes, 13 de julio de 2012

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Uno quisiera detener el tiempo. Detener, por un momento, esta estación del año que nos devuelve, si acaso, una imagen más humana del pueblo que dejamos; quiero decir, una imagen más serena, cuando pasada ya la barrera de los cincuenta años, volvemos por una "demanda del cerebro" muy usual y generalizada, a nuestros orígenes .



Es una mirada diferente, exenta por lo común de grandes intereses, donde prima el encuentro con los caminos que tantas veces recorrimos, buscando los frutos, sobre el pescante de aquellos carros que, llegado este tiempo, se engalanaban de armaduras nuevas.

De este modo lo resumía yo hace pocos años para el libro "Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería":

"Se procuraba terminar la faena para el día de Santiago, aprovechando todas las manos que estuvieran disponibles en casa. Para echar la hierba al carro se utilizaba el horcón. Para echar la paja, el gario. Para transportar grandes cantidades de hierba del prado a los pajares, al carro tradicional se le colocaba una armadura. Los primeros carros estaban construidos totalmente de madera. De los carros tiraban primeramente bueyes y andando el tiempo se utilizaron vacas, por lo general de raza tudanca, las cuales se uncían a un yugo..."

No cabe duda de que este ejercicio es un paso importante para que no se pierdan algunas de aquellas costumbres, aunque ya no se practiquen.

Hace unos días rememoraba en mi rincón de facebook las tardes de bolos en Ventanilla y en Lebanza. Recuerdo la bolera de San Salvador, junto al bar Pisuerga, donde se concentraba gente de toda la Pernia. En Polentinos también gustaba y, en Herreruela, el juego era como una norma, a cuya cita acudían hasta los mozos de Cervera.

Uno quisiera congelar ese instante donde se encontraban los pueblos al caer de la tarde, con la disculpa de jugarse los cafes a una partida de bolos.

Esta mirada retrospectiva, después de tanto tiempo, hace que entendamos mucho mejor los hábitos de quienes juegan y sonríen en las viejas fotografías, porque sin tener nada de lo que ahora nos facilita y mejora la vida, sabían disfrutar como nadie de lo poco que tenían a su alcance.

Imagen: Pumar59

martes, 10 de julio de 2012

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Por Mariano Cajigal

.......... y el profesor, aquella tarde, fresca y serena, nos encaminó a Barrio, donde trepamos hasta situarnos en lo alto, casi a pico sobre la carretera de Aguilar. Tendidos unos en la fina yerba que tapiza la pequeña meseta y otros sentados en los cimientos de lo que fue en tiempos atalaya guerrera, apacible el ambiente, deleitoso el extenso paisaje que a nuestra vista se desarrolla, abarcando toda la vega del Pisuerga, circundada de sembrados, praderas y montes verdes y, detrás, como una cortina de fondo en la lejanía, la cadena de cumbres palentinas, ofreciéndonos el espectáculo de una maravillosa puesta de sol tras el gigantesco Curavacas, escuchábamos la palabra evocadora que nos transportaba con la imaginación a tiempos tan remotos que, ni villa, ni vega, ni montes existían aún y sólo comenzaba a esculpirse el relieve de la región por la energía inmensa y constante de las fuerzas naturales que allí venían actuando.Y él nos decía...
-Retrocediendo acaso cientos de miles de años veríamos que a esta altura donde nos encontrábamos era posiblemente el nivel más bajo de la comarca, que por aquí discurría una enorme río de hielo, que viniendo del Norte, desde lo alto de la Peña Labra, saltaba por encima de Piedras Luengas y, a su paso, afilaba o hendía las crestas de Peñas Negras, al mismo tiempo que, por el Oeste, otra corriente helada arrancaba de los glaciares de Tierra de Alba y, por la varga de San Martín, empezaba a declinar el valle de Ventanilla y Ruesga, corriente que marcharía al nivel que hoy tiene el páramo, arrastrando esos grandes cantos rodados que se hallan en las alturas del camino viejo a Ruesga. Esas dos corrientes se unían formando en la vega un solo cauce, al que venían también a afluir las neveras que, procedentes de La Peña, bajaban por Cantoral hacia Valdesgares y las que, formadas en las alturas del pueblo de Dehesa de Montejo, descendían por el canal o resbaladero que hoy forma la pradera hasta Vado, aunque siempre en nivel muy superior al actual, fundiéndose todos estos cursos en uno general que, liquidándose paulatinamente, avanzaba a desaguar en Castilla. Una inmensa sábana de nieve cubría cuanto desde aquí se persiguiera hasta el Norte, Arboledas, praderas, ganado, nada de esto existía; pues en aquellos tiempos, la región de las nieves perpetuas alcanzó en esta latitud, hasta por debajo de los mil metros del nivel del mar y, por consiguiente, ésta nuestra tierra tuvo que yacer completamente sepultada bajo capas ingentes de hielo y nieves que la cubrían.
Tomamos una mañanita la carretera que acompaña al río Pisuerga en su descenso y, a los dos kilómetros, estábamos en las inmediaciones de San Juan de Quintanilla. Se prepararon velas y candiles de minas y entramos en la cueva registrando afanosos y agazapados todos los rincones, con el natural entusiasmo y no sin algunos incidentes de resbalones y cogotazos sin importancia. Congregados alrededor del maestro, era algo fantástico, que removía infantiles recuerdos de lecturas de encantamientos y brujerías, el cuadro que formábamos desparramados contra las paredes rezumantes, apoyados o sentados en los salientes estalagmíticos, y en el centro, el maestro desarrollando sus impresiones, que parecían más graves, más sugeridoras, al rebotar su voz, lenta y sonora, en aquel antro donde la escasa luz sólo permitía percibir trozos de cara y manos, de palidez amarillenta, que emergían directamente de las espesas sombras que nos rodeaban...; y la voz decía:...
Esta cueva fue hogar y refugio y luego... quedó sepultada; aquí vinieron a guarecer sus tribus o familias nómadas que vivían de la caza y de la pesca, porque, al ir terminando el rigor de los periodos glaciares y crecer en estos campos la yerba y criarse el cagigo y los arbustos y abundar la caza, esas gentes se corrieron de Castilla, subiendo por el único camino accesible, esto es, por la orilla del río.
Y el maestro siguió dando curiosos detalles de la vida, de la industria, de la religión de aquellos primeros pobladores, impregnándonos de tal simpatía a su recuerdo que, al dejar aquel sitio, nos pareció algo familiar o afectivo.Ya fuera, bajo un cielo sin nubes, con una atmósfera enteramente diáfana y entre las brillantes y cantarinas aguas del Pisuerga, añadió el maestro:
-El hombre primitivo que aquí progresó luego, sobre todo, cuando se puso en comunicación, allá, en los altos de Pernía y Liébana, con el hombre de la costa más civilizado y, acaso, de él aprendió a donmesticar los animales y a cultivar la tierra y, entonces, supo también hacer chozas más confortables que las cuevas y, después edificar casas, naciendo así el pueblo y quedando la cueva convertida en cementerio, según lo confirman los esqueletos que aquí se encontraron al ser descubierta después de haber permanecido escondida y olvidada durante muchos siglos.
En la madrugada de un día de Julio, salimos de Cervera por la carretera a Triollo, que bordea el pantano de Ruesga, cuyas tranquilas aguas reflejaban las primeas luces del alba y, ascendiendo por el pintoresco valle que riega el Cenadero, nos empinamos hasta tierra de Alba, tomando desde Triollo a Camporredondo la margen del Carrión, llegando a la magnífica presa y obras que están haciéndose para dar fuerza y para poner en riego la llanada de Campos. Pero nuestro objetivo no estaba en las obras admirables de la ingeniería moderna, sino en soñar, al compás de nuestro admirado profesor y guía, rememorando sobre el terreno, las viejas historias de nuestro país. Ya en Triollo habíamos visto la dirección hacia el Norte del camino romano que subía por Puente Teblo a pasar por los puertos de Pineda, por Aruz y Sierras Albas para caer en Liébana por Dobres, la Vega y Potes, cuyo camino nosotros seguíamos hacia el sur, o sea, en sentido contrario. En cada recodo, por cada cañada, revivía el recuerdo de la energía y la resistencia heróica de nuestros lejanos antepasados, los Cántabros, reflejada aquella en obras como el Puente y constancia de Roma, los restos que se descubren de explotaciones y aun de templos y fuentes, como la famosa intermitente que, con su arco romano y pedazos de aras y sepulcros, aun subsiste y riega una parte de la vega, a la salida de dicho pueblo.
-Aquí -nos decía el maestro, establecieron los romanos una especie de campamento y centro de aprovisionamiento para que sirviera de apoyo y descanso a las legiones que avanzaban por el camino militar hacia el Norte en su última guerra de denominación en España y este camino, apoyado por otro que marcha en sentido paralelo por Brañosera y Reinosa cogían, como con una tenaza, toda la región cántabra más inaccesible y que más tarda en aceptar el señorío romano. Después, saltando unos cuantos siglos cuando no sólo el poder del Imperio Romano había desaparecido, sino también el de sus sucesores en España, al empuje de la invasión sarracena, por esta misma vía se entretejieron las primeras cooperaciones cristianas para la Reconquista, inciada quizás al mismo tiempo en Covadonga y en La Liébana, y con la confluencia de ambos empujes y otros elementos vino a resultar la formación del Reino de León.
Y todavía, en tiempos más cercanos a nosotros, esta ruta surge y es memorable en nuestra historia, pero no ya como vía militar marcada con las huellas del paso rítmico de las legiones o del descenso en tropel impetuoso de las tribus guerreras, sino como ruta pacífica de peregrinos que, refluyendo de los caminos de Santiago de Compostela, van también a postrarse ante la milagrosa imagen de Santo Toribio de Liébana y a adorar el relicario con el trozo de la Cruz del Salvador. Estas peregrinaciones dan lugar a que se creen cofradías y hospitales en los lugares y en los puertos para albergar caminantes y curar los enfermos, obteniendo para ello concesiones y privilegios que fueron base de instituciones de carácter religioso, social y político muy interesantes.

Es de notar que también paralela a esta ruta de peregrinos había otra que ascendía hacia Liébana por Cervera, siguiendo por San Salvador de Cantamuga, todo el centro de la Pernía, para caer por Casavegas, en el Valle de Valdeprado, entrando por debajo de Caloca, y en esta dirección se crearon también hospitales, ermitas, ventas y refugios con privilegios reales y recursos propios bajo la interesantísima organización que se llamó La Letanía de Pernía, con su centro en Santiago de Orbaneja, a 10 kilómetros de Cervera, en la carretera a PiedrasLuengas.

@Mariano Cajigal | El día de Palencia 19 Julio de 1929
Imagen: José Luis Estalayo

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