Cervera en la prehistoria


Por Mariano Cajigal

.......... y el profesor, aquella tarde, fresca y serena, nos encaminó a Barrio, donde trepamos hasta situarnos en lo alto, casi a pico sobre la carretera de Aguilar. Tendidos unos en la fina yerba que tapiza la pequeña meseta y otros sentados en los cimientos de lo que fue en tiempos atalaya guerrera, apacible el ambiente, deleitoso el extenso paisaje que a nuestra vista se desarrolla, abarcando toda la vega del Pisuerga, circundada de sembrados, praderas y montes verdes y, detrás, como una cortina de fondo en la lejanía, la cadena de cumbres palentinas, ofreciéndonos el espectáculo de una maravillosa puesta de sol tras el gigantesco Curavacas, escuchábamos la palabra evocadora que nos transportaba con la imaginación a tiempos tan remotos que, ni villa, ni vega, ni montes existían aún y sólo comenzaba a esculpirse el relieve de la región por la energía inmensa y constante de las fuerzas naturales que allí venían actuando.Y él nos decía...
-Retrocediendo acaso cientos de miles de años veríamos que a esta altura donde nos encontrábamos era posiblemente el nivel más bajo de la comarca, que por aquí discurría una enorme río de hielo, que viniendo del Norte, desde lo alto de la Peña Labra, saltaba por encima de Piedras Luengas y, a su paso, afilaba o hendía las crestas de Peñas Negras, al mismo tiempo que, por el Oeste, otra corriente helada arrancaba de los glaciares de Tierra de Alba y, por la varga de San Martín, empezaba a declinar el valle de Ventanilla y Ruesga, corriente que marcharía al nivel que hoy tiene el páramo, arrastrando esos grandes cantos rodados que se hallan en las alturas del camino viejo a Ruesga. Esas dos corrientes se unían formando en la vega un solo cauce, al que venían también a afluir las neveras que, procedentes de La Peña, bajaban por Cantoral hacia Valdesgares y las que, formadas en las alturas del pueblo de Dehesa de Montejo, descendían por el canal o resbaladero que hoy forma la pradera hasta Vado, aunque siempre en nivel muy superior al actual, fundiéndose todos estos cursos en uno general que, liquidándose paulatinamente, avanzaba a desaguar en Castilla. Una inmensa sábana de nieve cubría cuanto desde aquí se persiguiera hasta el Norte, Arboledas, praderas, ganado, nada de esto existía; pues en aquellos tiempos, la región de las nieves perpetuas alcanzó en esta latitud, hasta por debajo de los mil metros del nivel del mar y, por consiguiente, ésta nuestra tierra tuvo que yacer completamente sepultada bajo capas ingentes de hielo y nieves que la cubrían.
Tomamos una mañanita la carretera que acompaña al río Pisuerga en su descenso y, a los dos kilómetros, estábamos en las inmediaciones de San Juan de Quintanilla. Se prepararon velas y candiles de minas y entramos en la cueva registrando afanosos y agazapados todos los rincones, con el natural entusiasmo y no sin algunos incidentes de resbalones y cogotazos sin importancia. Congregados alrededor del maestro, era algo fantástico, que removía infantiles recuerdos de lecturas de encantamientos y brujerías, el cuadro que formábamos desparramados contra las paredes rezumantes, apoyados o sentados en los salientes estalagmíticos, y en el centro, el maestro desarrollando sus impresiones, que parecían más graves, más sugeridoras, al rebotar su voz, lenta y sonora, en aquel antro donde la escasa luz sólo permitía percibir trozos de cara y manos, de palidez amarillenta, que emergían directamente de las espesas sombras que nos rodeaban...; y la voz decía:...
Esta cueva fue hogar y refugio y luego... quedó sepultada; aquí vinieron a guarecer sus tribus o familias nómadas que vivían de la caza y de la pesca, porque, al ir terminando el rigor de los periodos glaciares y crecer en estos campos la yerba y criarse el cagigo y los arbustos y abundar la caza, esas gentes se corrieron de Castilla, subiendo por el único camino accesible, esto es, por la orilla del río.
Y el maestro siguió dando curiosos detalles de la vida, de la industria, de la religión de aquellos primeros pobladores, impregnándonos de tal simpatía a su recuerdo que, al dejar aquel sitio, nos pareció algo familiar o afectivo.Ya fuera, bajo un cielo sin nubes, con una atmósfera enteramente diáfana y entre las brillantes y cantarinas aguas del Pisuerga, añadió el maestro:
-El hombre primitivo que aquí progresó luego, sobre todo, cuando se puso en comunicación, allá, en los altos de Pernía y Liébana, con el hombre de la costa más civilizado y, acaso, de él aprendió a donmesticar los animales y a cultivar la tierra y, entonces, supo también hacer chozas más confortables que las cuevas y, después edificar casas, naciendo así el pueblo y quedando la cueva convertida en cementerio, según lo confirman los esqueletos que aquí se encontraron al ser descubierta después de haber permanecido escondida y olvidada durante muchos siglos.
En la madrugada de un día de Julio, salimos de Cervera por la carretera a Triollo, que bordea el pantano de Ruesga, cuyas tranquilas aguas reflejaban las primeas luces del alba y, ascendiendo por el pintoresco valle que riega el Cenadero, nos empinamos hasta tierra de Alba, tomando desde Triollo a Camporredondo la margen del Carrión, llegando a la magnífica presa y obras que están haciéndose para dar fuerza y para poner en riego la llanada de Campos. Pero nuestro objetivo no estaba en las obras admirables de la ingeniería moderna, sino en soñar, al compás de nuestro admirado profesor y guía, rememorando sobre el terreno, las viejas historias de nuestro país. Ya en Triollo habíamos visto la dirección hacia el Norte del camino romano que subía por Puente Teblo a pasar por los puertos de Pineda, por Aruz y Sierras Albas para caer en Liébana por Dobres, la Vega y Potes, cuyo camino nosotros seguíamos hacia el sur, o sea, en sentido contrario. En cada recodo, por cada cañada, revivía el recuerdo de la energía y la resistencia heróica de nuestros lejanos antepasados, los Cántabros, reflejada aquella en obras como el Puente y constancia de Roma, los restos que se descubren de explotaciones y aun de templos y fuentes, como la famosa intermitente que, con su arco romano y pedazos de aras y sepulcros, aun subsiste y riega una parte de la vega, a la salida de dicho pueblo.
-Aquí -nos decía el maestro, establecieron los romanos una especie de campamento y centro de aprovisionamiento para que sirviera de apoyo y descanso a las legiones que avanzaban por el camino militar hacia el Norte en su última guerra de denominación en España y este camino, apoyado por otro que marcha en sentido paralelo por Brañosera y Reinosa cogían, como con una tenaza, toda la región cántabra más inaccesible y que más tarda en aceptar el señorío romano. Después, saltando unos cuantos siglos cuando no sólo el poder del Imperio Romano había desaparecido, sino también el de sus sucesores en España, al empuje de la invasión sarracena, por esta misma vía se entretejieron las primeras cooperaciones cristianas para la Reconquista, inciada quizás al mismo tiempo en Covadonga y en La Liébana, y con la confluencia de ambos empujes y otros elementos vino a resultar la formación del Reino de León.
Y todavía, en tiempos más cercanos a nosotros, esta ruta surge y es memorable en nuestra historia, pero no ya como vía militar marcada con las huellas del paso rítmico de las legiones o del descenso en tropel impetuoso de las tribus guerreras, sino como ruta pacífica de peregrinos que, refluyendo de los caminos de Santiago de Compostela, van también a postrarse ante la milagrosa imagen de Santo Toribio de Liébana y a adorar el relicario con el trozo de la Cruz del Salvador. Estas peregrinaciones dan lugar a que se creen cofradías y hospitales en los lugares y en los puertos para albergar caminantes y curar los enfermos, obteniendo para ello concesiones y privilegios que fueron base de instituciones de carácter religioso, social y político muy interesantes.

Es de notar que también paralela a esta ruta de peregrinos había otra que ascendía hacia Liébana por Cervera, siguiendo por San Salvador de Cantamuga, todo el centro de la Pernía, para caer por Casavegas, en el Valle de Valdeprado, entrando por debajo de Caloca, y en esta dirección se crearon también hospitales, ermitas, ventas y refugios con privilegios reales y recursos propios bajo la interesantísima organización que se llamó La Letanía de Pernía, con su centro en Santiago de Orbaneja, a 10 kilómetros de Cervera, en la carretera a PiedrasLuengas.

@Mariano Cajigal | El día de Palencia 19 Julio de 1929
Imagen: José Luis Estalayo

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