Triollo

Cuando llego a Triollo siento que entro en un corazón antiguo de la Montaña Palentina, donde el agua, la hierba y la piedra aún hablan como antes. Desde aquí veo cómo el río Carrión baja sereno tras recorrer el hermoso valle de Pineda, hasta entregar sus aguas al embalse de Camporredondo, como si descansara después de un largo viaje entre montes y hayedos. Yo siempre me quedo un rato mirando ese encuentro del río con el agua embalsada, porque en él se refleja toda la vida del valle.



Triollo es un pueblo hecho de pasto y trabajo. Sus praderas verdes, abiertas al cielo, explican por sí solas por qué aquí ha brillado siempre la ganadería. Las vacas y el ganado han sido durante siglos el sustento de muchas familias, igual que la agricultura, que llenaba los campos de cereal y daba sentido a cada estación del año. Yo me imagino a los vecinos segando, sembrando y recogiendo, atentos al clima y al ritmo lento de la montaña. Cuando entro en el pueblo me detengo ante la iglesia de El Salvador, que guarda siglos de fe entre sus muros. Cruzar su puerta barroca es como pasar de golpe a otro tiempo, porque detrás se alza el alma románica del templo, sobria y firme, como lo son estas tierras. Siempre siento que las piedras me observan, como si recordaran las oraciones de quienes vivieron y murieron aquí. Muy cerca del río descubro el viejo molino hidráulico, donde el agua movía las piedras que convertían el grano en harina. Me gusta pensar en el sonido constante de la corriente, en los sacos de trigo y en las manos curtidas que transformaban el fruto del campo en pan. Allí, el río no solo daba belleza, también daba vida. Triollo, además, es un lugar de puertos de montaña y de pasos antiguos, porque desde aquí se sube hacia las tierras altas de Pineda y los caminos que llevan a León. Siempre fue un pueblo de paso y de refugio, donde el viajero encontraba calor y el ganado encontraba pastos. Cuando me marcho, lo hago despacio, porque Triollo no se olvida fácilmente. Se queda dentro, como se queda el rumor del Carrión, la calma de sus praderas y la dignidad silenciosa de sus piedras. Aquí, en este rincón de la Montaña Palentina, siento que todavía late la vida antigua, firme y verdadera.

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Actualización febrero2026 | +300👀




Una canción, Un pueblo
Una idea de José Luis Estalayo

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