Cuando abril avanza en la Montaña Palentina, la tierra ya no tiembla de frío, sino que respira hondo y se entrega. Es entonces cuando aparecen los lirones, más altos, más firmes, como si hubieran esperado su momento justo para vestirse de fiesta.
Yo los recuerdo bien.
Los prados se llenaban de ese amarillo más sereno, más templado que el de los primeros brotes. No eran flores solitarias luchando contra el hielo; eran compañía, abundancia, una celebración. Caminabas entre ellos y el campo parecía inclinarse suavemente con el viento, como si todo estuviera vivo de verdad.
De niños, no los mirábamos solo con los ojos… los recogíamos con un respeto que entonces no sabíamos explicar.
Salíamos en pequeños grupos, riendo, corriendo entre la hierba ya crecida, buscando los más bonitos, los más abiertos, los que parecían guardar más luz en sus pétalos. Los cortábamos con cuidado —o eso creíamos— y los juntábamos en ramilletes torpes, desiguales, pero llenos de intención.
Aquellos lirones no eran para nosotros.
Eran para la Virgen María.
Recuerdo el camino hacia la iglesia, con las manos llenas de flores y el corazón ligero. No era una obligación, era casi un juego… pero también algo más profundo. Entrábamos en silencio, como si supiéramos que aquel gesto sencillo tenía un valor especial. Dejábamos los lirones a sus pies, o en algún jarrón improvisado, y por un momento todo se detenía. La luz que entraba por las ventanas, el olor fresco de las flores, la madera antigua… y allí, en medio de todo, nuestra ofrenda. Nunca volvíamos con las manos llenas, pero sí con algo dentro difícil de nombrar. Hoy, cuando vuelvo a ver los lirones cubrir los prados en estos meses, ya no los recojo. Los contemplo. Y en cada uno de ellos hay un eco de aquellas mañanas, de aquella inocencia, de aquella forma tan pura de dar sin esperar.
Porque aquellos lirones no eran solo flores.
Eran infancia.
Eran fe sencilla.
Eran primavera hecha recuerdo.
El Video






1 Comentarios
Froilán,
ResponderEliminarcómo será la fuerza silenciosa de nuestros lirones, tan pequeños y a la vez tan llenos de vida, que apenas tuvieron que esperar unos minutos para encontrar su camino hasta el ciberespacio a través de tus manos. Es como si supieran reconocer a quien sabe mirar con el corazón.
Gracias por acoger el relato y el video con esa rapidez que no es prisa, sino cariño. Gracias por darles voz, por mostrar su hermosura y su candidez, por hacer que desde la Montaña Palentina sigan despertando ternura y asombro allá donde lleguen.
Se lo merecen… y tú también.
Un abrazo.
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