Palabras de agua


Unas de cal y otras de arena. Localizo una entrada en Wanadoo de finales de noviembre de 2006, donde se muestran 15 diapositivas, sobre la embotelladora que echa a andar estos días. Los motivos se refieren a lugares conocidos por todos: Carazo, Tres Mares, Peñalabra y la iglesia de Lebanza, de donde procede el manantial que suministrará el agua, con una calificación notable: pocos residuos secos, baja mineralización y un sabor excelente.

A mediados de Junio de este año se resolvía satisfactoriamente la Declaración de Impacto Ambiental y hasta he visto colgadas las crónicas de Marta Redondo en varios foros donde, pese a todos los contratiempos y dificultades, se habla de esperanza. Y así lo entiendo yo también, aunque no se cumpla en toda su extensión la palabra que dieron.

Porque las palabras se las lleva el viento. O el agua. Dice el refrán: “Cuento o camelo, mucho hay y poco vemos”. Pero lo olemos, habituados como estamos ya a recibir coces.

Se va detectando mediante el boca a boca un planteamiento equivocado de quienes prometieron dar puestos de trabajo a personas que viven en la zona y que no lo tienen. Si no es malo que se cuente con gente que vive y trabaja fuera y desean volver a su tierra para hacer bueno el lema de la repoblación, ni parece escandalizar a nadie que se rodeen de amigos a los que meten a puro dedo, no se cumple lo prometido con un mínimo de orden, ni se concede un mínimo de crédito a quienes remitieron su currículum para optar a un puesto de trabajo. No hay que olvidar que un buen pellizco de dinero proviene del erario público y en ese punto, entiendo, no valen enchufes ni amiguismos.

Las mismas instituciones que lo apoyan, bien con dinero, bien pavimentando los terrenos de acceso a la fábrica, debieron intervenir de algún modo para que la selección de personal se realice con la mayor equidad posible; tener de verdad en consideración a quienes viven aquí, y que buscan y necesitan un puesto de trabajo.

No se puede meter, como se ha metido al alcalde de Lebanza con el objetivo de que nos deje libre el acceso al manantial. El agua, cuando es para otro pueblo que lo necesita, no puede denegarse, pero cuando es para una empresa que va a obtener un beneficio de ello, debe reportar un dinero a las arcas municipales y una compensación a los pueblos que la ceden, llámese arreglo de caminos, alumbrado, plazas, un canon o compensacion económica por cada metro cúbico de agua embotellada... Es insólito que se de una concesión solo con promesas. Eso solo pasa en nuestra tierra.

En Lebanza, me consta, están dolidos porque se les presentó unos papeles para dar su opinión firmados ya o fuera de plazo, lo que viene a sumar más dudas al asunto y deja los ánimos crispados.

Cuando las cosas no se hacen bien, el tiempo pasa factura y, de un proyecto limpio y prometedor como me parece este, surge una desconfianza que ya nunca se diluye.

Quienes lo explotan, han prometido hacer de gestores para regular el caudal de los manantiales, de los cuáles tienen previsto embotellar cincuenta millones de litros al año.

Pero las promesas se las lleva el agua. Conviene firmar lo que se pacta. Conviene que los gestores hagan cumplir lo que se firma.

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