El Campo y canción

He caminado muchas veces por El Campo, ese pequeño pueblo de La Pernía, en el corazón de la Montaña Palentina. Cada vez que regreso, siento que el tiempo se detiene, como si el viento que baja de las cumbres trajera todavía voces antiguas.




El Campo ya existía cuando los siglos apenas comenzaban a escribirse. Me gusta pensar que por aquí ya había vida en el siglo XI, cuando su nombre apareció en viejos documentos del Reino de León. Su nombre, sencillo y honesto, viene de campus, campo abierto, tierra sembrada… y así sigue siendo: praderas que respiran, horizontes despejados y silencio limpio. Son pocos los que quedan. Apenas un puñado de vecinos que resisten el paso del tiempo. Pero en esa escasez hay una riqueza distinta: la de conocerse todos, la de saludarse por el nombre, la de escuchar cómo suenan sus pasos sobre la piedra sin que nadie los ahogue. La iglesia de San Pedro se alza humilde, con su espadaña vigilando el cielo. Siempre que entro, siento que las paredes guardan siglos de plegarias. Allí está el retablo, la memoria del pueblo, la fe sencilla de quienes trabajaron estas tierras y confiaron en la Providencia. Cada 29 de junio se celebra al patrón, y aunque sean pocos, el pueblo se llena de vida, de abrazos, de historias repetidas que nunca cansan. Desde el pueblo parte el sendero que lleva al mirador. Es un camino corto, apenas un kilómetro, pero cada paso es un regalo. Cuando llego arriba y contemplo el valle del Pisuerga extendiéndose hacia el sur, entiendo por qué me cuesta marcharme. Las montañas abrazan el horizonte y el aire parece más puro, más verdadero. Pienso entonces en los tiempos de la minería, cuando la escombrera que hoy es mirador era trabajo duro y manos ennegrecidas. No lejos de aquí está Venta Urbaneja, junto a la carretera. Siempre fue lugar de paso, de trato y descanso. Imagino carros, viajeros, ganado, voces que iban y venían entre los pueblos de La Pernía. Pero si algo me duele recordar es la vieja Casona. Aquel edificio de piedras labradas, noble y fuerte, que un día fue orgullo del lugar. Sus sillares trabajados con esmero fueron arrancados y llevados a otros puntos. La casa quedó desmantelada, como si le hubieran quitado el alma piedra a piedra. Cada vez que paso por donde estuvo, siento una mezcla de nostalgia y silencio. Porque no solo se llevaron las piedras; se llevaron una parte visible de nuestra historia. Y, sin embargo, El Campo sigue en pie. Sigue latiendo en sus praderas, en el canto del viento entre los robles y chopos, en las tardes largas de verano y en los inviernos que lo cubren de nieve y recogimiento. Yo camino por sus calles y sé que, aunque pequeño y casi escondido, este rincón de la Montaña Palentina guarda una grandeza que no se mide en habitantes ni en monumentos, sino en memoria y pertenencia. Aquí, en El Campo, el tiempo no pasa: permanece. Y yo, cada vez que vuelvo, siento que también permanezco con él.

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Actualización mar2026 | 💥+266 👀




Una canción, Un pueblo
Una idea de José Luis Estalayo







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