La galvana, una enfermedad veraniega

He descrito un fenómeno del cual tendrás también experiencia. No me puedo olvidar de aquel día. Cada dos o tres años me viene a la mente. Por fin me decidí a narrarlo. 




La galbana era algo más que pereza. En la Montaña Palentina tenía un peso especial, como si el cuerpo y el alma se quedaran detenidos bajo el calor del verano. Era una desgana espesa que se metía en los huesos y hacía que hasta el pensamiento caminara despacio. Y yo nunca he podido olvidarme de una galbana concreta, quizá la más grande de toda mi infancia. Tendría yo unos diez años y mi hermano apenas ocho. Estábamos con mi padre en una tierra de Trocó, cerca de la Fuente de los Casares. Era mediodía. El sol caía de lleno sobre el trigo maduro y el aire parecía detenido, sin una brizna de viento que moviese las espigas. El campo olía a paja seca y a sudor. Mi padre segaba sin descanso. El sonido de la hoz era casi el único rumor que rompía aquel silencio abrasador. De vez en cuando se enderezaba un instante, se limpiaba la frente con el dorso de la mano y volvía a inclinarse sobre el trigo como si la faena no tuviera fin. A nosotros nos había encargado hacer gavillas. Parecía tarea sencilla: recoger el trigo segado, juntarlo con orden y atarlo. Pero la galbana se había apoderado de nosotros de tal manera que ni siquiera encontrábamos fuerzas para levantarnos de la piedra que nos servía de asiento. Allí estábamos los dos, derrotados por el calor, mirando el horizonte con los ojos medio cerrados, como si hasta pestañear costara trabajo. Recuerdo que mi hermano y yo apenas hablábamos. Ni ganas teníamos de discutir, ni de jugar, ni siquiera de quejarnos. Solo permanecíamos sentados bajo aquel sol inmenso, viendo cómo mi padre avanzaba lentamente por la tierra, dejando detrás las hileras de trigo cortado. Al cabo de un rato vino hacia nosotros. No recuerdo enfado en su voz, quizá porque conocía demasiado bien aquella enfermedad veraniega de los niños y de los mayores. Nos animó a colaborar, a mover al menos unas pocas gavillas. Pero la galbana era más fuerte que sus palabras. Sentíamos el cuerpo pegado a la piedra, como si alguien nos hubiera llenado las piernas de arena. Mi padre nos miró unos segundos. Luego sonrió apenas, negó con la cabeza y regresó a la siega. Y todavía hoy, tantos años después, puedo verlo alejándose bajo el sol de Trocó, mientras mi hermano y yo seguíamos allí sentados, vencidos no por el trabajo, sino por aquella vieja y poderosa galbana de la Montaña Palentina.

Actualización may2026 | 💥+366👀




Las gentes
Una idea de José Luis Estalayo

Publicar un comentario

0 Comentarios