Protegidos en Grecia por Hefesto y en Roma por Vulcano, durante siglos, uno de los colectivos artesanos de mayor importancia fue el de los herreros. José Luis de Mier, que durante cincuenta años vio pasar la historia de San Juan de Redondo, apoyado en el quicial de la puerta del molino, cuenta en sus memorias, las cien casas que recordaba abiertas en el pueblo y se detiene en la fragua, que describe como una caseta de cuatro metros de larga, paredes de piedra, tejado de madera cubierta por teja árabe y dos aberturas, una puerta y una ventana de no más de cuarenta por cincuenta milímetros.
José Luis ya no está en este plano, como le conocimos, aunque su esencia se percibe en tantos detalles como nos ha legado y en las memorias con las que nos transportaba a otra dimensión, a otra montaña, habiendo recuperado como contamos en artículos pasados, el molino de San Juan de Redondo. Por encima de tantas otras notas, me fascina su memoria del fuego donde se caldeaban los hierros para malearlos en el yunque. Nadie mejor que aquel que lo vivió de cerca para recordarnos que la labor del herrero no se limitaba a trabajar el hierro, también herraba las vacas o las yeguas. Cuenta José Luis, en un pequeño libro, del que se imprimieron un centenar de ejemplares para regalar a sus amigos, cómo daba cuenta el herrero de su llegada al pueblo, tocando la campana de la iglesia de una determinada forma, un día señalado de la semana, y detalle muy importante, antes de finales de junio. Había que calzar bien a los animales, que tenían que librar muchas pendientes y los caminos eran malos. Es necesario rememorar todo esto, que es pasado, es folklore, es historia viva de cada pueblo. Y lo entenderán cuando les diga que aquellos utensilios, como la romana, el juego de pesas o el tronzador eran bienes comunitarios y se guardaban en la Casa del presidente del Concejo. Así, las cinchas, o correas, que servían para sujetar al animal mientras se le herraba, y los palos que hacían girar el travesaño, se guardaban en la Casa Concejo. El caso es que, como recuerda un refrán tradicional: "día de agua, taberna o fragua". Los vecinos aprovechaban los días malos para reparar las herramientas. Yo creo que no solo los días malos, en San Salvador, también los días de sol, la fragua de Cajigal estaba siempre llena de gente.






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