viernes, 27 de junio de 2014

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Ahora se pienso todo. O casi todo. Hasta hace pocos años la gente que se sentía atrapada por los olores y sabores de un pequeño pueblo de montaña compraba una casa y comenzaba una aventura, a veces excesiva, pues desaparecía la casa entera y sobre el solar se edificaba una vivienda que nada tenía que ver con la casa que todo el mundo conocía, aquí madera y piedra y, si acaso, un tejado con ripia nueva y relleno de tela asfáltica para evitar las goteras en invierno.



De pronto alguien ha interpretado que a los edificios también se les hace daño, que reformarlos tanto es como arrancarles el pensamiento, las raíces bajo las que se criaron los dueños; los recuerdos, que siempre te devuelven a un momento lejano de la historia.

Teniendo en cuenta todo esto y también que las casas tienen una especie de alma, Fernando Gallardo, crítico de "El País", encontró una casa que vendían sus dueños en Porquera de los Infantes y, sin destruirla, es más, sin tocarla, le llenaron de efectos. De este modo, una casa fea y, en sus palabras, "secuestrada" por fuera es un rincón de creación y de calma por dentro, donde el crítico se pierde cada vez con más frecuencia, que eso es a fin de cuentas lo que hace que la montaña crezca. "El edificio habló. Sólo hubo que interpretar lo que decía".

Hace unos días, Esther Marín, nos dejaba otro ejemplo, el de Perapertú. Una obra nominada por el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España. Una correcta orientación de la vivienda para aprovechar mejor el sol, con una gran parte acristalada, procurando el mayor ahorro de energía. "La sostenibilidad no es una moda, no es un proceso -declaran los responsables de Sietequince-, es una actitud."

Y acaso sea verdad que imprimiéndole a la vivienda un poco de nuestro sentimiento, vamos ganando amigos por el mundo, que es como detener el tiempo, que es como recuperar el grito, que es en definitiva un pequeño paso para nuestra montaña palentina.

viernes, 20 de junio de 2014

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Tengo la impresión, y en ocasiones lo he comentado aquí, que todo el esmero que nuestros antepasados pusieron para hacer más habitables estos pueblos se ha quedado relegado a un recuerdo. Eran otros tiempos, donde lo que se hacía para reparar calles o caminos, dependía de ellos mismos: ellos ponían el material y la mano de obra.



No es malo que llevemos en la memoria a quienes nos parieron y nos enseñaron a valorar esto, aunque pasan los años y por más voluntad que uno pone de manifiesto, por más optimismo que uno procure rescatar de dentro, todo camina hacia el ocaso.

A poco que uno pueda leer entre líneas,  hay como una manifestación de dolor en el ambiente que no se puede remendar. Pasa lo que pasaba entonces, cuando los pueblos estaban llenos de gente.

Quienes juran defendernos no tienen disculpa, porque el dolor se ha hecho más provincial y ya saben lo que le duele a cada uno, dejándolos a veces hasta sin argumentos.  Males y problemas que se resumen en uno: la despoblación. Y se ha hecho tal agujero, el daño es tan grande, que no se vislumbra por lado alguno un retroceso.

Estoy visitando estos días pueblos palentinos que no conocía, todos con historias interesantes; a veces, a pesar del boca a boca y de los medios de comunicación, historias nuevas que a uno le remueven la conciencia. Gentes que llegaron ilusionados para poner en marcha una casa rural o un pequeño restaurante y que pasados unos años han colocado el cartel de "se vende".

Aquí es cuando se aplica eso de que todo el mundo tiene su callo particular. En realidad sólo el que lo ha vivido sabe cómo se calma de verdad esa herida o esa ausencia. En todos los pueblos se cuecen habas. Cada uno mira de una forma los proyectos que se prometían y las obras que se llevaron a cabo.
Y mirando por ese lado las cosas, bastante triunfo es ya que quienes apostaron por ésto sigan adelante, en la medida de sus fuerzas.

viernes, 13 de junio de 2014

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Trabajadores y vecinos de Cervera miran preocupados estos días la amenaza de cierre que se cierne sobre la Residencia de Ancianos.


Y causa estupor, porque una residencia quiere ser el último refugio de muchas personas que conocimos, no sólo por la amenaza de la entidad financiera, o la escasez de los recursos destinados a este fin por el gobierno regional sino, sobretodo, porque llegados a este punto, uno se da cuenta de que todos te quitan el paraguas cuando llueve, todos te niegan la ayuda cuando lo necesitas de verdad, y a los sacrificios de los trabajadores se suma la preocupación de quienes lo padecen en carne propia y que a lo único que aspiran es  a poder pasar sus últimos días en el entorno que los vio nacer.

Viendo estas perspectivas en una de las localidades importantes de la zona, ¿qué podemos esperar de la residencia que se ha construido recientemente en San Salvador y que las autoridades evalúan estos días sacar a concurso?.

Aunque tenemos  un ejemplo evidente de que han funcionado bien en lugares más pequeños, como la de Salinas de Pisuerga, inaugurada a principios de 2001, con más de 100 plazas, tampoco podemos echar las campanas al vuelo pues allí se ha puesto en marcha el traspaso de la misma a otras manos gestoras que estudiaban estos días las bases requeridas por la entidad financiera y a las que el ayuntamiento, propietario de los terrenos, no ha puesto objeción, con el deseo de que la residencia siga abierta.

Que no todo es del color con que lo pintan quienes las explotan, que no es la panacea ni el cuidado sumo que nos prometen; que a veces, quienes lo montan exclusivamente como negocio se olvidan del gasto enorme que conlleva su mantenimiento; que las instituciones que han invertido en la construcción de algunos de estos centro, no las dejen finalmente a la deriva.

Necesitamos esos centros para que nuestros familiares y nosotros mismos, si llegamos, podamos encontrar una cierta tranquilidad en los últimos años. 

viernes, 6 de junio de 2014

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No tenía urgencia por dedicar estas letras al amigo que se me ha ido. No tenía prisa porque, de algún modo, dedicarle algo a alguien que ya no está es ridículo si con ello se ha de demostrar una amistad pura. Y por otro lado, correr para decírselo a la gente es como querer echar más tierra encima para regresar cuanto antes, consumidos por la prisa, al trasiego diario. Conocí a José Luis con motivo de la fundación de Fuente Cobre. Él era el alma del prestigioso bufete "De Mier", a cuyo frente sigue ahora alguno de sus hijos, en Barcelona.


El último encuentro que tuvimos fue el pasado verano, en su despacho de Santamaría de Redondo, un antigüo pajar convertido ahora en una surtida biblioteca, desde cuya ventana pueden verse uno de los símbolos de este valle: las peñas del Moro. Mientras revisaba los libros, disfrutaba de aquella inmensa y repleta biblioteca en medio de un pueblo al que José Luis siempre llevaba en el corazón. En Cervera de Pisuerga, el último domingo de Ramos estuvo motivado mostrando Cantorales, que el coleccionaba como quien colecciona sellos, "hasta se puso una capa castellana" -me cuenta su sobrina Carmen-, el alma de la Asociación de Los Redondos, de la que los dos formaban parte.

José Luis me contaba lo que se podía hacer en esta tierra si existiera un poco más de apego a ella por parte de todos, de quienes la disfrutan y de quienes la añoramos y la defendemos en la medida que se puede desde fuera.

Pero al mismo tiempo le notaba cansado, como arrepentido de haberle puesto tanto empeño para recuperar un molino de San Juan que alguien robó después y una casa rural en la que echó el resto, siempre decorada con detalles e historias de la tierra palentina.

La vida es un paso tan pequeño que a veces un paseo recogiendo todos los motivos de ese escenario que nos entusiasma tanto, es suficiente para dormirse y ya no despertar nunca.

Imagen: Gonzalo Alcalde Crespo

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