sábado, 26 de mayo de 2007

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No se preocupen. Soy consciente de que todo lo que escribimos aquí no sirve para nada. Bueno, casi para nada. Cada uno se desahoga de una forma y aprovechando este hueco que me brinda el diario, es natural que me desahogue en la medida que mejor entienda, con el planteamiento de historias cercanas, de manera que, aquellos que tienen la paciencia y el gusto de seguirme, recogan lo que puedan la lección, si la di; me perniquebren si no la di como es debido o me dejen sin más en el olvido.

La madeja de hoy tiene hilo abundante, perdónenme si me lío un poco al descifrarla. En el diccionario de quienes se dedican a entrar a vivir en las casas ajenas, hay una normativa que parece indicarnos al resto de los mortales –la mayoría hipotecada de por vida para adquirir una vivienda–, que hemos perdido el tren de la realidad, que somos torpes esclavos de las estadísticas y que, apegados como estamos a las normas que rigen, nunca entenderemos su postura y su necesidad, a menos que recibamos un zarpazo de quienes operan bajo esa filosofía que el común de los mortales entendemos por allanamiento puro y duro.

Pero entrar en un local o en una casa es legal todavía para los okupas, argumentando que lo único que hacen es llenar espacios vacíos que adornan con su creatividad, argumentando que les asisten los derechos básicos a los que tiene derecho todo el mundo y que, una vez dentro, los propietarios no les podrán desalojar sin llevar a cabo algunos procedimiento legales. El Servicio de Asesoría Okupas (manda huevos) tiene un montón de listas de casas vacías y aconseja la prudencia a la hora de fijar los ojos en una determinada vivienda, tener abastecimiento de gas o luz para que no puedan tan fácilmente acusarles de robo y mandarse una carta a sí mismos a la nueva dirección, como prueba fehaciente de que el individuo reside allí mismo y, por extensión, por suposición, por raciocinio, la policía que es tonta deduzca que aquello es suyo. Sus abogados ya les han tranquilizado al respecto de que si están físicamente ocupando la vivienda cuando llegue la policía o traten de desalojarles por la fuerza, se les podrá llevar a juicio. Asímismo aconsejan que no abran la puerta a los agentes y, en todo caso, si insisten mucho, hablen con ellos a través del buzón o desde la ventana y les tranquilicen al respecto, explicándoles que no se trata de ningún ladrón, que están viviendo ahí porque no tienen ningún otro sitio. Y añaden: “Hay que ser educados, pero firmes con ellos”.

Yo comencé a darle vueltas a esta madeja, cuando en octubre del 2005 un grupo de okupas en la ciudad granadina de Fun expulsó a 20 familias de sus casas. Y he seguido tirando del hilo hasta que hace un mes, en Cataluña, un propietario esperó a que salieran los que se habían alojado en su piso y colocando cerradura nueva les fue a pagar con la misma moneda, recuperando así un piso que era suyo, que parecía suyo, que, probablemente, los jueces hubieran resuelto en un plazo de meses, después de gastarse un buen dinero en abogados, que era suyo; que tranquilo, paisano, que la ley es lenta pero segura, que no se puede hacer nada contra los que pacíficamente toman lo que es de uno, y no desean otra cosa que entrar a vivir en una casa que un día encontraron vacía y medio abierta.

Imagen: Taringa
© Froilán de Lózar para Diario Palentino


sábado, 19 de mayo de 2007

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Si el título de Conde se concede a efectos meramente de abolengo...
Si el rey Felipe V al revestir de tal honor al pueblo de Polentinos, lo hizo por casualidad, echándolo a suertes...


Si los Condes que lo heredaron no se tomaron la molestia de venir a visitarlo, que ya les hubieran recibido en este pueblo de montaña que mira al Curavacas, con arcos de ramos y coplas auténticas y, sin derechos de autor que pagar a nadie, agradeciendo que lo que sucediera se contara y fuera revivido por las generaciones venideras...

Si ni siquiera la guerra o las posguerra fue bastante para empujar al séptimo Conde, Aurelio Colmenares y Orgaz, cronista Oficial de Madrid, a visitar el lugar para ver en qué condiciones de vida se encontraban sus súbditos...

Si todos los reyes y gobernantes que les sucedieron después, tomaron como hábito la renovación de dicho nombramiento y, previo pago del Impuesto correspondiente, los susodichos se alzaron con el título nobiliario, sin interesarse por el lugar y por sus gentes...

Pues si todo eso es así, que lo retiren, que lo suspendan, que a todos los efectos quede exento el lugar de guardar pleitesía a ningún señor en ningún momento.

A ver, dijo el pueblo aquel invierno que duró quince días, quién nos ayuda a llegar hasta la carretera general. ¡Apañaros vosotros, que nosotros andamos muy ocupados con los relatos de la corte! –les respondieron.

A ver, volvió el pueblo a gritar, nos estamos quedando sin escuelas, sin centros médicos, están cerrando las minas, las cantinas, las carreteras están intransitables...

A ver, dijeron y volvieron sus ojos hacia el lugar donde supuestamente estaba el conde, rubrique usted la situación que padecemos, firme usted esta carta de protesta, usted que maneja en condiciones tantos ruegos y preguntas a los que no someten quienes temporalmente nos gobiernan.

¡Por Dios, señor Conde, que sabemos que existe, que el rey le dio poder sobre estos lugares, como a los condes de los pagos cercanos que se sabe que lucharon por ellos!, interceda por nosotros para evitar hasta donde sea posible la muerte de esta tierra.

Coincidiendo con el Real Decreto de 27 de Mayo de 1912, por el que en nombre del Rey se expide la Real Carta de sucesión en el título de Conde de Polentinos a favor de Ignacio de Colmenares y Gómez Acebo, por cesión de su hermano don Ricardo, se sabe que, hace pocos años, unos señores llegaron a Polentinos y comenzó a despertarse cierta intriga en el entorno.

Es apropiado este instante para decirle a mis paisanos que voten sin dejarse llevar por ningún tipo de espejismo. Conocéis a las personas que se presentan para regir el municipio, intuís lo que pueden dar de sí, lo que pueden aportar a los pueblos; reconocéis que dedicarán un tiempo impagable –que aquí no hay sueldos como los de Rajoy o Blanco– a resolver tantas cuestiones pendientes, que siempre las hay por pequeños que sean y alejados que se encuentren de los servicios.

Ahora que podéis, nunca os sintáis motivados a votar a nadie por la apariencia o por el título. Otorguemos el poder a alguien que viva cerca y a quien podamos decir basta, bájate, cuando llegue el momento.

Ver también: "Los Condes de Polentinos"
Imagen: Investigaciones Madrileñas, escrito por El Conde de Polentinos. Vista en Todo Colección


sábado, 12 de mayo de 2007

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Durante los últimos días he vivido obsesionado por llevar los artículos que se han venido publicando en esta sección a la página Web, cuya dirección insertaré periódicamente, por si alguno de ustedes está interesado en visitarla y repasar conmigo algunas de las historias que a mí me motivaron.Para incorporarme de nuevo, o regresar, aunque nunca me fuí del todo, aprovecho la línea que me tiende mi director y amigo Mariano Valero. Pero antes de opinar al respecto sobre la constante amenaza de pasarse a otra provincia, o a otra Comunidad, al ver las pocas garantías y beneplácitos que ofrece la nuestra, quisiera hacer una observación sobre un fenómeno curioso aplazando para otro momento el debate al que aludo.



Todos los años, aprovechando las vacaciones de agosto, regreso al hogar, a la montaña palentina. Allí siguen existiendo fuertes lazos de amistad que me devuelven a otro tiempo, aunque he de reconocer que cada día salgo menos, dedicando muchas horas a leer y escribir. No obstante, el año pasado, prometí hacer un esfuerzo y llevar "de merienda" -como suele decirse- a mi familia. La excursión al Roblón de Estalaya estuvo bien. La travesía por el Valle de Pineda hasta llegar a la base del Curavacas fue un éxito. Yo no sé lo que ven los demás, ni por qué van a verlo. Yo voy porque se remueven en mi interior historias de otro tiempo, incluso de aquellas que hablan de un peligro de muerte cuando fuí arrastrado unos cientos de metros por un caballo de casa que encontramos en el valle después de un largo y duro invierno.

Y recuerdo sobre todo el sabor de la carne que asaban los pastores de Cortes para celebrar el final del verano. Más allá, con la solemnidad y el esplendor que le caracteriza, asoma el Curavacas, que mira a otros puertos, comunicados todos por unos caminos que, lógicamente, ha maleado el tiempo y la distancia. Pero fue a raiz de la excursión a Fuente Cobre donde empezaron mis problemas. Fuimos bien mientras hubo camino, mas el camino se volvió sendero y el sendero se llenó de espinas y matorros, y barro, y precipicios...

Tenía yo ilusión de enseñar a mis tres hijas el nacimiento del Pisuerga, pero el sendero se cerró del todo y el hallazgo de la cueva fue una especie de castigo porque quedaba el suplicio del regreso. En la misma dirección encontramos a un grupo de muchachos que se habían perdido, o habían cogido el camino equivocado. Más adelante, otro pequeño grupo había desistido y optaba por comer la merienda a la orilla del río, antes de volver sobre sus pasos sin haber alcanzado su objetivo. Un poco más arriba, otro matrimonio, que parecía muy puesto en temas de caminos, hizo alusión a los efectos nocivos que un camino en buenas condiciones traería a los pueblos, justificando el estado del nuestro.

La diatriba permanente entre administrador y administrado: que se cambie el camino, pero que no se corte la circulación para cambiarlo; que se arregle, pero que no se arregle mucho; que venga el turismo, pero que venga poco a poco; que todo siga igual, pero que cambie...

Quiero decir con esto que se está hablando ahora mismo de rutas que no lo son, porque no están habilitadas; que se está invitando a la gente a visitar unos lugares cerrados, no sé si para bien o para mal, no sabemos si por ignorancia de los promotores o por capricho de los pueblos. Pero una cosa sí está clara, si abrimos las puertas al turismo, debemos abrir los caminos, adecentarlos, pidiendo respeto y respetando lo que a ambos lados se nos muestra. Yo creo que nadie tiene la llave de la tierra, que la tierra es de todos y todos deben tener ocasión de admirarla.

De la indignación que me produjo el hecho de encontrar destartalados los chozos que se encuentran en las escaleras del Curavacas, a la impotencia de hallarme en un camino sin apenas señales, más allá de Redondo, uno de los muchos caminos que nuestra Junta anuncia en los medios de comunicación. Tal vez esa falta de atención esté motivada por uno de esos abandonos que en otros lugares hubieran supuesto ya a estas alturas una explicación, o una renuncia, o un cambio de algo o de alguien.


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Don Sebastián de Colmenares y Vega recibió en 1716 el título de I Conde de Polentinos. Su padre, también llamado Sebastián, había nacido en Madrid el 5 de Enero de 1634. Fue Oficial 1º de la Secretaría del Despacho de Indias y viajó a Perú en 1667 como Secretario de Cámara del Virrey Conde de Lemos, grande de España, a propuesta del cual fue nombrado Secretario del Rey, después Veedor general y Pagador de la Plaza y Presidio del Callao durante 19 años con una renta de 3240 pesos.

En 1668 contrajo matrimonio con la limeña Agustina de Vega que le dio una dote de 58.000 pesos. Su hijo, Sebastián de Colmenares y Vega nació en Lima el 19 de Noviembre de 1672 y el rey Felipe V le confirió el título de Conde de Polentinos, lugar de España donde vivieron sus ascendientes, el 20 de Julio de 1716.

La historia es caprichosa y rebuscando documentos y artículos donde se haga referencia a este lugar, me encuentro con un reportaje firmado por Julio César Iglesias sobre la Casa de la Siete Chimeneas, un distinguido palacete madrileño que perteneció a los Condes de Mejorada, quienes se la alquilaban a los personajes más distinguidos de la Corte. Y es curioso porque ya en 1671 adquieren la propiedad los Condes de Polentinos que la mantienen hasta finales del siglo XVIII.

Sebastián legó el título a su hijo Francisco José de Colmenares y Fernández de Córdoba, que fue II Conde, heredando el título su hijo Domingo María de Colmenares y Contreras (Valladolid, 1750-1811), siendo el III Conde. En Avila se encuentra el Palacio de Polentinos, que heredó Francisco de Colmenares en 1750, por lo que desde entonces esta casa se conoce con su nombre. Dos hijos de este recibieron sucesivamente el título: Don Felipe (1791-1869) y don Segundo de Colmenares y Caracciolo de Sole (fallecido en 1881) que fueron respectivamente IV y V condes de Polentinos.

Quienes hacen el seguimiento de esta rama familiar, intuyen que uno de estos dos últimos vino a emparentar con una Casa-Xara, vinculando así los condados de Las Posadas y Polentinos. Un hijo de Don Segundo, don Aureliano de Colmenares y Taraba, al morir en 1890 mandó el Condado de Polentinos a su hijo don Aurelio de Colmenares y Orgaz, que fue el VII conde. Aureliano fue nombrado cronista oficial de la villa de Madrid (1943) y, de alguna manera, el ayuntamiento quiso hacerle un homenaje con la publicación de la obra “Investigaciones madrileñas”, que vio la luz en 1948, un año después de su muerte.

A éste le sucedió en el título don Ricardo de Colmenares y Duque de Estrada, VIII Conde de Polentinos y X de Las Posadas. Se sabe que Ricardo fue dueño de 64 Hs entre Andoain y Vergara, en las que no hace constar su condición de Conde, si bien sus principales propiedades eran fincas urbanas en Valladolid y Madrid.

Según Real Decreto de 27 de Mayo de 1912, y previo pago del impuesto correspondiente, se expide la Real Carta de Sucesión en el título de Conde de Polentinos, a favor de don Ignacio Colmenares y Gomez-Acebo, por cesión de su hermano. Documento firmado en Madrid el 30 de Noviembre de 2004 por la subsecretaria de Justicia López Aguilar.

Pero tanto poderío y tantos olvidos bien merecen un comentario que les serviré en un próximo artículo.

Imagen: Palacio de los Condes de Polentinos en Avila, tomada de la Wikipedia

sábado, 5 de mayo de 2007

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“En la abadía de Lebanza se está bien y tranquilo. Queda lejos, en Cervera de Pisuerga, provincia de Palencia, pero se está muy bien. El viaje merece la pena”. La nota está extraída del libro “San Camilo”, de Camilo José Cela, prologado por Francisco Umbral y cuyo lanzamiento levantó mucha expectación en su momento. Cela llevaba algunos años sin publicar y afrontaba en la misma la guerra civil, en los tres días cruciales del levantamiento, y por lo tanto, en la festividad de San Camilo que es el 18 de Julio.


“En la Abadía de Lebanza –prosigue en su monólogo– por doce pesetas te dan pensión completa en habitación con agua fría y caliente y lavado de ropa incluido, cinco comidas diarias y toda la leche y todos los huevos que quieras y que seas capaz de comer”.

Cuando Camilo escribe de este lugar haciendo un canto incluso a la altitud, los 1500 metros sobre el nivel del mar, más que el doble de Madrid, y “el ambiente despejado y sin niebla en el que se respira un aire muy fino y desintoxicador”, es como si tratara de mitigar aquel levantamiento que se vive en las calles de Madrid y que los protagonistas movidos por su mano parecen ignorar, comiendo, festejando, viviendo a tope aquellos últimos y pacíficos días de lo que denominaron Belle Epóque. ¿Qué le impulsa al viajero de “La Alcarria” a fijar sus ojos en este santuario mariano? ¿Visitó él la Abadía y se siente impactado por el lugar o toma referencia por boca de algún escritor o político del momento?

No es la primera referencia a nuestra tierra. En “La Colmena”, su obra cumbre, cuya primera versión no pasará la censura española y se publica finalmente en 1951 en Buenos Aires, se nos habla de Dorita, expulsada de su casa por haber tenido un hijo de soltera: “La criatura fue a morir una noche, en unas cuevas que hay sobre el río Burejo, en la provincia de Palencia. La madre no dijo nada a nadie: le colgó unas piedras al cuello y lo tiró al río, a que se lo comieran las truchas”.

Al hilo de esta semblanza, abro el correo y me encuentro con la carta de una lectora natural de la tierra, que se muestra agradecida por tantas vivencias y costumbres como se van mostrando en estas páginas. La tierra envejece, en pocos años se han ido muchos seres queridos, pero es verdad que las montañas, los valles, siguen expuestos a la mirada del viajero, aunque ya no haya tanta leche en la Abadía y lo que se vea, con el mismo esplendor de aquellos años -porque nada ha cambiado en el horizonte-, no invite a una estancia muy larga y sosegada.

Una de las páginas consultadas hace referencia, precisamente, a los años de la posguerra, cuando la Abadía fue Seminario Menor, dedicación que obliga a realizar algunas reformas que, al decir de los críticos, no se muestran respetuosas con la traza original. Clausurado el seminario, las instalaciones se utilizan como Colonias veraniegas hasta caer en el olvido que hoy soportan.

Sí es verdad que en el artículo anterior me mostraba a favor de recuperar esos capiteles románicos que se encuentran en la Universidad de Harvard, pero al ritmo que van las cosas por estas tierras, tal vez no sea el momento de reclamar nada. Sería más sensato que las autoridades tomasen las medidas oportunas para recuperar turísticamente este rincón que hoy yace en el olvido.


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