27 agosto 1994

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Todos los año, cuando agosto deja sentir los últimos latidos, me dirijo a La Laguna, un pueblo del Valle de Polaciones. Allí coincidí un día con el alcalde de Quintana, amante del rabel, que gusta de evocar por estas fechas los temas tradicionales cántabros, en compañía de amigos campurrianos que van de fiesta en fiesta por cuatro perras, como hacíamos nosotros por estos pagos. Uno de sus amigos, después de evocar la fiesta de Carmona, o la de "los Campanos", típica de la "Viaña", antes d comenzar a cantar realiza su propia presentación ante vecinos del lugar y personas que acuden de los pueblos cercanos.

 

Cuenta que, cuando los de Polaciones venían de servirse de Cervera con el vino y el pan, estaban celebrando una boda en La Pernía y dice que, cuando se asomó uno de los invitados a la ventana y vio pasar los carros de los de Polaciones, dijo de esta manera:

Abrir puertas y ventanas
y también los corredores,
veréis pasar en hilera
los "tochos" de Polaciones.


Pero entre los de "Polaciones" -hizo un alto el cantor para buscar la explicación a la siguiente copla- iba uno que tuvo la ocurrencia y contestó de esta manera:

Del Valle de Polaciones
sacó el Rey sus consejeros
y del Valle de Pernía
pastores y borregueros...


Y es que, anécdota sobre anécdota, aquí los valles se estiran a antojo del caminante. Nunca se les llega a conocer del todo. Ni quienes hemos nacido aquí y aquí regresamos siempre que las circunstancias lo permiten, podemos traducirlo. Sensación placentera que nos invade a medida que nos vamos adentrando en el paisaje.

"Uno no es de donde nace, sino de donde pace" -se dice-. Uno no es de donde vive, sino de donde piensa, de donde siente, y yo siento montaña, esto es irremediable.

Lejos de allí estoy más dentro de ella que nunca, emitiendo juicios, buscando razones, rompiendo lanas en pro de asuntos que a mi, de otra manera, jamás me hubieran afectado.

Dicen nuestros vecinos que Peñasagra es lo más cerca del cielo...

Dame la mano morena
para subir a la cima,
en la falda de aquel monte
la Virgen tiene su Ermita.

En los montes de Carmona
se oyen sonar los campanos
señal que la nieve asoma
y descienden los ganados.

Bajan rozando las lomas
desde los pueblos más altos
abandonando las brañas
donde arrancaron los pastos.


Todos los años, agosto en ciernes, busco con un preconcebido anhelo los parajes secretos, los atajos que nos llevaban de pueblo en pueblo, la buena gente a la que tanto debo; la gente menos dispuesta a la que recordé su indiferencia; la gente más necesitada a la que siempre, mientras viva, seguiré como pueda defendiendo.

Los que pasaron antes dejaron el camino preparado. Los valles se mantienen unidos, esperando el futuro.

Por eso, cuando agosto concluye, visito el escenario al que un cantor sin nombre sube y abrazándose a su interlocutor inicia un canto, saca de su chistera un chascarrillo y, finalmente, con voz fuerte entona un estribillo que unánimemente comienzan a tararear los asistentes.

Polaciones, a las faldas de nuestro Peñalabra, tiene también motivos suficientes para erigirse en Parque, para entrar en el catálogo de los rincones bellos.

Allí se entiende que fuera el Valle de sus amores.


Imagen: "La Pasaa" , o paso de la cabaña de Liébana y Polaciones por Camasobres

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Hace cincuenta y seis años, el día 1 de 1938, murió Manuel Llano, folklorista montañés, colaborador de diversos diarios, a la edad de 38 años, después de haber conseguido la admiración de Miguel de Unamuno, quien dijo de él: "Llano tiene más y mejor que el conocimiento de la lengua castellano-montañesa, tiene el sentimiento de ella". Este cántabro, de Cabuérniga, valle de artesanos y pastores, amigo de Gerardo Diego, guiado por José María de Cossío y matado por la guerra, escribe en la dedicación de "Mitos y leyendas":

"Han tocado el rabel polvoriento de sus leyendas, y he escuchado sus sones fuertes, débiles, suaves, temblorosos, de viejo, de niño, de doncella, para dárselos al mundo como un regalo del espíritu antigüo de la raza".
Cossío escribiría después sobre la obra del amigo:

"Su comprensión de lo más elemental y permanente de la Montaña, le alejó de ser escritor costumbrista, ya que la costumbre es lo más sujeto a mudanza; de ser historiador, ya que la historia tiene como materia lo que pasa y fluye; de ser un poeta, ya que el lirismo es lo más íntimo del hombre y el espectáculo que ofrece es el de un espíritu y no el del espíritu y el ser de la tierra".

Manuel Llano miró la montaña con vista tan penetrante, que supo llegar a lo más elemental de su ser, a la visión que sólo se tiene al principio de la vida". Y sigue diciendo de él su vecino y amigo de Tudanca, "que murió de la guerra como se muere de aneurisma o de cáncer..."

La historia también dice que murió muy pobre, ¡qué lástima que vengan a despertarle a uno los periódicos con la muerte de gentes de valía y de bien a quienes nunca se les reconoció en vida! Aunque bien se consolaba aquel amante de su montaña: "Pero si no he podido ahorrar, he pagado lo que debía". Sirva pues este artículo de homenaje a cuantos se prodigaron en la defensa de su tierra, que su esfuerzo nos sirva a nosotros de alimento, que su historia nos aliente a conservar y defender lo que tenemos.

Escribo deprisa, como con miedo a perder la cadencia, como con miedo a tapar los aciertos. Y las citas que me entusiasman se arrebujan hoy en torno a un valle hermoso, un valle inmenso, cubierto por la brillante estela de un escritor que casi con mis años se murió por la guerra, buscando la paz "como busca el niño la peonza extraviada entre los helechos". Como él allá, nosotros estamos llamados a ser continuadores de su obra acá, porque no puede acallarse la voz que busca la justicia.

Parece que es la tierra la que te envuelve con sus alas, cuando te marchas lejos y te llena de savia, y te sumerge en una fuente de algas, obligándote a salir en su defensa, ante la misma incomprensión y desconfianza de quienes viven en ella. Decía Quevedo: "donde hay poca justicia, es un peligro tener razón". Y acaso aquí nos falten ambas, pero si he acudido al recuerdo del costumbrista cántabro lo he hecho con la intención de darme ánimos, para seguir marcando el eco de aquellos días felices, de aquellos verdes campos, de aquella primavera...

Porque, sin quererlo, sin pretenderlo, el anuncio del maná en la ciudad iba cerrando puertas en el pueblo y paulatinamente fueron cayendo historias que ayudaron aquellos días a formarnos.

Vuelvo con este asunto de la vecindad porque la historia nos obliga a entendernos, hoy, medio siglo más tarde; nos obliga a juntarnos, a valorar lo que tenemos, a poner más intención y empeño en recuperar ciertos momentos que sobrevienen cuando volvemos a encontrarnos.

Imagen: "Galeón"

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