Manuel Llano


Hace cincuenta y seis años, el día 1 de 1938, murió Manuel Llano, folklorista montañés, colaborador de diversos diarios, a la edad de 38 años, después de haber conseguido la admiración de Miguel de Unamuno, quien dijo de él: "Llano tiene más y mejor que el conocimiento de la lengua castellano-montañesa, tiene el sentimiento de ella". Este cántabro, de Cabuérniga, valle de artesanos y pastores, amigo de Gerardo Diego, guiado por José María de Cossío y matado por la guerra, escribe en la dedicación de "Mitos y leyendas":

"Han tocado el rabel polvoriento de sus leyendas, y he escuchado sus sones fuertes, débiles, suaves, temblorosos, de viejo, de niño, de doncella, para dárselos al mundo como un regalo del espíritu antigüo de la raza".
Cossío escribiría después sobre la obra del amigo:

"Su comprensión de lo más elemental y permanente de la Montaña, le alejó de ser escritor costumbrista, ya que la costumbre es lo más sujeto a mudanza; de ser historiador, ya que la historia tiene como materia lo que pasa y fluye; de ser un poeta, ya que el lirismo es lo más íntimo del hombre y el espectáculo que ofrece es el de un espíritu y no el del espíritu y el ser de la tierra".

Manuel Llano miró la montaña con vista tan penetrante, que supo llegar a lo más elemental de su ser, a la visión que sólo se tiene al principio de la vida". Y sigue diciendo de él su vecino y amigo de Tudanca, "que murió de la guerra como se muere de aneurisma o de cáncer..."

La historia también dice que murió muy pobre, ¡qué lástima que vengan a despertarle a uno los periódicos con la muerte de gentes de valía y de bien a quienes nunca se les reconoció en vida! Aunque bien se consolaba aquel amante de su montaña: "Pero si no he podido ahorrar, he pagado lo que debía". Sirva pues este artículo de homenaje a cuantos se prodigaron en la defensa de su tierra, que su esfuerzo nos sirva a nosotros de alimento, que su historia nos aliente a conservar y defender lo que tenemos.

Escribo deprisa, como con miedo a perder la cadencia, como con miedo a tapar los aciertos. Y las citas que me entusiasman se arrebujan hoy en torno a un valle hermoso, un valle inmenso, cubierto por la brillante estela de un escritor que casi con mis años se murió por la guerra, buscando la paz "como busca el niño la peonza extraviada entre los helechos". Como él allá, nosotros estamos llamados a ser continuadores de su obra acá, porque no puede acallarse la voz que busca la justicia.

Parece que es la tierra la que te envuelve con sus alas, cuando te marchas lejos y te llena de savia, y te sumerge en una fuente de algas, obligándote a salir en su defensa, ante la misma incomprensión y desconfianza de quienes viven en ella. Decía Quevedo: "donde hay poca justicia, es un peligro tener razón". Y acaso aquí nos falten ambas, pero si he acudido al recuerdo del costumbrista cántabro lo he hecho con la intención de darme ánimos, para seguir marcando el eco de aquellos días felices, de aquellos verdes campos, de aquella primavera...

Porque, sin quererlo, sin pretenderlo, el anuncio del maná en la ciudad iba cerrando puertas en el pueblo y paulatinamente fueron cayendo historias que ayudaron aquellos días a formarnos.

Vuelvo con este asunto de la vecindad porque la historia nos obliga a entendernos, hoy, medio siglo más tarde; nos obliga a juntarnos, a valorar lo que tenemos, a poner más intención y empeño en recuperar ciertos momentos que sobrevienen cuando volvemos a encontrarnos.

Imagen: "Galeón"

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