martes, 25 de agosto de 1987

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Más que comparanzas, que siempre nos conducen a enfrentamientos inútiles, he tratado de localizar vínculos, lazos y paisajes que nos unan. Yo he sido por obligación y por devoción un viajero de mi tierra. He buscado sensaciones diferentes por las tierras hermanas de España, y como bien señalo en un capítulo inédito que aparecerá en el que será mi primer libro (1), he bebido de todas.




Cantabria ha sido la primera. La hermana carnal, la prima hermana. Fuéramos o no antepasados suyos, tengamos o no sus mismos ragos, conservamos algunas de sus costumbres; nos expresamos en muchas ocasiones con sus mismas palabras; rompemos las sombras del invierno con idénticos pasos y temores, en pueblos que, sin dejar de ser hermosos, llevan como nosotros esa misma carga año tras año.

Hoy mismo he roto los zapatos “Deva” arriba. Por Espinama a Fuente Dé, dejando atrás, cerca de Potes, la Cruz que hace mil años trajo el Santo Toribio a este valle de Liébana.

Sabemos que las gargantas del “Cares” son profundas; que Peñalabra, de cerca, es una balsa; yo sé, porque lo he visto, que “El Curavacas”, allá por donde luce Sierra de Alba, es un espejo, y que otro tanto o más tiene de bello Ribadesella, Gijón, Llanes, Cangas de Onís…, pero Cantabria es diferente. Nos identificamos plenamente con ella por la montaña, por el agua, por los desfiladeros.

También por los cantares.

Nacen en la Cueva Cobre,
entre peñas escarpadas
de la Sierra de Redondo,
y pasan junto a Tremaya.


Gabriel González, "el dios de la Pernía".

Aquí se refleja el agua, las piedras, los pueblos. Y más adelante, ya al final de la poesía, el fruto:

Llegando a Valladolid,
la capital de pintores,
mucho tomate y pimiento
y qué ricos los melones.


Gabriel González, "el dios de la Pernía".

En la región hermana, se cantaba:

Si las Peñas de Lebeña
fueran de queso picón,
las habrían derribado
Peña Labra y La Masón.


Si a tal de proyectarnos por Valdeprado abajo, nos dirigimos a San Vicente de la Barquera, por Salcedo, dejando en ese medio la Sierra de Peña Sagra, llegará a deslumbranos la montaña, nos sentiremos cántabros de nacimiento —ya dicen que lo fuímos cuando Fernán González—, y se repetirán idénticos afanes, miedos idénticos a la soledad, a la carencia de medios y al invierno.

Polaciones buena tierra,
pero nieva de contínuo,
el que no mata “lechón”
pasa el invierno jodido.


“El hombre —escribió Victor de la Serna— ha saturado con cemento la primera herida que El Ebro le hace a la tierra española antes de poseerla. (Las otras son las de Valderredible y Orbaneja, que simula castillos y arcos en una roca rosada).“ Contornos simétricos, idénticos, cada uno con sus propias costumbres. Danzas ancestrales de allá que los de acá valoran, y viceversa, porque en los dos lados laten culturas similares. Si allá el lechazo es plato obligado por San Blas, aquí lo es por Pascua. Dietas y procesiones nos vuelven a encontrar en el camino, llueva o nieve, haga frío o calor; aquí el patrón, allí los santuarios, donde cuentan los escritores costumbristas hermanos que llegan lebaniegos del fin del mundo a llevar un ratuco las andas…

Allí vamos a la mar, como patos al agua;. Aquí suben a la Venta para repostar su bodega de vino de la Mancha.

Añoranzas, cucañas, canciones y ferias de ganado. Potes arde en septiembre. Todo sabe a queso picón en la villa del Deva y el Quiviesa, y allí ponen su mercadillo los artesanos nuestros.

Devoción y jarana, folklore marinero y en septiembre, cuando en nuestra capital luce San Antolín, a unos kilómetros de “La Pernía” vuelve la feria a “La Laguna” o el baile romero de Pejanda.

A lo alto y a lo bajo, Cantabria hermana nos une de camino, nos introduce lenta y suavemente en sus paisajes y la fiesta se hace en cualquier prado, en cualquier pueblo. Y a veces, muchas, la diversión no está en las flores, ni en las carrozas, ni en los grandiosos espectáculos. A veces, algunas, la fiesta se hace en la bolera, entre pinchos de queso y de cecina, jugándose en dura lid el completo, rememorando aquellas enramadas o las marzas; paisanos de coraje que se fueron con el último invierno.

Antaño, cuando los israelitas estaban a punto de iniciar un viaje, depositaban un clavo de hierro entre las grietas del muro occidental de las lamentaciones en señal de apego a su patria.

De igual modo, cuando el montañés se aleja en busca de futuro hacia otras tierras, deja la herencia, deja las costumbres, deja los usos, como si fueran una parte importante de su vida. Cuando vuelve de vacaciones asiste al deterioro de esa imagen. Y sabemos que no es culpa de nadie. Es cuestión de comprensión. Cambia el mundo y así debemos aceptarlo.

De nada sirve avivar unas imágenes del pasado que nadie asimilará de igual manera. El folklore sigue con la vida, hacia otros escenarios, en busca de otras pautas, a ambos lados de los montes que nos separan y nos unen.

Todavía queda vida y belleza a borbotones. A intervalos, en algún lugar se encuentran dos culturas, y al fuego de la amistad que retuvieron, van interpretando con cierto orgullo los recuerdos que emanan de ellos.

El futuro está ahí mismo.

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(1) “Viaje a través de la Montaña”, de la colección “Últimas crónicas del norte”, publicado en 1989.
Imagen: José Luis Estalayo

@Artículo publicado en la década de los 80 en "Diario Palentino".
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Hacer buenas o malas las costumbres implica el rejuvenecimiento o la vejez de un pueblo. Los chinos suelen decir que, “en cada tierra su uso y en cada casa su costumbre”. Y en esta tierra tiramos de ambas con una devoción casi en desuso. Somos costumbristas por tradición, dejando entrever, como el poeta, lo cotidiano. Porque la vida está hecha de pequeñas sonrisas, de pequeños conciertos, en contra de esa función desorbitada que de nosotros pretenden algunos personajes.




El último alcalde de Polentinos, por ejemplo, fue elegido en Concejo, por un miembro de su casa. Aquí siempre votan los vecinos y no los habitantes. Se busca a un hombre, no importa la ideología ni el rostro que tenga. Se necesita la costumbre y con esa misma urgencia se implanta. Su imposición parece razonable y justa, pues busca y favorece la realización del bien social. Hubo costumbres que devoraron leyes y no están lejos las Ordenanzas, a alguno de suyos capítulos hago referencia en otros libros y artículos.

En cada círculo, en cada localidad se generan una serie de creencias, pautas y comportamientos que, posteriormente, se van enriqueciendo al entrar en contacto con otros pueblos. El hecho curioso de los cantores puede darnos una idea aproximada. Los Reyes que se cantaban o se cantan en San Salvador de Cantamuga, son distintos de los que se cantaban o se cantan en Polentinos. Difieren en pequeñas frases y en la música. Hay estrofas idénticas (¿plagiadas, quizá?) y hay estrofas totalmente distintas, lo que en pocos kilómetros de distancia que separan a estos dos núcleos, no deja de causarnos sorpresa. Luego, cada pueblo vive de manera diferente la Navidad o la Pascua y en sus fiestas patronales hay algo que los une y que a su vez los diferencia: un rito, acaso un simple simbolismo… En ese apartado influyen mucho los jóvenes y los Organismos. Hay una condición de miedo y de desgana en este aspecto y, aunque no debemos ser pesimistas, conviene reincidir en ello. No se ha perdido la ilusión –como hemos podido dejar entrever en ciertos momentos–, porque sin ilusión no hay quien viva. Hay ideas, muchas ideas en esa juventud que viene, sólo necesitamos atraparlas, ponerlas boca arriba, buscar a través de ellas la participación del pueblo. No hay demasiado joven ni demasiado viejo, incapaz de aportar su granito. Entre todos la fiesta se hace más grande y las costumbres se hacen leyes.

No debemos perder las buenas costumbres, instancias reguladoras de toda la conducta rural, al igual que en las sociedades primitivas. No obstante, hay que imprimirlas el cambio que requieren, la nueva interpretación que la evolución del mundo exige. Y saber que ni todas son exactas, ni todas son aborrecibles. El tiempo se encarga de recuperar lo que fue “hit” o hizo furor en el pasado, adaptándolo a lo que ahora parece desearse.

Cómo iba a imaginar mi abuela Lorenza Simal que algunos de los romances que ella me tarareaba siendo niño, girarían hoy sobre un trozo de plástico. Pues giran y hoy se compone menos que nunca. Todo parece remozado, apenas se utiliza un mínimo de la imaginación y suben a los primeros puestos de las listas de éxito canciones que se arrugaron a fuerza de sonar y sonar unos años atrás.

¿Se ha perdido todo? –nos preguntamos, como se preguntan los viejos del lugar—, o es que no hay nada nuevo bajo el sol? No hay nada nuevo, es cierto. Todo lo que surge formaba parte ya de nuestra historia. Debemos sacarlo de las tinieblas donde se encuentra y hacer que suene, ponerlo un nombre, darlo color y sentimiento.

Hubo costumbres, las hay, y más allá de nuestra efímera existencia seguirán reproduciéndose, porque el mundo es como su creador, inteligente, y sabrá reproducirlas cuando llegue el momento. Alfonso X, de Castilla y León, define las costumbres como “Derecho o fuero que non es escripto, el cual han usado los omes luengo tiempo, ayudándose de él en las cosas o en las razones sobre que lo usaron. E son tres maneras de costumbres. La primera es aquella que es sobre alguna cosa señaladamente, así como en lugar o en persona cierta, la segunda en persona como en lugares, la tercera sobre otros fechos señalados que facen los omes de que se hallen bien en que están firmes”. [1]

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[1] Ley 4ª. Título 11. Parte 7ª.
En lo que se refiere a las costumbres, usos o hábitos que se siguen observando en nuestra sociedad, hay dos razones que la hacen poderosa y válida: la constancia y la generalidad. Cuando un acto ha surgido espontáneamente, ha gustado y se ha repetido en una fecha y un lugar concreto (modificándose o no ciertos aspectos del mismo), y cuando ha imperado el interés general de la sociedad en que tuvieron su orígen ( y no la necesidad o conveniencia de alguno o algunos individuos que viven en ella), estamos ante la fuerza de la ley, costumbres que pueden llegar a suplir una ley deficiente, según el marco donde nazcan.

Preguntada la Sagrada Congregación de Ritos, si cualquier costumbre derogaba sus decretos, contestó:
“Que ninguna costumbre en contrario, por interesada que fuese, podía derogar la Ley Prescrita por los Derechos de la Sagrada Congregación, con la advertencia de que una vez quitada la costumbre, no podía nunca volver a introducirse.”?


@Para la sección del autor "Folklore", en "Diario Palentino"
Imagen: José Luis Estalayo


jueves, 20 de agosto de 1987

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Nuestras vidas son los ríos… hermosos versos de nuestro gran poeta que nos sitúan –nunca mejor dicho– en el marco idóneo para arrancarnos. Pues no hay mensajes nuevos. Se pueden aportar frases distintas para expresar idénticos sonidos, las mismas leyendas, ritos, bailes, tradiciones y un largo etcétera de momentos que hablan de nuestra vida. Lo que sí es cierto es que, el folklore, hoy, comprende infinidad de movimientos y expresiones. Yo me atrevo a decir que esta materia trata de la vida en su más amplio concepto.[1]



Por los cuentos se inicia el gran estudio del folklore. El cuento que, más allá de la literatura, lleva un mensaje humano, un acercamiento a la realidad sin ser ella misma, una aproximación a tantos y tantos valores como se nos escapan a diario de las manos.

Yo no sé si los contadores universales han pretendido lanzarnos el mensaje; desde luego, son muchas y diferentes las versiones que se han hecho de leyendas y cuentos con arreglo a esa sociedad que va mudando de costumbres, pero lo que sí parece destacar en todos ellos es el desarrollo de los sentidos, el acercamiento a los fenómenos extraños, la explicación de algunos mitos que aún permanecen vivos en nuestro entorno.

La palabra folklore parece destinada a recoger otras facetas de la vida. Así, tiene contactos con la Economía política, con la historia de las Instituciones, del Derecho, de la Literatura, de la Tecnología, sin confundirse con ellas. Cada autor va incorporando nuevas facetas a medida que surgen nuevas ramas hasta llegar a nuestros días, donde este campo toma contacto con todo aquello que se mueve.

El estudio abarca los más variados aspectos; [2] desde las creencias hasta los almanaques, pasando por la técnica, señales, vestidos, alimentos, danza, poesía, relatos y un largo número de géneros, pueblos y familias.

Siempre desde un plano puramente especulativo he repasado los cambios que se han producido en esta materia, el significado de ciertos ritos, que hoy también tienen su consistencia y arraigo en algunos países y, aunque acudamos a los libros desde un plano personal y orientativo —como pudiera hacerlo cualquier ciudadano de su casa— me ha par­­ecido necesario hacer estas precisiones antes de introducirme en nuestra zona, un pedazo de tierra insignificante —si se quiere— pero donde hay evidentes señales de un floklore inmensamente rico.

¿Ejemplos? Muchos. Hace unos años conocí a un profesor que actualmente reside y ejerce en Barcelona. Le gusta investigar y descubrió en un lugar apartado de La Castillería vestigios de un pueblo Celta.

Los libros escritos sobre la Montaña Palentina no profundizan en estos aspectos, pero sirven, sin duda, de orientación a todos esos estudiosos y expertos que tanto se hacen de rogar. No hablan de la gran cantidad de molinos que existieron en estas comarcas, lo que denota el movimiento que aquí hubo y la importancia que debieron adquirir en algunas épocas de la historia, estos pueblos hoy casi despoblados, de cara a los embarcaderos que nos llevaban hacia Europa.

Lo cierto es que hay una historia candente por descubrir aún, lo que serviría para ampliar las referencias y el interés por nuestra zona de montaña.

He pasado estos últimos años de mi vida entre estos pueblos que me vieron nacer, entre estos misterios, al borde de tantas inquietudes como aquí palpitaron, y es hoy, al escribir estas letras, cuando miro sorprendido hacia atrás, hacia la indiferencia que el maravilloso entorno nos depara y, sobre todo, al interrogante, a la explosión de gozo, a la historia que estos documentos pueden aportar hoy, encarados ya al nuevo siglo. ¿Acaso no tenemos motivos para estar orgullosos? Y ansiosos, porque todos estos capítulos forman parte de una larga travesía por la vertiente de nuestro libro de folklore aún inédito.

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[1] Aunque la palabra naciera con el romanticismo, no pueden negarse los hechos que vienen sucediendo desde el principio de los tiempos. Así tenemos, por ejemplo, Pausanías y su “Descripción de Grecia”; Montagne, y su “Viaje a Italia” y otros como Browne (1646), Thiers(1677), Macpherson (1780), Herder (1791) y los hermanos Grimm (1810), con sus “Cuentos Populares”.

[2] Los libros nos hablan del francés P.Sebillot y sus “Cuentos Populares de la Alta Bretaña”, director que fuer<a del inventario de folklore francés (1904–1907); “El cielo y la tierra, el Mar y las Aguas”, “La Fauna y la Flora”, “El pueblo y la historia”. Se habla también de grandes folkloristas, como Charlette Burne y su “Manual de la Sociedad Británica de Folklore”(1914).



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