Las raíces

Nuestras vidas son los ríos… hermosos versos de nuestro gran poeta que nos sitúan –nunca mejor dicho– en el marco idóneo para arrancarnos. Pues no hay mensajes nuevos. Se pueden aportar frases distintas para expresar idénticos sonidos, las mismas leyendas, ritos, bailes, tradiciones y un largo etcétera de momentos que hablan de nuestra vida. Lo que sí es cierto es que, el folklore, hoy, comprende infinidad de movimientos y expresiones. Yo me atrevo a decir que esta materia trata de la vida en su más amplio concepto.[1]



Por los cuentos se inicia el gran estudio del folklore. El cuento que, más allá de la literatura, lleva un mensaje humano, un acercamiento a la realidad sin ser ella misma, una aproximación a tantos y tantos valores como se nos escapan a diario de las manos.

Yo no sé si los contadores universales han pretendido lanzarnos el mensaje; desde luego, son muchas y diferentes las versiones que se han hecho de leyendas y cuentos con arreglo a esa sociedad que va mudando de costumbres, pero lo que sí parece destacar en todos ellos es el desarrollo de los sentidos, el acercamiento a los fenómenos extraños, la explicación de algunos mitos que aún permanecen vivos en nuestro entorno.

La palabra folklore parece destinada a recoger otras facetas de la vida. Así, tiene contactos con la Economía política, con la historia de las Instituciones, del Derecho, de la Literatura, de la Tecnología, sin confundirse con ellas. Cada autor va incorporando nuevas facetas a medida que surgen nuevas ramas hasta llegar a nuestros días, donde este campo toma contacto con todo aquello que se mueve.

El estudio abarca los más variados aspectos; [2] desde las creencias hasta los almanaques, pasando por la técnica, señales, vestidos, alimentos, danza, poesía, relatos y un largo número de géneros, pueblos y familias.

Siempre desde un plano puramente especulativo he repasado los cambios que se han producido en esta materia, el significado de ciertos ritos, que hoy también tienen su consistencia y arraigo en algunos países y, aunque acudamos a los libros desde un plano personal y orientativo —como pudiera hacerlo cualquier ciudadano de su casa— me ha par­­ecido necesario hacer estas precisiones antes de introducirme en nuestra zona, un pedazo de tierra insignificante —si se quiere— pero donde hay evidentes señales de un floklore inmensamente rico.

¿Ejemplos? Muchos. Hace unos años conocí a un profesor que actualmente reside y ejerce en Barcelona. Le gusta investigar y descubrió en un lugar apartado de La Castillería vestigios de un pueblo Celta.

Los libros escritos sobre la Montaña Palentina no profundizan en estos aspectos, pero sirven, sin duda, de orientación a todos esos estudiosos y expertos que tanto se hacen de rogar. No hablan de la gran cantidad de molinos que existieron en estas comarcas, lo que denota el movimiento que aquí hubo y la importancia que debieron adquirir en algunas épocas de la historia, estos pueblos hoy casi despoblados, de cara a los embarcaderos que nos llevaban hacia Europa.

Lo cierto es que hay una historia candente por descubrir aún, lo que serviría para ampliar las referencias y el interés por nuestra zona de montaña.

He pasado estos últimos años de mi vida entre estos pueblos que me vieron nacer, entre estos misterios, al borde de tantas inquietudes como aquí palpitaron, y es hoy, al escribir estas letras, cuando miro sorprendido hacia atrás, hacia la indiferencia que el maravilloso entorno nos depara y, sobre todo, al interrogante, a la explosión de gozo, a la historia que estos documentos pueden aportar hoy, encarados ya al nuevo siglo. ¿Acaso no tenemos motivos para estar orgullosos? Y ansiosos, porque todos estos capítulos forman parte de una larga travesía por la vertiente de nuestro libro de folklore aún inédito.

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[1] Aunque la palabra naciera con el romanticismo, no pueden negarse los hechos que vienen sucediendo desde el principio de los tiempos. Así tenemos, por ejemplo, Pausanías y su “Descripción de Grecia”; Montagne, y su “Viaje a Italia” y otros como Browne (1646), Thiers(1677), Macpherson (1780), Herder (1791) y los hermanos Grimm (1810), con sus “Cuentos Populares”.

[2] Los libros nos hablan del francés P.Sebillot y sus “Cuentos Populares de la Alta Bretaña”, director que fuer<a del inventario de folklore francés (1904–1907); “El cielo y la tierra, el Mar y las Aguas”, “La Fauna y la Flora”, “El pueblo y la historia”. Se habla también de grandes folkloristas, como Charlette Burne y su “Manual de la Sociedad Británica de Folklore”(1914).



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