¿Existió la leyenda?

Cuenta la leyenda que, por una historia de celos, tomó la villa de San Salvador su actual nombre, y aunque a los publicistas nos enseñen los libros que, las leyendas sólo sirven para explicar un hecho, lo cierto es que la respuesta del cantor me parece adecuada para explicar el por qué San Salvador de Tremaya, es hoy de Cantamuda.

 

Creamos pues en ella, de la misma forma que creemos en los Reyes Magos.

Fue Munio el conde de este valle, lugar que tuvo el privilegio de ser libre antes de que los políticos actuales nos lo anunciaran a bombo y platillo, nombrando a sus señores y rigiéndose por sus fueros, acaso como premonición de lo que ahora se está consolidando en nuestro entorno como mapa regional o autonómico.

Con Munio Gómez nos alcanzó la sangre de la llanura, la de la Vega de Saldaña, aplacando así, tal vez, nuestro recio carácter, ahora mismo dormido, congelado, como quien dice -rompiendo aguas ante acontecimientos que llegarán porque el tiempo no se detiene y la esperanza sigue viva-. También nos tocó sangre leonesa, por parte de su esposa doña Elvira, hija de doña Adosinda, asturiana rica. Dice el trovador al mencionar el flechazo que, el Conde, que tenía sesenta años, se enamoró de una niña que apenas contaba veinte.

Matías Barrio y Mier, un político-poeta de los que ahora carecemos, nos contó la historia a su m0do y manera y en algo fue minucioso el de la Castillería, de Verdeña, un pueblo donde se junta el cielo con la Tierra, enseñándonos después de muchas dudas, porque también fue cauto, la ficha de ambos, que me recuerda un poco las novelas de M.Lafuente Estefanía: Religioso y justiero él, dechado perfecto de las mujeres cristianas, ella; Munio: guerrero y defensor a ultranza de su ley; Elvira, de belleza extremada, afable con sus vasallos. Y acaso fuera la bondad para con sus súbditos lo que hiciera brotar las primeras dudas en la mente de su afanado esposo, que entre el ajetreo de la caza y los asuntos de la guerra no hallaba un respiro para el amor.

Pernía, es un manjar que se extiende a los pies de la «Peña Tremaya» que hoy yace adormecida, rompiéndose lenta e inexorablemente el timbre de su voz, o sea, las casas que desde allí se observan, fingiendo una vitalidad que está muy lejos de sentir. Sólo el Pisuerga que baja de Fuente Cobre parece dar prestancia y juego a estos pequeños pueblos:

San Juan y Santa María de Redondo, Los Llazos y Tremaya, La Venta, San Salvador y el Campo, Areños, Lebanza, La Abadía....

Por cualquier ventana del Castillo que se asomara doña Elvira, podía llenarse de aquel bello paisaje, seguramente que exclamando: (lo estoy presintiendo como la mejor de las videntes) ¡que bello este rincón del mundo! o «¡Este reino bien merece una guerra, o una defensa a ultranza, o una historia de amor!.

Aunque los sueños se acaban, -dice Matías que la causa pudo ser el hijo que no lIegaba-. pienso yo que, acaso el mal de ojo, o el destino, quién sabe si fue la historia que le contaron los amigotes, y nos metemos ya en una historia similar a esas venezolanas que hoy inundan la televisión. Cualquier cosa pudo servir para poner en movimienlo la trama que da origen a esta bella leyenda.

«Un pariente lejano de los que allí sirvieron, me contó en sueños que Elvira ya presentía algo raro por el modo de comportarse su marido.

Había como un poso de rencor en las conversaciones y estas cada vez eran más breves. ¡Y qué podía hacer ella para romper aquel obstáculo!.

Era cierto. El Conde sólo veía enemigos en su castillo. Todo había empezado en bromas, en una jornada de caza entre Valmián y Hordejón un día de otoño. Un encumbrado personaje de la Castillería, le dijo al Conde que su esposa le engañaba con un vasallo. Para quitarle luego importancia al comentario, añadiría que el desliz era normal dado las largas horas de soledad a las que estaba condenada.

-¿ Y quién es él? -le apremió el Conde, dirigiendo el cañón de su escopeta hacia el osado bufón. Y no encontró respuesta. Los que le acompañaban aquel día lo tomaron a chiste, aunque se evidenciaba que al Señor Conde le habían tocado una parte sensible que sangraba y que después le hicieran ver fantasmas por doquier, urdiendo en secretos abyectos planes para acabar con la traición.

La primera medida fue mandar a las Cruzadas con sus hermanos García Gómez de Saldaña y Sancho, a un joven de Camasobres que parecía ser el recadero de la Condesa. El apuesto galán, que entonces soñaba con Rosario, una hermosa doncella del pueblo de Casavegas, fue pasto sin saberlo de las iras del viejo Conde. aunque nunca se detuvo a pedir explicaciones. Si allí la vida era tranquila y estaba agradecido por el trato que le habían dispensado como criado, defendería con el honor propio de sus años el lema de su señor, muriendo si ello fuera necesario en tan difícil causa. Algún cambio más se llevó a cabo aunque no merecía la pena mencionarlo, pues el principal proyecto tomó cuerpo una cruda y rabiosa noche, apenas comenzó a nevar, estando todos ya recogidos en sus aposentos.

Munio, sin prestarle oídos a su conciencia, bajó a las cuadras, dispuso una mula llena de defectos, dice Matías que coja, ciega y vieja y montó sobre ella a su esposa, dándole por guía y compañero a una vieja sirvienta sorda y muda.

Ya tenemos todos los alicientes.

Falta la Providencia que entonces existía, porque le digo yo a Matías que en este siglo se ha perdido y que vivimos cada día más rodeados de miseria y desolación. Entonces, aquella, salvó a la inocente Elvira. La joven Condesa que vivía -quiero pensar- ajena a tales desvaríos amorosos. Así es como salvado el precipicio, Pisuerga adelante, cantó la muda la injusticia que se había cometido con su señora, razón por la cual Dios las había guiado hasta el pueblo que a partir de entonces se llamó de Cantamuda.

Dicen los sabios autores que, aquella libertad, de la que siglos más tarde, hace sólo unos años, diera cumplida referencia nuestro malogrado poeta Gabriel González en un librito donde se recogían las Ordenanzas, se la dio la Condesa en edad avanzada.

Pero ahora, dejando a un lado la leyenda que he recosido a mi manera con deleite para ofrecérsela a los amantes de nuestras tradiciones, sin rencor hacia los franceses que después quemaron nuestras casas, convendría en estos tiempos que corren, removerla, calentarla, para que como el ilustre paisano nos contara, sin dejar la humildad que siempre ha caracterizado a nuestra montaña, reviviesen las grandes enseñanzas que atesoran.


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