22 mayo 2004

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Decían que era verdad
pero yo no lo sabía
que para encontrar la paz
hay que estar en La Pernía.





Hagamos punto y aparte. Viajemos a los "campos rotundos", al contorno dominado por otro viejo y desaparecido monasterio, el de Santa María de Viarce, fundado en el siglo XIII, cuya ubicación algunos autores señalan en un cerro y cuyo entorno —al decir de Sebastián Miñano— se asemeja a los Alpes de Italia.

No quiero yo traspasar con mi alabanza y encendido boato ninguna frontera. Esto es como es, con sus cerros, con sus prados, con lugares donde se ocultan importantes vestigios de nuestro pasado, siempre a flor de piel un sentimiento especial que parece bañarnos, como si nos incitara a tomar estos territorios, antaño acotados por el Conde, y vivirlos, y cambiar rotundamente este modo de vida que llevamos, mirando de continuo al precipicio.

Asomados al valle de Redondo, una denominación que se me antoja nueva, pues hasta hace poco tiempo nunca habíamos separado tanto estos núcleos del valle de Pernía, la lectura es sorprendente, como la propia leyenda en que se mece y donde se citan con regusto Las Peñas del moro, bañadas por el Rubiarce y el Pisuerga, que tiene aquí su cetro. La sorpresa no la provoca el viajero, sino el exhuberante paisaje, las majadas donde pastaban en verano los rebaños de merinas...

En este ambiente de verdor y armonía nacieron los hijos de esta tierra, algunos investigados por Laureano Pérez Mier, de cuyos interesantes trabajos guarda una buena muestra este viejo y querido diario.

Antes de entrar en materia o, metidos ya en ella, quiero recordar las alabanzas que los viajeros de otras latitudes le dedican a esta tierra, a través de sendas cartas remitidas a José Luis Estalayo, el nieto de Ninfa, oriundo de Tremaya, y que éste refleja en su página web.

"Soy de Valencia –dice Mónica–. De allí donde ya no existe la naturaleza. En pocas semanas visitaré tu pueblo, dormiremos en la vieja escuela que ahora han convertido en un albergue los del Sindicato. Después de ver tú página, cuento las horas que me separan para llegar al paraíso que describes. Espero que no me defraude, mejor, estoy convencida de que no me defraudará..."

Y para desterrar cualquier duda, busco la impresión de otra mujer, Blanca Dumont que, como la anterior, viene por primera vez influenciada por las palabras y las fotografías que José Luis publica en Internet.

"Llegamos por fin a Tremaya. Las palabras se me quedan cortas. No te puedo expresar lo que sentí en ese lugar donde sólo se ve patente la presencia de Dios. En esa naturaleza tan admirable, solamente podía decir: ¡Señor, Dios nuestro, que admirable es tu nombre en todas estas cosas tan hermosas donde tu poder y grandeza se hacen patentes!. Montañas, verdor, silencio interrumpido por los pájaros y ruidos de cencerras de ganado cercanas, respirar aire puro..."

Ya en la introducción de su página web(*), la tierra se hace más y más deseada desde Méjico. El autor, a quien conocí personalmente en agosto de 2001, recoge la leyenda y la toponimia con un despliegue de mapas, pueblos que forman La Pernía, presidentes actuales de las Juntas Vecinales.

De esta forma sabemos que, en Areños, hay cuatro casas abiertas en invierno, su iglesia está dedicada a San Miguel y en los diplomas de Alfonso VIII (siglo XII), figura como "Arenius", palabra que deriva del latín clásico "arena" o, también, árido, pedregoso, que quiere decir terreno arenoso. Sin embargo, comprobado que allí no existe arena en cantidad significativa, nos inclinamos por un posible origen ibérico: en euskera ar–enea es "finca del valle", lo que coincidiría con otros nombres ibéricos cercanos: Verdeña, Vañes, Vergaño. En último caso en la citada información se apunta la posibilidad de que pudiera hacer referencia a un repoblador llamado "Arenius".

Es curioso la importancia que le damos al conocimiento de la tierra donde nacieron nuestros antepasados, como es el caso de Lorenzo Luengo que nace en Argentina, pero se interesa por su abuelo Mariano Luengo Gonzales, que nació en Areños en la última década del siglo XIX y se trasladó a Argentina en 1907. "Yo busco huellas de mis antepasados españoles a quienes no conozco. Cualquier dato, cualquier referencia, alguna historia, todo me interesa".

¡Estar en La Pernía es vivir! –dice José Luis en un arrebato de pasión que le devora, que yo creo que muy pocos entienden y que, una gran mayoría de los que viven aquí, no lo comparten, en base a ese distanciamiento generacional que se ha ido abriendo con el tiempo. Ahora se impone la rapidez. Queremos ver la foto al instante, no importa la calidad ni el mensaje que encierren.

"Aquí se conserva la naturaleza aun inocente. Tremaya te seducirá, tiene un halo mágico que lo impregna todo y te llevará de lo inquietante a lo maravilloso. Sus contornos son una eterna sinfonía inacabada donde se funden las colinas con el cielo, lo real con lo imaginario, y lo inesperado con lo sutil.”

Esa es la palabra, la visión, el sentimiento que domina la página web de José Luis.

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(*) A fecha de hoy, José Luis ha cedido la página web, a la Asociación Amigos del Valle de los Redondos


15 mayo 2004

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Con el título "Semblanzas y Poesía: México y Palencia a través de la familia Mier y Pesado", el miembro de la Tello Téllez Manuel Revuelta González abrió el curso académico 2000/2001. Isabel Pesado estaba casada con Antonio de Mier, y ya en 1957, el canónigo Laureano Pérez Mier, tío carnal de José María Pérez, "Peridis", publica en el "Diario Palentino" el expediente de filiación e hidalguía, donde se descubre la semblanza de Gregorio de Mier y Terán, nacido en San Juan de Redondo, que emigró a Méjico.


Una de sus nietas, Luisa de Mier, se casa con el Príncipe Magencio de Polignac, de Mónaco (luego tomarán el apellido Grimaldi) y su nieto, Ignacio, con la hija del Presidente Mejicano Porfirio Diaz.

Quienes se han adentrado en la vida de estos ilustres paisanos y, más concretamente, en el caso de Laureano, se documenta en los libros parroquiales de San Juan y Santa María de Redondo, en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid; en el protocolo notarial de Cervera de Pisuerga, que pasará posteriormente a conservarse en el Archivo Histórico Provincial de Palencia y, finalmente, en el interesante libro "Apuntes de viaje: De México a Europa", que en su opinión merece ser inscrito entre los raros bibliográficos".

Los padres del financiero fallecieron en San Juan de Redondo en 1809, cuando Gregorio contaba 12 años y su hermano José, el primogénito, de 25, figura como regidor en el padrón del mismo año y en 1820 aparece como Alcalde constitucional de Redondo en la escritura de "recorrido de la mojonera", tradición que se verifica cada nueve años entre Redondo y Brañosera.

1904 fue un año venturoso para los pueblos de Redondo y Piedrasluengas, gracias a la generosidad de Antonio de Mier y Terán (tal vez más, incluso, a la generosidad de su esposa), hijo y sucesor de don Gregorio, casado con Isabel Pesado, la autora de ese interesantísimo viaje en la que ahora voy a fijar mis comentarios. Lo cierto es que Antonio repartió entonces medio millón de pesetas (4000 pesetas por casa) –que alcanzó por igual y sin excepción– a todos los cabezas de familia de los pueblos expresados y que sirvió, en aquella época en que casi todo se contaba por reales, para paliar la escasez de muchos hogares.

Isabel Pesado era prima política de Matías Barrio y Mier. Metido en un pequeño ensayo sobre la trayectoria política de mi ilustre paisano, don Matías, y recabando datos en el arzobispado de Toledo, donde el político anduvo al cuidado de su tío Celestino de Mier, dean de la catedral, con resultados infructuosos, vine a toparme con datos importantes de su vida privada en las reflexiones de su prima política Isabel Pesado, que relata su viaje desde Camesa, donde acude Matías a recibirlos, hasta Redondo. El viaje lo realizan en carreta con toldo y colchón, tirada por los los bueyes gemelos Cástor y Pólux. Se apeó Isabel cerca de Tremaya, donde contemplaría el mundo maravilloso que el franciscano José Luis Estalayo describe en Internet y al que hacía referencia en mi anterior artículo.

En el ensayo del académico Manuel Revuelta, aparece la figura de Isabel, de paso y reflexión por el pueblo de los antepasados de su esposo, tomando un baño de mañana en el Pisuerga y cenando truchas pescadas en el mismo río (quién las pillara hoy), conversando o jugando a las cartas con los vecinos, visitando los pueblos cercanos y, al fin, después de dos meses de estancia, despidiéndose de aquella tierra el día 27 de agosto.

La historia está llena de curiosos caprichos, como el que le toca en suerte a estos viajeros generosos. Cuando el 29 de agosto de 1870, después de haberse detenido dos días en Verdeña, llegan a Aguilar de Campoo y presencian la expulsión de las Clarisas, en aplicación del decreto anticlerical que se había dado durante la revolución de 1868.

La mujer ve con pena –y así lo cuenta en su diario– la situación de la montaña palentina. Este canto, como ven mis queridos lectores y, sobre todo, algunos que remiten sus comentarios a la redacción de este diario, es un canto que se repite generación tras generación, lo que parece condenarnos a una reclamación eterna, a un lamento que no obtendrá justa respuesta.

Aunque algo ha cambiado desde que la Pesado describe el campo de esta comarca, con multitud de valles y colinas, con sus rústicos pueblos recostados a las faldas de los montes.

Algo ha cambiado desde que Isabel fue de excursión a caballo al pueblo de Los Llazos o a Castro Pintado, donde describe la explanada tapizada de fresco césped, o el cerro formado de piedras de jaspe de diversos colores como "obra del artífice divino".¿Desde cuándo hablamos de la emigración?, porque al decir de quienes recogieron las impresiones de los mejicanos con sangre nuestra, encuentran en el Condado de Pernía una sociedad muy tradicional, con una población diezmada por la emigración de los más capaces.¿Quién no se ha visto sorprendido por el trababajo de las mujeres?.

A Isabel le admiraba: "para un hombre que trabaja, se ven seis mujeres, sin que por esto abandonen los quehaceres domésticos, ni sus deberes de madres y esposas".

Algo ha cambiado en los inviernos, cuando la nieve se colaba por las cerraduras.Pero, con qué agrado se sumerge uno en sus pensamientos, cuando las mujeres gastaban falda corta oscura, que los domingos era verde o roja, corpiño, delantal y pañuelo y, cuando los hombres lucían sombrero de felpa.

Qué nobles sentimientos nos provoca el recuerdo de aquellos que, a pesar de vivir con tantas privaciones, nos legaron virgen esta tierra, limpios los ríos, intactas las tradiciones. Es por eso que quiero sumarme a la llamada del académico Manuel Revuelta que, entiende como un deber de gratitud recuperar la memoria histórica de estos ilustres viajeros, que conservaron desde la lejanía el amor a la tierra de sus antepasados.-


Para saber más: "Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería", de Froilán de Lózar. Editorial Aruz, segunda edición, Julio de 2009

09 mayo 2004

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Metido en este rosario de recuerdos, viajamos estos días por el valle de los Redondos. Sé lo difícil que es volver hacia atrás en el tiempo y colocar en su justo término cada una de las escenas vividas: las gentes, las costumbres, los modos y maneras. Son mensajes esculpidos en las piedras, son vidas apuradas al máximo, historias descarnadas, calamidades que no faltan, olvidos que te obligan a aguzar el ingenio, a sacar a flote tus recetas para matar el tiempo.


Cuentan que, el escritor gallego Ramón María del Valle Inclán, el autor de “Tirano Banderas” y “Luces de Bohemia”, acudía a una tertulia frecuentada por médicos. Uno de ellos, que había pasado ya la barrera de los sesenta, se quejaba de lo baldío de la vida, de la falta de interés por las cosas que sienten los viejos. Para el acomplejado doctor no había manera de encontrar interés en algo para matar el tiempo”. “¡Matar el tiempo, matar el tiempo! —le espetó el escritor gallego, cansado de oir tanto lamento— ¿Y de eso se queja usted, que es médico? ¡Pues recétele algo, hombre, recétele algo!.”

En los próximos artículos recojo la voz y la nostalgia de las gentes de este valle que emigraron, como la de José Luis Estalayo que utiliza las nuevas tecnologías para recrearse y recrearnos. Este franciscano es incansable: indaga, aprovecha los viajes a su tierra, a la tierra de sus antepasados para llevarse un importante documento.

Tal es la obsesión que le domina, que elabora un aluvión de preguntas para remitírselas a Luis Guzmán Rubio, maestro de Tremaya en 1945, que aprende más que enseña en aquellos lugares. Luis, influenciado por la tarea de su padre, recoge escenas frescas, costumbres hoy perdidas, documentos gráficos donde se contempla en un rústico estilo el nacimiento de la danza en la montaña palentina.

Como intervengo de correo, abuso de la amistad que Luis y Cristina me dispensan cada vez que bajo a Palencia. No quiero perderme nada. Además de una extensa carta donde responde con creces a las expectativas de su paisano, que implora desde México una señal perniana, Luis le remite copias digitales de dos fotografías. En una de ellas, tomada al anochecer, aparecen los mozos y mozas de Tremaya y, en la otra, el grupo de Danzas de Areños, que causó revelación en aquellos tiempos. Para la vestimenta utilizan manteos, escarpines, albarcas y pañoleta. Bailan al ritmo del tambor y la pandereta con la melodía del canto de mozos y mozas, a ritmos de 3/4 , 6/8 ternarios y también binarios.

Al bombardeo de preguntas, como niño que busca, Luis se entrega y devora capítulos, como quien los revive: las rogativas, los zamarrones, el ollón, las meriendas sufragadas con el dinero obtenido de las peticiones en las bodas, la enramada y los juegos de “el pite”, “la zapatilla” y “la vigarda”.

“Todo me parece poco –escribe Luis– para mandar a quien desde muy lejos añora la bendita tierra”.

Cuando yo contaba veinte años, viajaba por todos estos pueblos y, en Tremaya, visitaba a Ninfa, la abuela de José Luis y a Lorenza, que hacía bailar la pandereta, pero deseo que entiendan que lo que yo cuento aquí es una mínima parte de la historia que corre por las venas del hijo de tan ilustre maestro: cada una de las personas que emigró en aquellos años, cuando todavía la montaña estaba llena de gente. Recuerda a Eduardo de la Hera, doctor en teología, colaborador de esta casa; Angeles Francisco Buedo, hermana del Sagrado Corazón de Jesús; Blanca, hermana de la anterior, que falleció de misionera en Chile; su hermana Gloria, que anduvo por los mismos caminos hasta recalar en Barcelona. Julián Párbole, dos de sus propios hijos y tantos otros que hicieron posible su impregnación total de aquella tierra.

Nuestra pasión no es absorbente, más bien es envolvente. Se trata de transmitir emociones y recuerdos de historias que marcaron un momento de nuestras vidas, de la vida de los nuestros. Y queremos transmitírselas al mundo, que no se pierda su mensaje, que no se diluya entre la niebla esa especie de magia que envuelve estos lugares.

Es comprensible también que estas gentes tengan miedo a una masificación del turismo que rompa y rasgue ese halo fugaz al que todavía se agarran con fuerza, pero la tierra queda siempre y es importante que quienes sientan algo de algo por ella, la valoren y muestren su riqueza, que es otra manera de compensar las pérdidas.

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