28 diciembre 1994

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Evidentemente, las cosas van a pedir de boca. Desde que los responsables de este periódico me acogieron, han sido centenares de artículos los que han surcado el fax buscando el cuerpo del delito. Pero, ahora mismo, ya no hay páginas bastantes para tantos artículos como les envío, muchos quedan anticuados por la urgencia de dar entrada a otras noticias más calientes y yo me encuentro rodeado contestando las cartas y felicitaciones que a diario recibo.




Me escriben personalidades importantes, influyentes, y ya la dirección de este diario ha estudiado en varias ocasiones la posibilidad de nombrarme director para que deje de una vez por todas de lamentarme tanto.

Los buenos lectores saben que no me jacto de nada.

Hablo con el Rey una vez al año, almuerzo varios dias con el presidente del Gobierno, meriendo en las laderas de Boecillo con Lucas los viernes por la tarde y no me doy un 'pijo' de importancia. Ellos quieren agasajarme para que no les meta en el ajo, me ofrecen premios suculentos que yo rechazo y otros, como Mañueco, me piden un cambio de tercio, que ya es hora de abrir una ventana a la esperanza.

Aunque no todo fueron flores, no todos entendieron el mensaje. No todos compartieron mi historia provinciana durante este año tan negrero que se nos marcha. Yo cuando hablo con la gente de alcumia ni siquiera les menciono de dónde soy, porque no saben pronunciarlo como a mi me gusta que se pronuncie. Por lo general, hablamos de cosas que pasan en el mundo y le ponemos solución a los problemas más terribles. A parte de todo esto y de que yo no tengo abuelas, yo interiormente sigo buscando huecos para aliviar este vacío que siento, esta desgana que me invade, este inconcluso sentimiento para el que no encuentro definición adecuada.

Hasta aquí un pequeño ensayo. Escribimos como hablamos porque, lo mismo que vivimos tenemos que seguir buscando, aunque sepamos perfectamente que no va a pasar nada, que nada va a cambiar, que la historia de verdad es la que escriben esos cuatro personajes de corbarta y bastón con los que me alimento.

Cuando llega el comienzo del año nuevo nos hacemos las reflexiones de costumbre y a mi, hoy, me asusta la soledad en la que se están quedando tantísimos pueblos castellanos. Más que el problema de la lengua en Cataluña, más que la idea de independencia de los vascos.

Donde no hay gente se adormece la historia y se pierden las quejas y nunca se convertirán en realidad los sueños. Donde hay poca gente los gobernantes se olvidan de todo lo que escribieron y firmaron. Utilizan el entorno, lo alaban, aconsejan un paseo por él, pero nada de lo que hace inspira confianza. Me lo confirma el arreglo tan apresurado de la carretera Burgos-Potes, la capa tan fina con la que pretenden aliviamos o silenciamos.

No, señor director, no quiero la cartera que me parece que usted está desempeñando bien. Tal y como está la situación me conformo con que me guarden este rincón los fines de semana para seguir quejándome, que seguramente es ya una manía vieja que sabrán comprender y perdonar mis amables lectores.


17 diciembre 1994

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No siempre se cumplen todas las previsiones, pero si ahora mismo les cuento a gentes de otras latitudes que he veraneado en lo que se pretende sea mañana Parque Natural, el segundo más grande de Europa, y añado que dicho fenómeno está enclavado al norte de Palencia, seguro que tenemos polémica.


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Pero esa es la verdad. Este año, como los anteriores, guiado por la curiosidad de conocer terrenos nuevos, he llegado a las postrimerías del lago Fuentes Carrionas. La idea era bajar a La Vega de Liébana, saliendo por el puehlo de Barrio a la carretera que une Potes con el puerto de San Glorio. Y así lo hicimos, aunque con la mala suerte de encontramos arriba con una espesa niebla.

O soy medio tonto, que me embeleso con las cumbres y me hace daño a la vista ver tendido sobre el césped a un humilde pastor o esto es lo máximo. Lo máximo en cuanto a diversidad de paisaje, en cuanto a paz, en cuanto a clima. Este año la afluencia de gentes ha sido mayor: muchas matrículas de Barcelona, muchas de Andalucía que recalarán en el futuro por estos pagos para buscar lo que para los habitantes de esta zona no reviste significados especiales. Pero los tiene y bueno sería que comenzasen a valorarlos.

La tentación de frenar se la hace el forastero varias veces: en el alto del Ballegón, de camino hacia el puerto, en las Peñas de la Hoz y si aún no se atreviera a soltar una exclamación de sorpresa, puede apearse y explorar la zona tomando a pie una senda, cualquier camino viejo, que siempre hallará el viajero aquí impresiones nuevas que le cautiven y le devuelvan a la realidad que ante sus ojos se ha ido descubriendo.

Es posible que cuanto vengo reflejando en este cuaderno se repita otro día, se haya escrito en mil folletos, lo presientan también muchos de los nuestros que aún deseconocen estas zonas, pero después de tanto machacar montaña palentina debo advertirles que, si el paraíso es así, o la creencia en algo nos augura el descanso en un valle a elegir, quiero que me apunten a éste. Aquí no se gastarán dinero en flores, ni habrá problemas con las lápidas, ni se suscitarán comentarios morbosos, porque todo lo que alcanzar puede la vista es hermoso. Hermosura en su expresión más alta.

Quienes me conocen de verdad, ya saben que en cualquier momento me da la locura y vuelvo a mi rincón, a mi hogar, a mi casa de verdad. ¿Para qué coño maquinar tanto futuro, teniendo aquí el paisaje que tenemos.

10 diciembre 1994

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No quisiera que se desanimara nadie. Para eso abro el cuaderno y hago un seguimiento de la montaña conversando con personajes muy vinculados a ella. Periódicamente, los responsables de éste y otros medios consideran propicio hacerme un hueco sabiendo que en medio de todo ese negativismo que parece imponerse, trato de llevar la esperanza a los míos.



Pero he perdido el optimismo. Llevo escribiendo muchos años lo mismo y quienes me conocen un poco saben que muchas veces me he visto acorralado por la duda y ahora mismo -se lo digo de verdad-, estoy llevando al periódico las últimas historias, los últimos lamentos. Ni siquiera el último Consorcio que se ha presentado hace unos días y donde se agrupan 15 ayuntamientos de la zona norte me anima a esbozar un cambio de criterios. 

Durante estos últimos años han sido varias las Asociaciones que nacieron con el mismo entusiasmo y quebraron, o cansaron, o murieron sin que nadie se explique muy bien las causas de ello.

Agruparse o ganarle terreno a la distancia.

Agruparse es comprometerse a hablar en común, todos, para subsanar aquellos problemas contra los que individualmente no se puede luchar.

Con estas ideas y otras parecidas se agrupa la gente, pero el sueño suele durar una o dos temporadas. No hay dinero para mantener la iniciativa y los promtores se cansan porque, por norma general, siempre recae sobre ellos toda la carga. Estas y otras matizaciones podrían corroborarlas aquellos que llevaron cierta responsabilidad en Asociaciones como "Cervera más allá", "Asociación de la Montaña Palentina", "Pernía"... etc . 

Cuando se inicia una andadura en común con otras personas que, aún sintiendo lo mismo en muchos aspectos se sienten sujetos a las directrices de un determinado jefe, todo queda supeditado entonces a los primeros que, cosa normal, terminan agobiados, sin comprender muchas veces qué camino es el más idóneo para salir del bosque. 

Eso he podido comprobarlo varias veces a lo largo del año, y aunque sea bueno, aunque merezca la confianza de todos este nuevo proyecto, no debemos hacemos ilusiones mientras falte lo esencial: una amplia apertura de criterios entre los miembros y el empuje económico de la Junta de Castilla y León. Luego, naturalmente, que quienes lo administren no den preferencia a asuntos que -como el mismo Parque Natural- han de encontrar vías de solución y estudio por otros caminos. 

Miremos la sanidad de nuestros pueblos, las vías de comunicación, las máquinas quitanieves, el mantenimiento de las escuelas... sepamos que quienes permanecen en los pueblos contribuyen a mantener y aumentar ese turismo que se pretende consolidar en los próximos años. 

Debo señalar para esperanza de todos que, más o menos, con esas directrices ha comenzado a trabajar ese Consorcio: la ayuda económica de la Junta y mejorar el nivel de vida de todos los pueblos que forman la montaña. 

Con esa garantía y en ese camino tienen mi voto de confianza y mi desinteresada colaboración para potenciar a través de la prensa u otros medios nuestra Montaña Palentina. 

03 diciembre 1994

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Trillayo es un pueblecito de Cantabria, cerca de Potes, que en algún momento de la historia -según cuentan los archiveros- formó parte del condado de Pernía, lo mismo que Lobeña, Bárago y Cotillos, entre otros muchos que se citan. Allí nació un buen amigo, compañero de estudios en Laguna de Duero y allí asistí por primera vez al proceso del orujo casero, muy cerca de la fábrica que aún con la sencilla alquitara de cobre tradicional lo hace y comercializa en Tama.




A estos pueblos bajaba con mi padre en el otoño a por aquellas manzanas que los especialistas cuentan entre las más perfumadas del mundo, aludiendo al excepcional y famoso microclima de la Liébana.

Muchos expertos y otros aficionados serios han hablado del proceso en sí y sería cuestión de remitirse a ellos para que nos explicasen con detenimiento todos los pasos, pero más allá de la Denominación de Origen, para un producto que siempre se hizo en la clandestinidad por razones legales y fiscales vengo a mencionarlo aquí por el especial arraigo que siempre alcanzó en las zonas de nuestra montaña donde no faltaba nunca por San Martín un plato de galletas y un buen vaso de orujo. Todavía hay gente que lo primero que hace por la mañana cuando se levanta es tomarse una copa de orujo.

Aquí nadie se ha planteado la forma más correcta de tomarlo: Un periodista hacía alusión recientemente a la escuela purista de Francia, donde se considera pecado el servirlo frío. Algunos restaurantes utilizan copas alargadas que se introducen en pequeños recipientes donde, a su vez, se acumula el hielo en pequeñas partículas. Otros establecimientos enfrían la copa a petición de los clientes, o la botella y la moda del "chupito" se ha extendido a los aromas nuevos, penetrantes, sabrosos, de pera, manzana, cereza y frutas en general; de café, de té, de flores... etc. Dicen los que están metidos en la cata que el oficio de aguardenterio ha ido desapareciendo paulatinamente y que aquella elaboración casi a escondidas de un producto tan característico ha ido dejando paso a la modernidad, de la que se derivan estos nuevos licores que atrás hemos citado.

A pesar de todo, teniendo en cuenta que la gastronomía no es el asunto peor tratado -pues tenemos fama de dar buenas comidas-, cito al orujo como instrumento mágico al que con frecuencia recurrimos para liberarnos de la distancia.

La copa de orujo era lo que habitualmente encontrábamos los pequeños al levantarnos, sobre la mesa y no para nosotros, naturalmente, sino para el padre, para los invitados, para iniciar con buena marcha la matanza del cerdo.

La copa de orujo es, treinta años más tarde, la que nos lleva por caminos que ayer recorrimos, rememorando acontecimientos que pasaron, viendo cómo ha pasado el tiempo sobre los rostros que en realidad nos acunaron, pero no vayamos más allá porque nos salimos dei asunto.

Lo que quería decir, creo que ya lo he dicho.

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