28 noviembre 1997

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Otra vez la memoria. Otra vez la sintonía del último estertor de Miguel Angel Blanco. Llevamos camino de resumir todas las muertes en una, de publicar la memoria absoluta de un hombre, es verdad, inocente, indefenso, mártir, víctima como tantos otros de la casualidad, de la fatalidad, acaso del destino ...

Otra vez la recompensa del recuerdo. Siempre a titulo póstumo, y con ello, de alguna manera, la injusticia que se le hace al resto.

Todos los muertos son iguales.


Todos los muertos nos merecen idéntico respeto, la misma publicación que insista en el vil acto y en el inútil ejercicio de quebrar una vida...
Todos los muertos son iguales, hasta los muertos de nuestros enemigos, de quienes nos consideran enemigos y objetivo, porque fueron empujados a matar por el miedo, por la disciplina, por la amenaza de un poder oculto. 

Y porque todos son iguales, no podemos limitar el homenaje a un libro, a un hombre, a un partido político.Es cierto que el pueblo estalló en aquel mes de cuatro días por las especiales circunstancias de un secuestro que a todo el mundo puso a prueba de bomba. 

Y murió un inocente, el que menos lo esperaba pero, sin restarle ningún valor ni mérito (que ya lo tiene sobradamente ejercer la política en cualquier rincón del País Vasco) no es de un grado superior al policía que sube al coche, da la vuelta a la llave del contacto y salta herido por los aires; pero no es menos muerto que el policia que llega a casa del trabajo y a la entrada del portal recibe un tiro por la espalda; pero no es menos muerto que las seis personas que a las tres menos cuarto de la tarde, el 11 de diciembre de 1985, murieron al estallar cincuenta kilos de amonal, a la altura del número 18 de la calle Peña Prieta, del barrio madrileño de Vallecas; pero no es menos muerto que las veintiún personas que murieron en Barcelona, mientras realizaban sus compras en el supermercado de Hipercor en 1987, ni menos que Gregorio Ordóñez, ni menos que Francisco Tomás y Valiente, ni menos que tantos y tantos otros que murieron por esa misma e incomprendida causa. 

"Cuatro días de Julio" es un libro incompleto, donde la memoria no hace justicia a la razón. He de confesar que aquel sábado de Julio también me sentí impotente ante las preguntas de mis hijas, en la última planta de unos grandes almacenes. "Aita. ¿por qué quieren matarle?" "Aita, no le van a matar, ¿verdad?".Demasiadas evidencias anteriores nos llevaban a creer que aquella pena de muerte no la detendría nadie y que si es horroroso morir a manos de otros hombres por la guerra, o por la lucha para obtener la Independencia, o por la exclamación de cualquier clase, horroroso elevado a la máxima potencia es que te lo anuncien a bombo y platillo sólo unas horas antes, poniendo romo fiador a un pueblo entero. Pero aún intuyendo todo esto y condenandolo, no hay motivo para separarlo del resto de las personas que desde que comenzó este incesante río de sangre han muerto por lo mismo. Por eso pienso que hemos de hacer un libro, un festival, un homenaje por los muertos, por todos, y una inscripción que indague: "¿Cuántas vidas más son necesarias para pagar un trocito de tierra?".

Imagen: dpualba
De la sección "La Colmena", publicada en "Diario Palentino"


18 noviembre 1997

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NADIE sabe con certeza lo qúe pasó en el caso de Louise Woodward, la muchacha de 19 años acusada de matar al bebé que cuidaba. Ni quienes la juzgaron, ni quienes la defendieron, ni los medios de comunicación que contaron el veredicto: culpable de asesinato en segundo grado. Sólo lo sabía ella y ella dijo que era inocente. En España la justicia no anda bien que digamos, pero los ejemplos que nos llegan de fuera tampoco tienen nada que envidiar. Ahí está el caso del joven español acusado de asesinato por su antigua mujer, el famoso caso del no menos famoso

O. J. Simpson, y - el de esta joven inglesa a quien la experiencia americana le habría supuesto la cárcel de por vida. Tampoco parece cierta la afirmación de una corresponsal británica, concretamente del diario "The Guardian", que al ser preguntada por qué razón los padres no habían reaccionado al saber el destino de su hija, declaró: "Los británicos no solemos inmutarnos ni por lo bueno, ni por l0 malo". Y no parece cierta, porque en Elton, el pueblo de Louise, sus vecinos y amigos lloraron al conocer el veredicto y hasta un diputado que representaba a la localidad en el Parlamento, calificó de obsceno el comportamiento de la acusación. 

A las pocas horas de conocerse la decisión del tribunal, la prensa se colocaba al lado de Louise y así, el New Post y el Express, este último de Londres, informaban que la madre del pequeño había forzado a su otro hijo a que dijera que la niñera era culpable y que estaba recogido en un vídeo. Además de eso, se registraron ocho mil llamadas telefónicas, centenares de personas se manifestaron a la puerta del tribunal, se creó una página en internet y hay un lazo representativo de color amarillo que se hacía eco continuado de lo que muchos han considerado un Juicio injusto. Y la joven ha sido excarcelada. El viernes, el juez Hiller aparecía en una foto distribuída por "Associated Press", con semblante sombrío, meditando, los codos sobre la mesa, las manos cruzadas en lo alto y apoyando su cara sobre ellas. Se dice que hasta el jurado ha dado marcha atrás ante la presión que se le viene encima. ¿Quién juzgará a los que nos juzgan? Parece evidente que un juez es un señor muy respetable, con una responsabilidad muy grande y debemos entender que en ocasiones puede equivocarse, por las declaraciones confusas de los testigos, por las voces contrarias, por esos mil puentes que se tienden paralelos. Lo terrible es que al fondo de la noticia, un niño es la razón de este alboroto. Los niños son el punto de mira en una sociedad cada día más ególatra y distante.

Primero, las tremendas ¡mágenes de las niñas en China, muy cerca y otra vez en candelero estos días lo del Arny en Sevilla y a finales de octubre las torturas que se grabaron en hospitales ingleses de 33 padres a sus hijos. Son miles ya, millones en el mundo las voces de los niños maltratados por sus padres, vendidos por ellos, violados, cedidos a pederastas sin escrúpulos.

Hace algún tiempo leí en un periódico los castigos tan horrendos a los que fue sometido un niño de corta edad por su padre, aborrecido por él desde su nacimiento, hasta que le causó la muerte. Y muchas veces me he puesto mentalmente en el lugar de aquel pequeño. ¿Se Imaginan ustedes el Infierno? Pero un infierno con fuego auténtico, sin salida posible, sin posibilidad de rebelarse. ¿Qué puede hacer un niño de cinco años?

Los niños, en el punto de mira.
Imagen: Emagister


07 noviembre 1997

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Hay quien asegura que cada uno tiene lo que se merece. Sabemos que a cada persona le toca representar un papel en la vida, a veces, muchas, bien lejos del que hubiera soñado. Unos, que todo lo hacen medianamente, triunfan en todo: les aclama la gente como cantantes, como escritores, como personas de confianza. En cambio, otros, que desempeñan a la perfección un oficio, viven a golpes, sin permitirse una jornada de descanso para dar de comer a los suyos. Unos, véase algunos presentadores de TV, algunos locutores de radio o jugadores de fútbol, cobran millones por unos minutos de programa o de partido; otros léase la mayoría trabajadora, incluso los mismos compañeros de aquéllos que tienen una cláusula de rescisión de 15.000 millones, llegan a la jubilación haciéndose la dichosa pregunta: ¿cada uno tiene lo que se merece? Yo creo, sinceramente, que no nos merecemos la historia que vivimos. Y no se está pidiendo un imposible. Ya sabemos que hay clases, rangos, reyes, pero las diferencias son tan abismales y tan desorbitados unos sueldos y pensiones y tan miserables otros, que asi jamás le daremos a nadie lo que le corresponde por derecho. Es el consabido cuento de la igualdad que nunca llega por más argumentos esclarecedores que tengamos.


05 noviembre 1997

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Ya me ha dado usted un buen sermón, señor Ferreras. Eso sin conocerme. Y usted que pertenece a la Iglesia me ha llamado ignorante y mentiroso, después de veinte años predicando a la provincia y de la provincia, por amor; sólo y exclusivamente por amor. Eso ha despertado a los cobardes enemigos que me leen y que, de tarde en tarde, sin dar su nombre, me llaman y dejan mensajes de euforia a los más allegados: "Lee, lee, verás cómo te ponen hoy".

Pero usted no se ha quedado corto ni manco y ha metido en el saco, guiado por una obsesión enfermiza, a mis amigos, a todos los que me leen, a quienes le han publicado a usted el artículo en primera página, sin censurarle ni siquiera un insulto, porque no he llegado a las primeras páginas del periódico por mentiroso ni agorero. Está bien, a mí me agrada que le publiquen todo, porque para eso he defendido en otras circunstancias la libertad de expresión. Y una de las consecuencias con las que ya cuento de antemano es la discrepancia en muchos asuntos. Pero no a la torera, como usted ha hecho. Me parece bien que usted defienda a capa y espada a la Iglesia y al obispo que en nombre de la Iglesia ha clausurado el convento. ¿O ha sido todo una mentira? ¿No es verdad que si se descuida su Excelencia le linchan los vecinos? ¿No es cierto que tenían ahorrados noventa millones en el banco? ¿No es verdad que -conforme declaró su representante- querían quitarles hasta el hábito? Pues si no se trata de un capricho, señor García Ferreras, dígame usted de qué se trata. ¿Le gustaría que a usted le quitaran el hábito o la condición de sacerdote por viejo, o porque se ha equivocado en algo? ¿Aceptaría que le dijeran que debe abandonar la Casa Parroquial porque ha dado un mensaje que no ha encontrado satisfacción en sus más inmediatos superiores? Pero sucede muy a menudo, usted debe saberlo, que lo del hambre en el mundo, lo de la pobreza, lo del terrorismo, lo pagan y lo padecen otros y nosotros sólo podemos rezar un padrenuestro. Y es posible que estemos dando la vuelta a un sermón equívocado, porque en nada se parece el pensamiento al sentimiento. Muchos lo pensamos, pero no lo padecemos en carne y hueso.

Hoy mismo, otro sacerdote que me sigue, y al que usted ha llamado asimismo ignorante, me ha dado el visto bueno del referido artículo, porque seguramente sabrá por los periódicos que la historia, tal y como la cuento, se ha dado en aquel pueblo de Guadalajara. Otra cosa es la opinión personal que yo tenga y que usted no va a cambiar con ese sermón donde aflora el desprecio.

Yo le ruego que, si puede, si no lo ha tirado a la papelera, como dice que debió hacer, dejando a un lado el menosprecio que le mueve hacia mi persona, sin conocerme, que eso sí que es desacreditarse a todos los efectos, métase un momento en la piel de esas monjas que se quedaron sin el hogar donde crecieron.

Y mire usted que le estoy tratando con demasiada delicadeza, con todo el cuidado y mimo con el que afronto todas las historias que aquí cuento, porque los años y la experiencia en esta y otras casas me han ido enseñando a manejar las historias con mucho tacto.

¿Qué le voy a decir? A mi me siguen repicando los versos del poeta, que usted, con mucho aplomo, ha soslayado, para evitar acaso dejar por sentado lo de la ignorancia, que es un insulto grave y gratuito, dado todo el material de información que llega cada mañana hasta mi mesa de trabajo.

"No quiero que me ofrezcas paraísos de luz en lejanía y vayas devorando, implacable, mi vida".

© Froilán de Lózar para Diario Palentino
Contestando al artículo del sacerdote Germán García Ferreras


04 noviembre 1997

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¿Está escrito el destino? 

Esa es la gran pregunta. Probablemente, sí. Nacemos predestinados a... y no hay regla que valga. Que por una casualidad pueda evitarse una catástrofe, no impide que el ser humano, haga lo que haga, sea de la condición que fuere, tenga ya asignado su sino. A veces, ese final más o menos trágico, lo vamos presintiendo rodeados como estamos de depresiones y de amagos de infarto. Un día,de improviso, junto a la trayectoria rutinaria de nuestra ajetreada vida pasa una ráfaga de viento y nos arrastra, dejando acá entre los allegados la sorpresa y la típica frase: ¡qué bueno era¡ Mira, lector, la rueda del destino es imparable y no valen seguros de ningún tipo. Hoy estamos aquí, rodeados de planes de futuro y de jubilación cuando está escrito ya nuestro final. Que tenga o no sentido la vida es discutible, pero no hay plazos para la muerte. Lo verdaderamente penoso es que seamos felices haciéndonos rabiar, sabiendo como sabemos lo contado que lo tenemos todo.

03 noviembre 1997

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OLIVA descendía de Villaprovedo. Tenía una moto. Era mujeriego y, según cuentan los vecinos de la montaña "debió hacerse millonario capando cerdos en aquellos tiempos". Pero, quizá, lo que más despunte de esta historia es su enorme sentido del humor, razón por la cual se le recuerda y le traigo a estas páginas. Por ejemplo, sabía diferenciar a sus clientes.

En cierta ocasión fue a capar un toro a Villaverde (la historia me la contaron en la zona de la Peña). Entonces estos animales se utilizaban para arrastrar las vagonetas de la mina.

-¿Cuánto le debo? -le preguntó Ibraham, el dueño.
-Veinte duros.
-¿No será mucho, Oliva?
-Sí, pero todos no se llaman Ibraham.


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Un sacerdote se acercó y le preguntó un día:

-¿También trabajas los domingos?
-Pues, sí.
-¿ y cuántas misas has oído?
-y usted, ¿cuántos cerdos ha capao?

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Los primeros días, después que se capaba, había que cuidar un poco la alimentación.

-Y ahora, ¿qué le echo yo de comer? -le preguntó una mujer que nunca se había visto en aquel trance.
-Hasta otro año que vuelva yo por aquí, nada.

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Con las mujeres utilizaba cierta guasa, porque a la pregunta de ¿cuánto le debo?, le seguía una contestación en aquellos tiempos muy dolosa, y por consiguiente la exclamación iqué caro!. Pero Oliva, como el padre Apeles, siempre tenía en la manga una respuesta: "Más me cobran a mí por menos tiempo".

Muchas anécdotas acumulo de aquel famoso capador, pero dos, quiero destacar aquí. La primera es una frase que, lo más probable es que naciera por su afición a la motocicleta. Cuentan que, Oliva, pausadamente, con una voz de trueno, aseguraba:
"Las motos son muy buenas para llegar primero...., el que llega". '
Y la experiencia cumbre me la describe con mucha gracia un tío de Polentinos. Fue en invierno. Había hielo en la carretera y Oliva debió caerse de la moto. La gente del pueblo estaba echando la partida de cartas en el bar y llegó Oliva, abrió la puerta con mucha ceremonia -lo estoy imaginando-, y cuando se hizo el silencio, exclamó:
"Sois unos desgraciaos, y lo peor es que hacéis desgraciao al que viene a veros".

Las gentes, Orígenes, 3 Nov 1997

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