30 octubre 2004

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Los tiempos cambian. Se supone que avanzan deprisa y hay un momento en la vida en el que a todos nos pilla desprevenidos el futuro, por más gimnasia y adaptaciones que ensayemos. Miro la portada del libro “Sentir y potenciar Palencia”, donde más de cien autores intentan en un relato desesperado cantar las enormes posibilidades de nuestra capital y provincia.

 

No obstante, a mi lo primero que me entra por los ojos, son las cartas de nuestros lectores, que vienen a ser como los remos nuestros, que se sienten heridos por nuestro tratamiento de la noticia, que aportan a su vez historias a las que el diario no ha llegado, que discrepan o apoyan nuestros planteamientos. Una de estas cartas que te invita a reflexionar, la escribía hace unos días Jesús González Ruiz, el alcalde de San Cebrián de Mudá. Allí se habla del cambio que han experimentado nuestros pueblos, de las respuestas tan ambiguas y lejanas de nuestra administración para darle una asistencia cualificada y ágil a lo que denominamos ayuda a domicilio.

Allí se habla sobre todo de la ocultación.

Hay un miedo latente que se deja entrever en todos los rostros, que sale a colación en todas las conversaciones. Es un miedo que se percibe ya en lugares como Los Llazos, donde te hieren los ojos las tenadas hundidas, las casas a punto de caer, lugares semiabandonados como el potro o la Iglesia de San Martin de Tours y las calles desiertas. Sólo un vecino de guardián y señor que soporta el mal tiempo estoicamente, que sobrelleva las tareas del verano, y que, cuando en lo más alto del invierno, los reporteros de televisión llegan hasta las puertas de su casa y le preguntan que cómo se siente un hombre solo, rodeado de tanta soledad, cercado por ese lobo blanco, les responderá como responden los castellanos viejos, que esto es así y que nadie conseguirá cambiarlo.

Desde la parte más elevada del pueblo, la visión es sobrecogedora: Tremaya al fondo, Areños a su espalda y un valle inmenso a los pies de este lugar que se divisa espléndido desde la cima de la Peña Tremaya. En la memoria de todos, este hecho que es sinónimo de estertor, es un hecho aislado. Parece que la muerte de un pueblo tiene que llegar como llega el invierno y Los Llazos pasarán a los anales de la historia como pasaron San Julián, San Martín de Redondo, Roblecedo (que no Celada), Carracedo, Villanueva de Vañes… Algunos pueblos desaparecieron en 1350, cuando la peste negra (que dura más de 50 años) provoca un descenso importante de población; otros, como Villanueva, desaparecerán bajo las aguas del pantano de Requejada, y la visión futurista de Barrio y Mier sobre el ocaso de estos lugares, toma como referencia a Carracedo, con una vieja que puede ser el propio libro de la historia, describiendo al dedillo cada mojón y cada hábito; las fiestas, los vestidos, los instrumentos de labranza, la situación de los pueblos…

Pero la ocultación es un mal de este tiempo.

Queremos huir de las represalias y callamos. Enmudecemos porque no deseamos que nos molesten pidiéndonos participación y compromiso para poner a flote el barco anegado de agua; nos molesta que el pueblo se llene de gente, como si el pueblo fuera nuestro y no tuviésemos bastante campo libre; porque, sinceramente, aquí molesta todo el mundo que no se adapte a nuestra imagen y semejanza.

Y son silencios encubiertos que van minando nuestras fuerzas, ocultaciones que se van agrupando y dividiendo, da igual ya que se trate de asuntos personales, o que impliquen de algún modo a la comunidad..

Somos conscientes de que en algún momento nos tocará salvar el escollo en solitario. Despotricaremos entonces contra el médico, contra el maestro, contra el sistema, por ese tratamiento vejatorio e injusto que ya anunciaron otros antes y, si acaso, lo contaremos meses después como una anécdota.

Cuesta mucho movilizar a un pueblo que por comodidad o conformismo sigue ocultando su historia, a veces inmensamente rica, a veces no tan buena y, en tantas ocasiones, perdiendo agua a mares por la quilla.

Imagen: Ermita abandonada de San Jorde, de Amando Vega

23 octubre 2004

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Por cada dos sorianos que nacen mueren tres. Dato escalofriante que no ha impedido, sin embargo, la rebelión más sonada de los últimos tiempos. Así lo entendieron también los sorianos de la diáspora que se reunieron en la localidad de Ólvega para celebrar el XII Encuentro de Casas Regionales.

Con estos datos en la mano, hasta el más cínico y apátrida se revuelve y empieza a darle vueltas a su ombligo, porque nadie tiene la cosecha asegurada y un vendaval se lleva en un momento todos los libros, todos los silos, todas las reservas.

La previsión es aconsejable, pero la echamos a andar tarde. Sirva como referencia esa Semana Cultural Celtibérica que el Ayuntamiento y la Asociación “Tierraquemada” de aquella ciudad castellana celebran a primeros de septiembre con el objetivo de llamar la atención y promover el patrimonio histórico cultural.

Yo ya escribí ficticiamente, hace varios lustros, sobre un levantamiento popular que pusiera ruedas a estas autoridades que gobiernan los pueblos y que ignoran la presión que se puede ejercer, el poder al que tienen acceso, la opción que tienen de cambiar la cara de los lugares donde viven y que cada día que pasa van a menos, donde por miedo a la responsabilidad civil suprimen los columpios.

En una conversación que quedó pendiente con el concejal de la Pernía Luis Angel Alonso, se proponía advertirme aquel sobre una realidad de los pueblos que desconocemos los que estamos fuera. Yo no puedo jactarme de conocerlo todo pero si hago un ejercicio de memoria, puedo hacerle una lectura bastante completa de los que quedan, de los que se fueron, de los díscolos, de los independientes, de quienes se creen que obran bien guardándose la piel de corderos y lobos, de quienes se pasan la jornada criticando al vecino, buscándole faltas a las cosas sin poner de su parte ni un humilde granito.

Y en la hemeroteca de este diario quedan cientos de artículos donde con mayor o menor acierto hemos ido dando fe de la historia.

Pero sí es verdad que uno ha de revestirse de un caparazón que soporte las sorpresas más fuertes. Hablando con unos y con otros, me entero de las dificultades con las que se tropieza el empresario que deseaba instalar en terrenos de Urbaneja una embotelladora de agua. El hueso duro es un vecino que posee una tierra, apenas un cascajo, que de la noche a la mañana puede reportarle pingües beneficios. Lo de pedir es libre, pero que nos ciegue el egoísmo y la especulación es triste, porque perderemos lo que no vale y lo que vale, y lo que es más importante, una empresa que comience de una vez por todas a fijar población.

El mayor revolucionario de todos los tiempos, que gritaba a los cuatro vientos las necesidades de esta tierra, que se partía el alma con el que hiciera falta para buscarle asiento, que despotricaba contra el oso y todos los amantes y seguidores de la fiera, que pedía manos que ayudasen, corazones que entendiesen, voces que difundieran de verdad la injusticia que durante cientos de años se cometío con esta tierra, cuando tiene la ocasión de hacer algo importante, cuando puede cobrar 2 por una tierra que vale 1, se pone chulo y pide 10 y nadie le apea de aquella lotería que quedará como una anécdota.

La vida te da sorpresas. Yo ya me he curtido bien la piel para que no me traspasen las balas traicioneras y no sufra la espalda el peso de esas manos que dicen apreciarte y mañana te venden por cuatro céntimos de euro.

Dios quiera que esos cuatro mil sorianos que se levantan contra el olvido constitucional, no estén dispuestos a vender a su madre como este patriota y defensor nuestro.

Imagen: Soria, por Jorge

16 octubre 2004

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No es la primera vez que alguien se refiere con un especial énfasis a mi lugar de residencia, como diciendo: “vive allá”, “no es de aquí”, “de aquí son los que están” o, lo que viene a ser lo mismo: “es de aquí pero como si no lo fuera”.

Y lo que daña a la vista es ese especial interés en remarcarlo, como si aquellos que tuvieron que dejar la tierra por los motivos que fuera (que siempre han de ser motivos importantes), estuvieran condenados al desahucio; como si no tuvieran derecho a posicionarse en los asuntos que conciernen a su pueblo, donde vive su familia; a su tierra, a la que contra viento y marea ha defendido allá donde estuviera.

Le recuerdo a él y a otros como él (tiene hijos jóvenes) que algún día no muy lejano puede verse en la misma tesitura y sólo entonces llegará a comprender la herida que se infiere cuando se habla tan a la ligera de los palentinos de la diáspora. No es la primera vez que él mismo hace alusión a marcharse de esa localidad donde vive y trabaja, sin entrar en asuntos de profesionalidad, porque no está en condiciones de jalear la autenticidad del trabajo de nadie.

La diferencia de esa “mi tierra”, a la que yo añoro, por la que yo desde mi humilde posición trabajo cada día en la web, en el diario, en los libros que preparo sobre sus personajes y su historia y, “su tierra”, es un abismo en el que no llegamos a encontrarnos.

“Su tierra” es la de aquellos que piensan que vivir en ella ya da derecho a todo, cuando, si acaso, como mucho, pueden ser dueños de las cuatro paredes de su vivienda y tener ciertos derechos sobre el patio. “Su tierra” es un lugar donde no caben ni siquiera aquellos que con tanto tesón nos la legaron.

No es la primera vez que alguien cita con alevosía tu lugar de residencia (que por otro lado no he negado jamás), como queriendo hacerte ver que no tiene sentido que manifiestes tu opinión o que ayudes a poner en marcha una Asociación que se implique en su crecimiento y su defensa.

Reconozco que soy muy sensible a todo lo que concierne a mi lugar de nacimiento. Un romántico de los que ya no venden, pero es verdad que, este paulatino crecimiento, esta fe que dos centenares de personas han depositado en tu proyecto, te da alas, te da un poco de orgullo, porque es bueno que el hombre no esté solo y yo he vivido en soledad durante veinticinco años, los mismos que he venido ejerciendo mi colaboración desinteresada y altruista con todos los medios palentinos.

No he sido yo el que negara el esfuerzo de Mariano San Abelardo, actual alcalde de La Pernía (dónde lo ha visto usted escrito?), y él será dueño de su mérito. A usted también le alcanzará la gloria, en el caso de que eche andar esa embotelladora y usted estará eufórico perdido porque sin duda le gusta destacar en las celebraciones y codearse con los altos cargos de la provincia.

Leyendo estos días un diario de Asturias, se cita al alcalde de una localidad de aquellos pagos como el verdadero impulsor del túnel de Piedrasluengas. Otro diario, cercano al nuestro, ha procurado relegar y casi hacer desaparecer el nombre de “Fuente Cobre” como impulsora y a mí, sinceramente, lo único que me molesta es la intencionalidad, que las cosas se hagan con ese tonillo de sarcasmo, removiendo la herida, tratando de buscar al precio que sea malentendidos y culpables.

Bien lejos de nuestra intención desmotivarles. Me sobra generosidad, porque eso precisamente es lo que me llena de alegría, ¿sabe por qué?

Porque al final lo que importa es el hecho, no el personaje que lo hizo. Importa que se hagan las cosas, y aunque se agradece y se valora la mención, no tiene sentido un pataleo para demostrar quién fue el primero, quién da más, porque todos tenemos el deber de intentarlo estemos donde estemos.

Por las citas finales parece que a usted le gusta la política y dice percibir bastante bien las cosas. Anote esta frase de un tocayo suyo, Louis Pasteur: “Desgraciados los hombres que tienen todas las ideas claras”.


09 octubre 2004

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No he sido capaz de escribir ni una línea. Eran tantos los frentes abiertos, tal era la obsesión por renombrar hechos y sucedidos, que apenas cuatro pasos de bolígrafo se me hacían cuesta arriba. Y hete aquí que, aunque todo parece conocido, aunque todos los rincones te parecen trotados, sabes que siempre hay un sendero que no anduviste, donde al decir de las gentes se halla un tesoro, vestigios de nuestros antepasados que tanto atractivo despiertan en las nuevas generaciones de turistas.


Tan extenso y variado es nuestro Parque Natural que incluso quienes viven en él parecen sorprendidos y asustados cuando los que llegan de fuera, les alertan de las riquezas que se esconden “tras os montes y valles”.

Y uno todavía se sorprende a los 46 años cuando llega a su tierra, descuelga el jamón y la bota, prepara la tortilla, mete en la mochila unas botellas de agua y se va monte arriba a descubrir un rincón nuevo. Ya lo ven, ventitantos años hablando de la montaña, llamando a su conquista, pidiendo a las autoridades que se muevan para promocionarla, y vamos a toparnos con un rincón de ensueño en el profundo valle de los Redondos, por encima de “Montebismo”, la última empresa minera de esas latitudes, el último vestigio de una historia que llenó de luces y de sombras esta tierra.

Jesús González, que habita en la casa que fue de los “Grimaldi”, me reprocha cariñosamente este hueco en mi memoria. “Hombre, Lózar, sigo desde hace tiempo tus artículos y me ha extrañado que nunca hicieras referencia al Ribero Pintado”.

Adentrarse en el Valle de los Redondos es una gozada para la vista. Después de atravesar pueblos donde abundan escudos y blasones del siglo XVII, dejando a nuestras espaldas las emblemáticas Peñas del Moro, que dan pie a la leyenda de Viarce, uno se adentra en una tierra virgen, valle agreste donde tanto tiene que decir la botánica, uno de los reductos de mayor valor ecológico de la cornisa cantábrica, al decir de los investigadores y amantes de la naturaleza.

Avanzamos por el camino que enseguida nos muestra la verdadera imagen de Tres Mares. A los pies de la sierra se abre un extenso valle, donde las piedras parecen incrustadas en el césped, en una especie de pequeña maqueta de “Las Tuerces”.

Zurrón al suelo, trago de agua, el olor del chorizo que te anima el estómago, la tortilla que aquí en los campos sabe a gloria bendita, allí nos aposentamos frente a una manada de caballos. De pronto, ante nuestros ojos asombrados, se abre una imagen nueva, en la falda de un monte, como construida a propósito por los antiguos moradores de esta zona, pero capricho al fin de la Naturaleza, impresionantes vetas coloreadas, como si se tratara de mosaicos adheridos con ventosas a la tierra.

A medida que van ganando altura, los colores se mezclan, cuándo anaranjados, cuándo verdosos, de mil colores diferentes. El Ribero Pintado es la parte mágica del valle, a un paso de la sierra. El camino es una constante cascada de sonidos hasta salvar los tres kilómetros que separan ese lugar encantado del pueblo de Santamaría.

02 octubre 2004

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Fue a primeros de noviembre de 2002, cuando Ricardo Cabero, empleado de banca y vecino de Palencia, me propone la idea de una Asociación que de un impulso a esta tierra. Soy consciente del rechazo que aquí provoca esa palabra, y así se lo confieso. La motivación surge a raiz del enfrentamiento del pueblo con un vecino nuevo, que hace suyos unos centenares de metros, ante la carencia de papeles que demuestren la propiedad del municipio y la pasividad del alcalde del Ayuntamiento. En un Concejo que se celebra a finales de Julio de aquel año, donde no faltan amenazas e insultos, los mayores del lugar recuerdan la utilidad que se le dio a aquellos terrenos durante años bien como bolera o como aserradero.

En las primeras reuniones de la Asociación Fuente Cobre, cuando poníamos sobre la mesa situaciones e historias que estaban demandando la atención de los pueblos, se hablaba entre otras cosas de la recuperación del folklore; de una escuela de la Naturaleza en el Valle de los Redondos, para estudiar y familiarizarse desde temprana edad con un entorno tan lleno de contrastes; investigación del Castro Celta de Herreruela de Castillería (prospección que viene realizando la Junta de Castilla y León); contacto con varias empresas embotelladoras de agua, y cuya instalación en la zona ha peligrado por el abuso y la insolidaridad de algunos propietarios de las fincas que pretendían obtener hasta ocho veces su valor, asunto que abordaré en su momento y, en fin, rutas de los chozos, rutas de los roblones...etc.

Todo eran proyectos interesantes y siguen siéndolo, en la medida en que seguimos comprometidos buscando respuestas y atenciones, de una administración regional que creyó cumplir su cometido por el simple hecho de nombrarnos Parque Natural.

En la última reunión, celebrada en Verdeña a mediados de Agosto, Emiliano Vega, que pasa el testigo a Luis Angel , hace referencia a ello en varias ocasiones: “Parques Naturales de título, no”, “Nos quieren como Parque sin invertir ni un duro”.

Al llegar al punto de ruegos y preguntas, una vecina de Urbaneja se interesa por la promoción turística de nuestro Pantano de Requejada, a sabiendas de la utilización y el estímulo que opera el de Ruesga. Se hace mención también al pasotismo de Medio Ambiente: cuadras cuyos desagües van directamente al río, torretas de luz situadas en mitad de los pueblos con el consiguiente peligro, presupuestos del habitat minero que van destinados a pueblos y zonas que no tuvieron minas; la prohibición de echar a andar Parques Eólicos que llenarían las arcas de los depauperados ayuntamientos; malos accesos para observar el Parque, dificultades para ver las distintas cadenas de televisión, desplazamiento de los enfermos que necesitan una extracción de sangre... y muchos asuntos más que iré abordando en este nuevo curso.

Debo decir y agradecer el interés que ha despertado nuestro movimiento en la zona norte. Llenar una sala con doscientas personas para ofrecer una visión de la realidad y pedir ayuda y compromiso, en una población que escasamente pasa de quinientos, es para nosotros un triunfo.

Aquellos que dudaban, aquellos que querían ver como Santo Tomás antes de formar parte de ella, quienes nos ven como enemigos porque pedimos asímismo el respeto a la propiedad ajena, los que miran para otro lado cuando llegan a nuestra altura, ya están viendo la luz de la iglesia, pronto verán la embotelladora de agua, y el que tenga ojos u oídos habrá sentido la fuerza que se empieza a ejercitar desde todas las alcaldías del norte para modernizar el trazado que nos comunique con Cantabria.

Y pasen, señores, que no llevamos cuenta de sus miedos ni de sus negaciones. Aquí siempre serán bien recibidos.

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