27 mayo 2011

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Desde 1950, la provincia de Segovia ha perdido, calculan los expertos, 38000 habitantes. Al medio rural de aquella provincia castellana, lo califican de desierto demográfico. Dicen allí cosas que ya hemos oído, hablan de medidas que ya hemos visto aquí anunciadas: la necesidad de fijar población, la urgencia de detener el éxodo rural, dotando a los pueblos de servicios de todo tipo, que ya se viene haciendo, aunque muy lentamente, aunque muy tarde, tardísimo, cuando ya no hay remedio...

Dos personas muy implicadas en aquel drama segoviano, que es un ejemplo de lo que vienen padeciendo el resto de las provincias castellano-leonesas, hablan de traer a los pueblos "aquellas industrias susceptibles de atraer población".

Pero esa epidemia de la despoblación se extiende por todo el país. Hace un mes, el Consejero valenciano Alejando Font certifica la eliminación de 19 escuelas en el ámbito rural. Más de un centenar de pequeños municipios valencianos suman 500 habitantes y ya los respectivos alcaldes reclaman a familias con hijos en edad escolar, parados que no puedan vivir en la ciudad o inmigrantes sin trabajo.

Yo pienso que si los gobernantes están ahí empingorotados para solucionar estas cosas y llevan años ya prometo que prometo; qué digo, llevan lustros conocedores del drama que está ahogando poco a poco al mundo rural, ¿para qué coño los queremos?.

Viene esta reflexión de hoy, a propósito del cierre este año de la escuela de San Salvador de Cantamuga, tocada de lleno por ese mal que aqueja también a la Comunidad Valenciana y a tantos otros puntos de nuestra geografía y donde, no lo olvidemos tampoco, tienen buena culpa también los propios habitantes que a tal de unirse, aceptar ese punto como bueno para los primeros años de escolarización, cada uno se va por su lado, obligando a echar el cerrojo de un centro donde se invirtió una importante suma para dotarlo de comedores y de todo lo necesario hace pocos años.

Nadie puede hacer nada. Entonces, no sé a qué viene tanto brindis de unos y de otros, empeñados en ganarnos para su causa y obviando una vez más el verdadero drama que ahoga a esta tierra. 


20 mayo 2011

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Acostumbro a recortar aquellos artículos que me atraen especialmente, para leerlos con calma cuando puedo. Eso es lo que hice con el artículo "Palencia SA: una empresa ruinosa", que nuestro diario le abre al palentino Javier Cantera a primeros de Marzo. Allí describe a Palencia como un lugar desconocido, una empresa ruinosa. Sin menoscabar su intención última, donde invita a aportar ideas y recursos a través de un grupo social localizado en "linkedin, he de recordarle que en semejante sintonía estamos todos cuando queremos ver un florecimiento del lugar que añoramos y, donde todas las propuestas que ahora van y vienen a lo largo y ancho de nuestra provincia, nos parecen insuficientes. Es evidente que no todos leen el diario, ni todos los que trabajan en las Instituciones van a complacer a todo el mundo por más implicación que asuman.

El escritor argentino Julio Cortázar, nos dejó una frase de oro que viene bien para este momento; para esa ruindad, si es que se diera: "Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo."

Pero que no es el caso, pues Palencia brilla con luz propia, por más desplantes y desigualdades que encontremos. ¿Sabía usted que La Fundación Santa María la Real, ha creado recientemente una filial en Chile, a la que el Gobierno de aquel país le ha confiado la puesta en valor de uno de sus principales conjuntos patrimoniales...? ¿Sabía usted que, un artículo sobre la minería palentina, fue la página más consultada en la Wikipedia en el mes de Noviembre...? ¿Sabía usted que, La Olmeda ha sido seleccionada para "El Premio Internacional Dédalo Minos", reconociéndose así el importante trabajo que se ha llevado a cabo en aquel lugar? Palencia brilla con luz propia, más allá de la dejadez que pueda apreciarse en quienes la gobiernan y de la promoción que usted quiera recetar como adecuada.

Suele decirse que "Palabras y plumas, el viento se las lleva", pero algo siempre queda que nos sirve para poner en marcha proyectos e historias que ayuden a descartar esa imagen nefasta que a veces tenemos de nuestra propia tierra.


13 mayo 2011

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En la contraportada de nuestro diario del segundo domingo de Abril, me cautiva el título con el que se recuerda el día mundial del Parkinson. Aunque la denominación definitiva se debe al neuropatólogo francés Jean-Martín Charcot que retoma las investigaciones que el británico Parkinson aportó en 1817, y que les da su nombre, ya Leonardo Da Vinci hablaba de ella en 1500 y aún con anterioridad, médicos y filósofos griegos hablan de aquellas gentes que sufrían incómodos temblores y se veían tan limitados para su vida diaria.


Hay un antes y un después de James Parkinson, pero no abundan los investigadores en este campo. En 1919, el ruso Tretiakoff localiza la sustancia negra y en los años 50 un equipo liderado por el austriaco Oleh Hornykiewicz desentraña otra clave: la disminución de la dopamina en los pacientes de parkinson. Lo último sobre esta terrible enfermedad hace alusión al sueco Arvid Carlsonn en el 2000. 

Pero no deja de ser una enfermedad relegada al olvido. Escandaliza pensar que, después de una vida de trabajo, cuando a uno le atrapa la enfermedad, se encuentra solo frente al mundo, peregrinando por los Centros de Salud, constatando que los resultados que hasta la fecha existen son más bien escasos y que el mundo de la investigación tiene una asignatura pendiente en una de las enfermedades más terribles de los últimos años. 

Ahora todo se supedita a una lucha paralela y desigual. Por un lado el Estado, o la Administración que, "aparentemente", están a nuestra disposición y nos defienden de las plagas y, por otro, casi obligado, el enfermo en una sociedad cada día más necesitada de apoyos y de acuerdos con entidades que se apliquen en la defensa de los afectados. Es decir, y hecho mano de los recuerdos, sin una nota de agradecimiento para los médicos que atendieron a mi madre en el "Hospital Río Carrión", ni para el Estado de Derecho que la dejó a su suerte, después de años de sufrimiento y jubileo constante por consultas de médicos particulares, no sólo con lo que el olvido supone para las economías familiares, sino con esa impresión que recuerda la contraportada a la que aludo, de que estás solo ante el espejo y que la medicina está en pañales.


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