sábado, 31 de enero de 2004

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Pero también me han hecho reflexionar algunas de las citas que se recogen en una larga carta remitida desde el Norte Palentino a la redacción del diario, por personas a quienes sí les preocupa seriamente el futuro del oso pardo cantábrico y ven como una descarada maniobra la utilización que a menudo se hace de su nombre.




Todos, cada uno a vuestro modo, me habéis entendido. No estoy en contra del oso. En esta tierra casi nadie lo está. Me atrevería a decir más: ni los furtivos más sanguinarios se proponen como objetivo liquidar al oso pardo, para colaborar así más rápidamente en su extinción.

Entre Cueva y Valdeprado, muy cerca de Piedrasluengas, en el mágico valle de “La Liébana”, tuvo un palacio en el siglo XV doña Leonor de la Vega, madre del Marqués de Santillana, que al decir de los cronistas era el albergue de los cazadores de alcurnia. Entonces, entre las piezas que abundaban, se encontraban el urogallo, el faisán, el corzo, el lobo y el oso. Cuentan que un personaje novelesco, tocayo mío, el tío Froilanón de Valdeprado, murió con el record de haber matado 14 osos. Le pisaba los talones Sabas, el maestro de Lameo con 13 y, el escritor Eduardo García Llorente en el libro “Los osos en Liébana”, habla de muchos cazadores con cinco, ocho y hasta diez osos que cayeron bajo la andanada de sus balas.

Y el oso era el señor de los bosques lebaniegos, lo dice muy claro el monumento que se le hace en el mirador de Llesba, cerca del puerto de San Glorio. Pero el oso era al mismo tiempo, y así me lo revelan ustedes entre líneas, el rival del hombre. Había en el aire una especie de batalla por la que ambos se disputaban el territorio. Como si fuera impensable de todo punto que ambos vivieran en el mismo lugar. Si ustedes se acercan a cualquier pueblo donde el bosque está a un paso: El Campo, San Salvador, Lebanza, Lores,Vidrieros, Piedrasluengas... casi cualquier pueblo me vale, e indagan acerca del oso, muy pocos entenderán esa exclusividad, ese terreno vallado a cal y canto, esa negativa a ampliar y mejorar las vías de comunicación que nos acerquen al progreso, que nos lleven a un futuro más digno, donde vivir y trabajar en los pueblos no esté reñido con el respeto y la pervivencia de un animal que también aquí sigue teniendo su reinado.

El oso es ya una leyenda viva. Leo la expresión de la cara de un vecino de Verdeña que se apartó del camino para que pasara. La misma que días después se me representa en la cara de un vecino de Polentinos que, acaso por los perros que le acompañaban, o por la defensa a ultranza de sus crías, se preparaba para repeler con todas sus armas lo que entendía como un ataque.

Aquí se mató al oso muchas veces. Me lo contaba un cazador de Vado y lo adornaba, como muy bien sabía adornarlo Félix Rodríguez, “El pajarero” que posa para la historia en una memorable fotografía, abrazado a un oso, pìeza grande de alguna cacería.

Pero el preciado animal con su belleza, no puede, no debe reemplazar al hombre. Yo lo dije aquí mismo: el oso fue el freno eficaz que impediría la construcción del pantano de Vidrieros, que no la gente con sus pancartas ni los pueblos con sus miedos a caer de nuevo en una expropiación forzosa.

Que el oso fuera un escudo para que alguno medrara, como dicen ustedes, no debe llevarnos a una gresca sin solución que sirva para proteger esa confabulación que hay orquestada. El oso ha sido parte importante de esta tierra. Por muchas razones, turísticamente también, a todos nos interesa que se proteja, que se tienda a su conservación; que el oso, más que una exclusividad, encuentre una justificación a nuestra presencia en estos apartados lugares donde tan difíciles se hicieron los comienzos y tan amargos parecen presagiarse los futuros.

Miren ustedes, ahí sí que estamos plénamente de acuerdo: necesitamos gobernantes capaces de convertir el agua, esa materia que los americanos buscan en Marte para hablar de posibilidades en un planeta tan lejano, en motivo indispensable para que esta tierra nuestra cobre vida.

Dicen ustedes:“Hemos puesto nuestro futuro en manos de quienes no son de aquí y si alguno lo es, no piensa en lo de aquí”

Yo creo que no hay gente de aquí o de allá, más de un lado que de otro, más de un partido que de un pueblo; yo pienso que nadie es tan cruel como para desear la despoblación y el desalojo de una tierra que moriría temprano si unas manos no la dieran caricias y cuidados.Y para eso, ¡quién, sino el hombre que con tanto celo ha sabido guardarla durante tantos años!

¿Será verdad, como dicen ustedes, que hay alguien que no nos quiere en Palencia Norte?¿qué ya no somos dueños de nuestros propios recursos?¿qué la defensa del oso es un encubrimiento?

¿Será verdad que el futuro está aquí, porque hay agua?.


sábado, 24 de enero de 2004

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“Quién vos triju esti vinu?” –preguntaba el segador cuando empinaba la bota, o el hombre que pinchaba el chon en la ceremonia de la matanza, o el mozo que tenía por la pata, o el más arriesgado de todos, el que amarró el hocico inutilizando los colmillos.


“Mos lo trijeron los Ruices”, respondía el amo con orgullo si era bueno; cabizbajo si no tenía fuerza, aguja o color. “O mos lo trijo Segundino”.

La cita es de Isidro Cicero, escritor cántabro que recoge muy resumida pero fielmente la historia de esta comarca.

Los Ruíces de Aguilar sonaban mucho, tenían bien ganado su abolengo, pero Secundino no les iba a la zaga. Mucho trabajaron los abuelos de la Venta Urbaneja y en este artículo va implícito mi homenaje a ellos, pero mucho ha tenido que ver en su mantenimiento Raquel Cuevas[1], mujer extraordinaria, cultivada en muchos menesteres, que conoció muy bien Cervera cuando la villa estaba dividida en dos barrios. “Los del barrio de arriba, coméis pan y boñiga” –gritaban los del barrio de abajo. “Los del barrio de abajo, coméis pan y cascajo” –les contestaban los del barrio de arriba.

Raquel es ventera de tradición, desde el momento en que su abuelo Zacarías le echa un tiento al pueblo de Villanueva de Vañes y adquiere en pública subasta la Venta de Santa Lucía, hasta entonces regida por Vicente, apodado “Viruela”, muy conocido en la comarca por sus exhibiciones.

No es ya la manera de contarlo un siglo más tarde, en su casa, en la Venta Urbaneja, frente a la chimenea que tanto acompaña en esta tierra. Es la forma de interpretarlo.

Raquel, que aprendió la lección entre la sabiduría y la rivalidad de dos grandes maestras: doña Matilde y doña Pilar, que procedía de León, familia de los Quiñones, terminó la carrera de magisterio y, como si de una lección más se tratara, fue inculcando sus conocimientos a los hijos de aquellos carreteros que venían de todas partes a por vino, sal y pienso, al tiempo que deleitaba el paladar de los viajeros con los trucos de cocina que aprendió de su abuela María: patatas con carne, patatas con bacalao, a mano siempre los secretillos: las patatas bien rehogadas y la sal al principio.

Esa fiel interpretación de la figura de su abuela te va sumergiendo en la imagen de los repobladores, cuando las ventas eran las estaciones de servicio de las vacas. A los animales les echaban su ración; el carretero que podía dormía en la cama y el que no podía dormía encima de la gavilla. La argucia, la sagacidad eran los dones a los que recurría mucha gente, también el abuelo Zacarías, para compensar así los quebrantos y la economía de aquellos duros años, apenas echaba a andar 1900. El hombre venía de arar las tierras y, mientras su esposa preparaba la comida, subía hasta un pozo que había cerca y, buceando, –cosa en la que casi nadie creía– sacaba las truchas con la mano, con la boca... En la época de los cangrejos hacía lo propio en el río que baja de Herreruela.

Esto da lugar a una tremenda añoranza, amén de la correspondiente reflexión, no sólo por la viveza que se necesitaba para salir airoso de las situaciones más adversas, sino por el agua que bajaba cristalina y daba albergue a truchas y cangrejos, dos especies hoy prácticamente desaparecidas de nuestros ríos.

Lo cierto es que en aquella Venta de Santa Lucía, la que se avistaba desde las calarizas, frente a Vañes, donde los autores cuentan que se congregaban los plebeyos cuando treinta y ochos lugares dependían de Cervera, comienza esta familia a ejercer la hostelería, hasta que se ven obligados a abandonarla con la llegada del pantano. Uno de los ingenieros que interviene en las obras y que se aloja en la Venta, valora la casa, las tenadas y los enseres en 165.000 pesetas, buen capital en aquellos años, de las que sólo recibe, al ser expropiado, 70.000.

Con aquel dinero y otro poco que tenía ahorrado, compra en Cervera la fonda de la Señora María, en cuyo centro –recuerda Raquel– existía un pozo artesano al que acudían a por agua los vecinos del barrio de abajo.

Aunque Zacarías trabaja unos meses en una mina de Barruelo, un grave accidente le hace ponerse en guardia y regresa a la villa para meterse de lleno en aquella casa que, a partir de entonces y, merced al resbalón accidental de un obrero y al comentario del alguacil Eloy Barrio “¿lo van a dejar ustedes así, que alguien puede resbalarse...?, se conocería como “El Resbalón”.

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[1] +Raquel Cuevas, (q.g.m)

sábado, 10 de enero de 2004

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Todavía hoy, cuando cuento en familia pequeñas anécdotas que yo conocí en el contacto frecuente con la gente mayor de todos estos pueblos, me viene al pensamiento y, aún a riesgo de ser pesado repito, aquella frase que a pesar de un buen trecho de vida recorrido me dejó estupefacto. La pronunció una vecina de Camasobres hace ya muchos años, que nunca había salido del pueblo. Invitada a una ceremonia, probablemente una boda, llegó hasta Aguilar de Campoo y exclamó: "¡Qué grandísimu es el mundu!. ¡Llega hasta Aguilar y más allá!".


Si uno se sitúa en el viejo Aguilar y, haciendo un ejercicio de memoria, viste a nuestra paisana con las ropas de la época: sayas, corpiños, basquiñas y acaso una blanca toca, tendrá ocasión de paladear por unos instantes la sensación de la mujer a la que sólo una cosa le impresiona: haber descubierto un mundo más allá del suyo.

En su pequeño pueblo ella era la reina, cuándo arrastrándose sobre los surcos, cuándo moviendo sobre la placa los pucheros. Se conocía todos los senderos: el Quiñón, el Otero, la Estacada o la Presa y, aunque fuera la mujer más pobre de este mundo, no echaba de menos nada.

A mí la mujer me ha impresionado siempre, no porque desconociera otros pueblos. Situémonos ante un mapa de Palencia, ¿cuántos pueblos conocemos nosotros, que hemos tenido lo que tuvieron ellas incrementado por la cifra que a ustedes se les antoje dar? A mí la mujer me ha impresionado por la carga tan pesada que tuvo que llevar, en casa y fuera de casa; en el campo la primera, con la cabaña, segando cuando fuera menester, trillando, bajando a lavar la ropa al río, lo que en algunos pueblos implicaba un desgaste tremendo. En Herreruela de Castillería no hace muchos años que se hizo la acometida de agua y, como éste, muchos otros pueblos donde llegar al río era ya una aventura.

Precísamente, de ese mismo pueblo procedía Hermenegilda, que se casó con uno de Ligüérzana. Felipe Llorente, a puntito de cumplir un siglo de vida, me lo cuenta con gracia a la encimera de este pueblo, camino de la ermita del monte. Es curioso el alcance que toman aquí los remoquetes o apodos, que nacen, generalmente, como consecuencia de algún vicio o manía que nos somete. A la "tía Hermenegilda" le pusieron de mote "el rompe", porque iba a las ovejas en invierno y exclamó: "verás cómo rompe el mi carnero", de modo que, como en este mundo de todo se acaba uno enterando, la mujer se quedó con el mote y hasta le sacaron unas coplas. Cierto día que estaban trillando en el lugar que se conoce como "Campuloma" cuentan que pasó un avión y la "tía" Hermenegilda dijo que "era una mazaplán que aterrizó en la Peña El Cuerno". Se conoce que andaba por allí el alcahuete del pueblo que lo oyó, lo contó y tal vez le compuso la copla que luego hizo la risa de los vecinos.

"A la tía Hermenegilda le van a llevar, a la linde gorda en un mazaplán..."

Y grande debía de ser este pequeño mundo nuestro a los ojos de aquellas lebaniegas que entraron por "el collao las eras", de Polentinos, y dice que le dijo la una a la otra creyendo que nadie las oía: "¡Chacha, mira qué Vega!". Sorprendidas ellas que vienen de un valle que tiene tantos pueblos como días tiene el año y gozan de un microclima que los labradores de nuestra montaña hubieran querido para su tierra dulce.

Todos los pueblos de la montaña celebraban concejos cuando lo consideraban necesario. En Polentinos, en el trasncurso de un concejo donde se trataba la adquisición de un toro, los vecinos mostraban su pesar por tan desafortunada compra. Según las versiones, el toro no tenía buena estampa, padecía "rodillón" y las protestas se fueron generalizando y fueron subiendo de tono las voces hasta que el alcalde, temiendo que llegaran a las manos, tomó la palabra y dijo: "...dejemos eso en paz. ¡El toro se trijo y se trajo!".

Una de las anécdotas más divertidas, ahora que ya pasó el peligro, es la que cuenta un vecino de Lores. Declarada la guerra, el alcalde los reunió a todos y repartió las armas. Por toda munición, a cada uno dos cartuchos. "Y ahora –les dijo– cualquier cosa extraña que notéis, si algo se mueve, ¡fuego y fuego!.

Estas y otras muchas historias se contaban en las veladas. Llegado este tiempo, la gente se reunía en alguna cocina para hacer albarcas, que luego se vendían en los mercados de las villas cercanas. En casi todas las casas había un burro (animal hoy en peligro de extinción) y se decía: "el que tiene burro y alforjas, callandito hace las cosas"

@Imagen: Escuela de niños en Casavegas, 1930

sábado, 3 de enero de 2004

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Gonzalo Alcalde Crespo, en los últimos libros que escribe sobre la montaña, ha manejado una extensa bibliografía. Si ya en la primera serie sobre las cuatro zonas naturales, Gonzalo se va implicando más y más a medida que se llena su maleta de historias, el regreso hacia el norte siempre le depara novedades y le empuja sin duda a buscar el apoyo y la versión de numerosos autores que estudiaron la tierra, desde nuestro paisano Laureano Pérez Mier, hasta Ricardo Becerro de Bengoa, Madoz, Quirino Fernández, Angel Sancho Campo, Fray Justo Pérez de Urbel, María Luisa Montes Ramos y un largo etcétera de autores que han tocado más o menos alguno de los canales que conduce a nuestra historia.



El río vuelve a su cauce. Los historiadores, que a su modo y manera nos hablan del nacimiento de estos núcleos, más que en la procedencia o en los rasgos de los repobladores insisten en las dificultades para sobrevivir en estos escabrosos terrenos.

Pero, ciertamente, salvo sus propios libros, "El Condado de Pernía", de Pérez Mier, la "Toponimia" de Gordaliza que aparece en entregas semanales en este mismo diario y los libros y artículos que hacen alusión a"La Abadía de Lebanza, no hay tampoco un desbordamiento informativo que trate específica y concretamente aquellos apartados que sirven para descubrir todos los aspectos que conforman nuestro sino, nuestra razón de ser, nuestro rico pasado, nuestro proyecto de futuro. Me refiero, en concreto, a las zonas más apartadas, a las aldeas que lenta e inexorablemente van quedándose desnudas de material humano.

Tenemos el paisaje, desbordante, eso sí; majestuoso, imprescindible. Eso, ahora mismo, es lo más seguro, lo más fiable. Se supone que nadie lo puede romper.

En Zamora, donde vive una inmensa población de lobo ibérico, tienen la Sierra de la Culebra. En Girona, "La Garrotxa", donde puede admirarse una orografía diferente, recubierto el terreno por viejas coladas lávicas. En Andalucía disfrutan de Doñana, el Parque considerado la zona húmeda más valiosa de Europa Occidental. Y aquí, muy cerca, casi a tiro de piedra, se alzan desafiantes los Picos de Europa, que el rey Alfonso XIII, por iniciativa de don Pedro Pidal –marqués de Villaviciosa– convirtió en el primer Parque español en 1918.

Nada que envidiar. Este es el convencimiento que tenemos todos, jóvenes y mayores de cualquier condición y pensamiento. Reconociendo la belleza y el esplendor de otras regiones españolas no disminuye el encanto y la admiración que sentimos por lo nuestro. Pero lancemos la pregunta que estamos masticando: ¿Eso es lo mismo que ven nuestros políticos?. Lo dudamos. Como ejemplo, recojo de la hemeroteca la declaración que hace en Cervera de Pisuerga Mercedes Sánchez, siendo Directora General de Turismo de la Junta de Castilla y León: "Nos hemos dado cuenta que la montaña palentina no lleva la evolución que consideramos para una zona de tanto valor".

Toda la ilusión y el sentimiento que albergamos nosotros, se desarma al comprobar que los actuales embajadores de esta tierra no se han molestado en correr para verlo, para sentir un poco de esa emoción nuestra, para promocionarlo, para activarlo, posibilitando así la repoblación que tanto se hace de rogar y tan difícil la auguramos.
Tierras magníficas las nuestras. Grandes esperanzas. Ese es el lema que nos alimenta, porque las grandes realidades no acaban de llegar debido a que, unos no las plantean, otros no las desean, otros no dicen nada pero tiran "collejas" cuando alguien pone de manifiesto sus teorías o proyectos.

Vamos a clarificar un poco las posturas. Tenemos una preciosa tierra. Dejémosla que crezca. Abramos al mundo las ventanas. Los que viven en ella son conscientes de que la solución para seguir ha de pasar por las infraestructuras. Desde la Asociación Fuente Cobre hemos lanzado una propuesta de comunicación de gran envergadura. Propuesta que ya conocen nuestros representantes y que están considerando seriamente. Propuesta que explicaré con detalle en un próximo artículo. Se trata de habilitar un túnel por Casavegas hacia Potes, lo que nos pondría en unos minutos en comunicación con la villa cántabra, bien para repostar allí servicios, bien para recoger de allí parte del inmenso turismo que ciega las entradas y salidas de este bonito rincón de la comunidad vecina.

Para todo lo que hable de futuro hemos de tener en cuenta una buena comunicación, pues muchas de las barreras que ahora existen están relacionadas con ella. Ese es un paso fundamental para que las generaciones futuras hablen de las posibilidades de esta tierra.

@De la serie "Impresiones" en Diario Palentino.

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