Desde Santa Lucía al Resbalón



“Quién vos triju esti vinu?” –preguntaba el segador cuando empinaba la bota, o el hombre que pinchaba el chon en la ceremonia de la matanza, o el mozo que tenía por la pata, o el más arriesgado de todos, el que amarró el hocico inutilizando los colmillos.


“Mos lo trijeron los Ruices”, respondía el amo con orgullo si era bueno; cabizbajo si no tenía fuerza, aguja o color. “O mos lo trijo Segundino”.

La cita es de Isidro Cicero, escritor cántabro que recoge muy resumida pero fielmente la historia de esta comarca.

Los Ruíces de Aguilar sonaban mucho, tenían bien ganado su abolengo, pero Secundino no les iba a la zaga. Mucho trabajaron los abuelos de la Venta Urbaneja y en este artículo va implícito mi homenaje a ellos, pero mucho ha tenido que ver en su mantenimiento Raquel Cuevas[1], mujer extraordinaria, cultivada en muchos menesteres, que conoció muy bien Cervera cuando la villa estaba dividida en dos barrios. “Los del barrio de arriba, coméis pan y boñiga” –gritaban los del barrio de abajo. “Los del barrio de abajo, coméis pan y cascajo” –les contestaban los del barrio de arriba.

Raquel es ventera de tradición, desde el momento en que su abuelo Zacarías le echa un tiento al pueblo de Villanueva de Vañes y adquiere en pública subasta la Venta de Santa Lucía, hasta entonces regida por Vicente, apodado “Viruela”, muy conocido en la comarca por sus exhibiciones.

No es ya la manera de contarlo un siglo más tarde, en su casa, en la Venta Urbaneja, frente a la chimenea que tanto acompaña en esta tierra. Es la forma de interpretarlo.

Raquel, que aprendió la lección entre la sabiduría y la rivalidad de dos grandes maestras: doña Matilde y doña Pilar, que procedía de León, familia de los Quiñones, terminó la carrera de magisterio y, como si de una lección más se tratara, fue inculcando sus conocimientos a los hijos de aquellos carreteros que venían de todas partes a por vino, sal y pienso, al tiempo que deleitaba el paladar de los viajeros con los trucos de cocina que aprendió de su abuela María: patatas con carne, patatas con bacalao, a mano siempre los secretillos: las patatas bien rehogadas y la sal al principio.

Esa fiel interpretación de la figura de su abuela te va sumergiendo en la imagen de los repobladores, cuando las ventas eran las estaciones de servicio de las vacas. A los animales les echaban su ración; el carretero que podía dormía en la cama y el que no podía dormía encima de la gavilla. La argucia, la sagacidad eran los dones a los que recurría mucha gente, también el abuelo Zacarías, para compensar así los quebrantos y la economía de aquellos duros años, apenas echaba a andar 1900. El hombre venía de arar las tierras y, mientras su esposa preparaba la comida, subía hasta un pozo que había cerca y, buceando, –cosa en la que casi nadie creía– sacaba las truchas con la mano, con la boca... En la época de los cangrejos hacía lo propio en el río que baja de Herreruela.

Esto da lugar a una tremenda añoranza, amén de la correspondiente reflexión, no sólo por la viveza que se necesitaba para salir airoso de las situaciones más adversas, sino por el agua que bajaba cristalina y daba albergue a truchas y cangrejos, dos especies hoy prácticamente desaparecidas de nuestros ríos.

Lo cierto es que en aquella Venta de Santa Lucía, la que se avistaba desde las calarizas, frente a Vañes, donde los autores cuentan que se congregaban los plebeyos cuando treinta y ochos lugares dependían de Cervera, comienza esta familia a ejercer la hostelería, hasta que se ven obligados a abandonarla con la llegada del pantano. Uno de los ingenieros que interviene en las obras y que se aloja en la Venta, valora la casa, las tenadas y los enseres en 165.000 pesetas, buen capital en aquellos años, de las que sólo recibe, al ser expropiado, 70.000.

Con aquel dinero y otro poco que tenía ahorrado, compra en Cervera la fonda de la Señora María, en cuyo centro –recuerda Raquel– existía un pozo artesano al que acudían a por agua los vecinos del barrio de abajo.

Aunque Zacarías trabaja unos meses en una mina de Barruelo, un grave accidente le hace ponerse en guardia y regresa a la villa para meterse de lleno en aquella casa que, a partir de entonces y, merced al resbalón accidental de un obrero y al comentario del alguacil Eloy Barrio “¿lo van a dejar ustedes así, que alguien puede resbalarse...?, se conocería como “El Resbalón”.

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[1] +Raquel Cuevas, (q.g.m)

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