Historias de este mundo


Todavía hoy, cuando cuento en familia pequeñas anécdotas que yo conocí en el contacto frecuente con la gente mayor de todos estos pueblos, me viene al pensamiento y, aún a riesgo de ser pesado repito, aquella frase que a pesar de un buen trecho de vida recorrido me dejó estupefacto. La pronunció una vecina de Camasobres hace ya muchos años, que nunca había salido del pueblo. Invitada a una ceremonia, probablemente una boda, llegó hasta Aguilar de Campoo y exclamó: "¡Qué grandísimu es el mundu!. ¡Llega hasta Aguilar y más allá!".


Si uno se sitúa en el viejo Aguilar y, haciendo un ejercicio de memoria, viste a nuestra paisana con las ropas de la época: sayas, corpiños, basquiñas y acaso una blanca toca, tendrá ocasión de paladear por unos instantes la sensación de la mujer a la que sólo una cosa le impresiona: haber descubierto un mundo más allá del suyo.

En su pequeño pueblo ella era la reina, cuándo arrastrándose sobre los surcos, cuándo moviendo sobre la placa los pucheros. Se conocía todos los senderos: el Quiñón, el Otero, la Estacada o la Presa y, aunque fuera la mujer más pobre de este mundo, no echaba de menos nada.

A mí la mujer me ha impresionado siempre, no porque desconociera otros pueblos. Situémonos ante un mapa de Palencia, ¿cuántos pueblos conocemos nosotros, que hemos tenido lo que tuvieron ellas incrementado por la cifra que a ustedes se les antoje dar? A mí la mujer me ha impresionado por la carga tan pesada que tuvo que llevar, en casa y fuera de casa; en el campo la primera, con la cabaña, segando cuando fuera menester, trillando, bajando a lavar la ropa al río, lo que en algunos pueblos implicaba un desgaste tremendo. En Herreruela de Castillería no hace muchos años que se hizo la acometida de agua y, como éste, muchos otros pueblos donde llegar al río era ya una aventura.

Precísamente, de ese mismo pueblo procedía Hermenegilda, que se casó con uno de Ligüérzana. Felipe Llorente, a puntito de cumplir un siglo de vida, me lo cuenta con gracia a la encimera de este pueblo, camino de la ermita del monte. Es curioso el alcance que toman aquí los remoquetes o apodos, que nacen, generalmente, como consecuencia de algún vicio o manía que nos somete. A la "tía Hermenegilda" le pusieron de mote "el rompe", porque iba a las ovejas en invierno y exclamó: "verás cómo rompe el mi carnero", de modo que, como en este mundo de todo se acaba uno enterando, la mujer se quedó con el mote y hasta le sacaron unas coplas. Cierto día que estaban trillando en el lugar que se conoce como "Campuloma" cuentan que pasó un avión y la "tía" Hermenegilda dijo que "era una mazaplán que aterrizó en la Peña El Cuerno". Se conoce que andaba por allí el alcahuete del pueblo que lo oyó, lo contó y tal vez le compuso la copla que luego hizo la risa de los vecinos.

"A la tía Hermenegilda le van a llevar, a la linde gorda en un mazaplán..."

Y grande debía de ser este pequeño mundo nuestro a los ojos de aquellas lebaniegas que entraron por "el collao las eras", de Polentinos, y dice que le dijo la una a la otra creyendo que nadie las oía: "¡Chacha, mira qué Vega!". Sorprendidas ellas que vienen de un valle que tiene tantos pueblos como días tiene el año y gozan de un microclima que los labradores de nuestra montaña hubieran querido para su tierra dulce.

Todos los pueblos de la montaña celebraban concejos cuando lo consideraban necesario. En Polentinos, en el trasncurso de un concejo donde se trataba la adquisición de un toro, los vecinos mostraban su pesar por tan desafortunada compra. Según las versiones, el toro no tenía buena estampa, padecía "rodillón" y las protestas se fueron generalizando y fueron subiendo de tono las voces hasta que el alcalde, temiendo que llegaran a las manos, tomó la palabra y dijo: "...dejemos eso en paz. ¡El toro se trijo y se trajo!".

Una de las anécdotas más divertidas, ahora que ya pasó el peligro, es la que cuenta un vecino de Lores. Declarada la guerra, el alcalde los reunió a todos y repartió las armas. Por toda munición, a cada uno dos cartuchos. "Y ahora –les dijo– cualquier cosa extraña que notéis, si algo se mueve, ¡fuego y fuego!.

Estas y otras muchas historias se contaban en las veladas. Llegado este tiempo, la gente se reunía en alguna cocina para hacer albarcas, que luego se vendían en los mercados de las villas cercanas. En casi todas las casas había un burro (animal hoy en peligro de extinción) y se decía: "el que tiene burro y alforjas, callandito hace las cosas"

@Imagen: Escuela de niños en Casavegas, 1930

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