miércoles, 31 de julio de 1991

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Ha pasado el tiempo veloz y llega otro verano al norte, a los pueblos. No hace mucho; en una conferencia, en Bilbao, se dijo que, lo del verano y lo del pueblo era una mentira. Que la gente que tenía pueblo, venía a él porque no tenía dinero para irse más lejos, en avión y de hotel, a ver cosas extraordinarias, a probar comidas exóticas y no a comerle el jamón y el chorizo al pobre padre, y a tirar de su dinero y de su paciencia cargándole con los nietos. No es bueno presumir de lo que no se tiene, le podríamos haber rebatido al indigno conferenciante. A propósito, uno de tantos, metido en esa cadena misteriosa que tanto prolifera y que en fechas recientes ha sido denunciada por la Asociación de Consumidores de España. Podíamos situarle en el ejemplo de quienes no pudiendo se cargan de préstamos para ir de vacaciones por el mundo. Ese no es un modo grato, porque le vamos a recordar buena parte del año por lo que nos cuesta y no por lo que nos dio.


Uno siempre viene a parar a los comienzos, a los recuerdos, a la niñez. Esto, dorado con lo otro, si que es un lujo. Uno vuelve al hogar, porque viven aquí sus seres queridos, sus amigos de otros años, sus recuerdos de otro tiempo y no hay nada que cargar, porque el lomo, cuando la amistad es buena, lo ponen los padres con la mejor de las devociones, anhelando recibir a sus hijos, y sentar en sus rodillas a sus nietos, y sufrir, también eso es verdad, durante ese mes de vacaciones, alguna que otra pesadilla, porque, los niños, ya se sabe, son niños, y los viejos ya no tienen el aguante y el humor de aquellos otros años.

Uno viene al pueblo para descargar tanta hora muerta de ciudad, tanto nicho, que alguien llamó, tanta carrera para nada. A llenarse de prado, de río, y de belleza, sin pretender hallar grandes tesoros, para disfrutar de una grata merienda en compañía de sus padres y hermanos.

En el pueblo no se oculta nada; en todo caso, se descubre algo; mucho de lo que nos hizo ser como somos, pensar como pensamos, y embobarnos de cosas simples, con mínimos detalles, hurgando curiosos en la vida de quienes quedaron a este lado, moviendo la brasa de la lumbre para conservarnos el rescoldo.

Cada verano nos da una lectura nueva, pero no muy distinta del verano anterior. Decía un novelista y médico franco-canadiense: "Los años cuentan poco para la tierra que cultivamos y ésta enseña, a quienes dependen de ella, que apresurarse no sirve para avanzar".

Ha pasado el tiempo, lo notamos en quienes nos rodean; muchachos que han ido creciendo, que han tomado responsabilidades mayores; costumbres que han desaparecido, caras nuevas..., pero la tierra tiene imán, tiene poder, y regresamos a ella porque en su interior nos encontramos llenos de nuevo aire, recuperamos fuerzas, repasamos momentos gratos y nos encontramos con otra gente que con las mismas o parecidas motivaciones, han regresado un año más a la montaña palentina.

Acaso no sea este un buen momento para llenar media página de periódico con sentimentalismos, aunque me consta, y eso para mí es muy grato, que hay lectores asiduos, no importa mucho el número, de cuanto en ellas se viene meditando.

Ellos saben la ilusión que produce el contacto con el pueblo y sus gentes, metidos de lleno en las faenas del verano. También se echará una mano, cuando proceda, en compensación por su recibimiento y acogida, pero que nadie nos venga con batallas. Digamos, para adornarlo, que la montaña es un eclipse. Por desgracia, padece el oscurantismo de quienes deben vestir sus carreteras y arreglar su situación, antes de promocionarla por la provincia y por el mundo: Por suerte, posee cualidades que mantienen su imagen tal y como siempre fue; se han coloreado sus calles y sus casas, se han creado panorámicas nuevas, y ahí está el verano como prueba de que esto hace llamada por sí solo, cada vez a más gente, de aquí y de fuera, porque, los pueblos, el mundo, deben abrir sus puertas, procurando estrechar lazos de amistad con otros pueblos, sin olvidar el propio; y que unos aprenden de otros, y respeten su historia. Por suerte, este no es un eclipse que venga y se vaya en unos minutos; no es este un eclipse para el que necesitemos gafas especiales, un billete de avión, o el consuelo de verlo a través de la televisión.

Esta es una tierra bendita, lo digo convencido, a falta de una buena mano de pintura, que incluya muchos de los servicios que ahora sé debaten entre la vida y la muerte.

Esta tierra, la franja de la que hablo, está llena de eclipses que no pueden verse, pero que influyen poderosamente en el ánimo de los vecinos, energía oculta que prende en los visitantes, preguntas sin respuesta que se quedan atrapadas en la oscuridad que aporta la lejanía. Venimos y asumimos como nuestros padres y amigos la apatía que aquí reina, y nos contagiamos de ella. Es el eclipse local; el alejamiento paulatino que la comunicación -dichosa paradoja- ha ido aportando a la convivencia.

Ibiza, y el resto del Sur está quemado porque allá van en tropel las masas. Europa queda más lejos y no está al alcance de todos los bolsillos.. Aquí, como quien dice, a la vuelta de la esquina, está la casa que dejamos, en un pueblo pequeño, donde todos, más o menos, se conocen y se entienden, donde se descarga el agobio y la prisa que la ciudad produce; donde se revive, en familia, un eclipse impuesto también por la distancia.


© Froilán De Lózar para "Diario Palentino"
Imagen: @Pumar59, 2013


sábado, 13 de julio de 1991

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El periodista Santiago Córdoba, que escribía en el diario madrileño "Pueblo", veraneaba en Palencia. De aquí sacaba las notas de sociedad para sus crónicas. Materia, desde luego, no le faltaba. Cuentan que había un hombre en estos páramos, amigo de Manolo Nestar, una historia sin desperdicio, que, dándole un poco de tiempo, comía treinta y cinco kilos de filetes. Y tal fue el interés que el insólito caso despertó, que le llevaron a varios especialistas a fin de determinar aquel extraño comportamiento.


 

La verdad, al parecer, es que el individuo en cuestión evacuaba los alimentos sin hacer la digestión.

Mas, "dime con quién andas y te diré quién eres", un paradigma que a todos se nos viene a la cabeza con frecuencia. Porque Manolo Nestar es más que una leyenda, suena a mito, a fantasía, a aventura medieval. Entré pillaje y cortesía desmesurada, quien anduviera de zagal a sus órdenes podía hacerse famoso contando una por una las hazañas de su señor.

Dicen que alquiló limpiabotas, compró en Bilbao todas las entradas de un teatro, y en Reinosa, cuando se disponía a merendar en compañía de otro de sus amigos, tiró la tortilla al patio porque a la moza se la había caído la moquita en la sartén. Le cuentan jugador empedernido, aunque siempre contento. De una de aquellas jugadas salió con cuatro pesetas en el bolso. Al amanecer se encontraron con un pobre y se las dieron. Por la noche volvieron a jugar y ganó una fortuna.

"Mira, Manolo -se dice que decía-, las pesetas del pobre".

Cuentan (no sé si será verdad todo lo que cuentan), que encargó una cena en "La Venta Santa Lucía", de Vañes, para doce. Y cuando su amigo y él ya estaban sentados a la mesa, y la ventera les preguntó por los otros diez, Manolo Nestar dijo: Ya estamos todos, Mariano Doce, y yo, trece.

Claro está que, algunas veces también le supo amarga su jactancia y estas cosas los contadores no las suelen contar.

A la par, ya lo hemos contado en otras ocasiones, vivió otra gente más frescachona, que con menos alabanzas, ocuparon un lugar importante en las celebraciones de rigor.

Cuentan a este respecto de un indiano al que llamaban don Vicente (porque tenia "din"-dinero). Cierto día hubo un funeral en el pueblo de "El Campo". Entonces se celebraban las memorias y al final una comida.

El indiano, como es de suponer, llegó a la última, y se sentó a la mesa balbuciendo: "Pues... he pensao... que al entierro no puedo asistir, a la misa tampoco; pero a ta comida, he dicho, voy a acompañarles".

Hablando de personajes famosos del contorno, por una u otra razón, no podemos olvidar a "Pocos muchos".

El hombre se quedó con el apodo porque afirmaba que "más valen pocos muchos que muchos pocos". Era un tío muy alto, así le pintan las crónicas. Alpargatero, "judío errante"... Aseguran quienes le conocieron que el Cristo del Otero era como él de alto. Allí no entraba licor, lo fabricaba él como buen químico qué era, y lo vendía con escabeche. Vendía de todo, como "Lobarcio", como "Anita" y como mi pariente "Simal".

"Se venden morcillas de una marrana muy curiosa" -decía un letrero-. Y al otro extremo un cartel entre dos velas : "Documentación para el último viaje".

martes, 9 de julio de 1991

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Me entero por el periódico, en mi visita a San Salvador el pasado fin de semana, de la muerte de Félix, y al instante, me viene a la memoria el breve contacto mantenido con él, unos años atrás, en Cervera de Pisuerga.


 
Fue con motivo del Festival de la Canción que anualmente organiza el Ayuntamiento de esta villa norteña, promovido por Luis Guzmán Rubio y al que asistieron también Claudio Prieto y Felipe Calvo. Casualmente, me pregunta por Félix un joven de Camasobres, Gonzalo, que fuera alumno suyo en la capital unos años atrás. ¿Qué le puedo decir?

"El que lee, sabe. El que sabe, puede". Escribiría Félix en su ensayo "Nacimiento del Periodismo Palentino". Félix Buisán consiguió a su modo y manera esos tres objetivos o principios, sembrando la palabra, dejando la esencia, permaneciendo hoy en la memoria de cuantos le conocimos y admiramos. Aunque no quiero y no debo recurrir a los tópicos aquellos de bueno, serio, responsable, calificativos que sin duda merece, pues mentiría de algún modo al no haberle tratado en profundidad. No siento el dolor que deben sentir sus compañeros y familiares. Nada puedo hacer en este sentido para valorar su personalidad. No obstante, bastaron unas horas para que nuestra amistad se hiciera inmensa; diferente, desde luego, a la vuestra.

El maestro me había conocido por las cartas y artículos que yo enviaba al periódico. Mi insistencia pudo con la barrera que todo medio de comunicación se plantea a la hora de dar salida a una firma nueva. El primer articulo que me publicaron, siendo director Antonio Alamo, iba firmado por Crespo y Froilán, algo que disgustó profundamente al primero, autor de los temas de "La Montaña Palentína",con quien hasta aquel momento mantenía un estrecho contacto. Fue el primer error inocente que vio la luz, acaso por el sonido del apellido del primero o, quién lo sabe, por lo que en el artículo se prometía y que no se cumplió.

Lo cierto es que, a partir de aquel momento, el gusanillo de escribir se fue haciendo más grande, y de los concursos de Coca-Cola a los que me enviaron representando al Instituto de Arrabal de Portillo, en Valladolid, llegué a las pequeñas publicaciones y al Diario Palentino.

Digo que, Polentinos fue testigo, aquella inolvidable tarde, de nuestro contacto, entregados afanosamente a nuestros temas, olvidando en muchas ocasiones al resto de personajes que tomaron la queimada por Felipe. Hoy, a mi regreso, siento la necesidad de esbozar estas líneas, dedicadas a Félix, amante, admirador y cronista oficial de Palencia, y en el fondo, de la Montaña Palentina.

Como viene, se va, digo la vida, que es cosa de bastantes afanes y de poco tiempo. Como brota, se seca, digo la tierra, digo la montaña; contigo se va en pequeños trozos, casi nadie lo nota, ahora que se nos ocurre proponerte para un paseo, para una medalla, para un premio, para jurado de un concurso de pendones y cantos.

Ahora te escribo, desde una tierra sembrada de terror, lejos de la montaña, la nuestra, la tuya, que aspira todavía los mensajes grabados en libros y revistas. ¡Qué mala es la política, amigo Félix! ¡Cómo destroza todo! ¡Cómo se ha revuelto lo que amamos! ¡Cómo han cambiado las cosas y las gentes! Molesta que vengan los de fuera. Molesta que triunfen los del pueblo. Molesta todo y todos y ya no hay una brizna de aire que resulte inocente. Puede que sean los años, la manera de asimilar los cambios experimentados en todos los campos; puede que influya la visión particular de cada uno, pero no quiero desbordarme en tristes contenidos. La montaña palentina tiene muchas lecturas, una es la verdadera, la que todos llevamos dentro, aunque no aflore al exterior por tantos conceptos engañosos.

Era como un adagio sostenuto; un allegro con brío, que afloraba en los Picos de Europa; un andante maestoso que cruzaba Lebanza; en fin, palentinos amigos, un largo solemne que tocaba los ríos Camión, Pisuerga, Pumar, Bilores, Gerino, Areños...

Fue un viaje el suyo provechoso. "¿Tú sabes cómo suenan los paraísos?" escribió en Pemía. "Pues si no lo sabes, coge tu mochila, enfila el rumbo y ven presto a esta hermosa comarca palentina. Sabrás gozar a pleno pulmón, aquella soledad sonora que deseó para los bienaventurados San Juan de la Cruz".

Ya sabemos lo que son las despedidas. No quiero que vean en estas lineas un punto final, un viaje sin retomo. Los buenos siempre vuelven, están cerca, se les invoca de vez en cuando y su palabra vive fresca metida en nuestra piel. "Sartre dejó escrito que: "Un hombre no es otra cosa que lo que hace de sí mismo". Félix hizo lo que deseaba hacer, me consta que fue feliz e hizo felices a los suyos, y que esa felicidad nos alcanzó a todos los que le conocimos. ¿Que no llegó? ¿Y, quién llega? De cualquier forma,a todos nos quedan capítulos pendientes, ahí están bien recientes los casos de José María Rodero y Michael Landon; ahí estamos nosotros, quién sabe de qué modo y hasta cuándo, buscando caminos, trazando teorías; explicando, en muchas ocasiones, cosas inexplicables.


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