El eclipse

Ha pasado el tiempo veloz y llega otro verano al norte, a los pueblos. No hace mucho; en una conferencia, en Bilbao, se dijo que, lo del verano y lo del pueblo era una mentira. Que la gente que tenía pueblo, venía a él porque no tenía dinero para irse más lejos, en avión y de hotel, a ver cosas extraordinarias, a probar comidas exóticas y no a comerle el jamón y el chorizo al pobre padre, y a tirar de su dinero y de su paciencia cargándole con los nietos. No es bueno presumir de lo que no se tiene, le podríamos haber rebatido al indigno conferenciante. A propósito, uno de tantos, metido en esa cadena misteriosa que tanto prolifera y que en fechas recientes ha sido denunciada por la Asociación de Consumidores de España. Podíamos situarle en el ejemplo de quienes no pudiendo se cargan de préstamos para ir de vacaciones por el mundo. Ese no es un modo grato, porque le vamos a recordar buena parte del año por lo que nos cuesta y no por lo que nos dio.


Uno siempre viene a parar a los comienzos, a los recuerdos, a la niñez. Esto, dorado con lo otro, si que es un lujo. Uno vuelve al hogar, porque viven aquí sus seres queridos, sus amigos de otros años, sus recuerdos de otro tiempo y no hay nada que cargar, porque el lomo, cuando la amistad es buena, lo ponen los padres con la mejor de las devociones, anhelando recibir a sus hijos, y sentar en sus rodillas a sus nietos, y sufrir, también eso es verdad, durante ese mes de vacaciones, alguna que otra pesadilla, porque, los niños, ya se sabe, son niños, y los viejos ya no tienen el aguante y el humor de aquellos otros años.

Uno viene al pueblo para descargar tanta hora muerta de ciudad, tanto nicho, que alguien llamó, tanta carrera para nada. A llenarse de prado, de río, y de belleza, sin pretender hallar grandes tesoros, para disfrutar de una grata merienda en compañía de sus padres y hermanos.

En el pueblo no se oculta nada; en todo caso, se descubre algo; mucho de lo que nos hizo ser como somos, pensar como pensamos, y embobarnos de cosas simples, con mínimos detalles, hurgando curiosos en la vida de quienes quedaron a este lado, moviendo la brasa de la lumbre para conservarnos el rescoldo.

Cada verano nos da una lectura nueva, pero no muy distinta del verano anterior. Decía un novelista y médico franco-canadiense: "Los años cuentan poco para la tierra que cultivamos y ésta enseña, a quienes dependen de ella, que apresurarse no sirve para avanzar".

Ha pasado el tiempo, lo notamos en quienes nos rodean; muchachos que han ido creciendo, que han tomado responsabilidades mayores; costumbres que han desaparecido, caras nuevas..., pero la tierra tiene imán, tiene poder, y regresamos a ella porque en su interior nos encontramos llenos de nuevo aire, recuperamos fuerzas, repasamos momentos gratos y nos encontramos con otra gente que con las mismas o parecidas motivaciones, han regresado un año más a la montaña palentina.

Acaso no sea este un buen momento para llenar media página de periódico con sentimentalismos, aunque me consta, y eso para mí es muy grato, que hay lectores asiduos, no importa mucho el número, de cuanto en ellas se viene meditando.

Ellos saben la ilusión que produce el contacto con el pueblo y sus gentes, metidos de lleno en las faenas del verano. También se echará una mano, cuando proceda, en compensación por su recibimiento y acogida, pero que nadie nos venga con batallas. Digamos, para adornarlo, que la montaña es un eclipse. Por desgracia, padece el oscurantismo de quienes deben vestir sus carreteras y arreglar su situación, antes de promocionarla por la provincia y por el mundo: Por suerte, posee cualidades que mantienen su imagen tal y como siempre fue; se han coloreado sus calles y sus casas, se han creado panorámicas nuevas, y ahí está el verano como prueba de que esto hace llamada por sí solo, cada vez a más gente, de aquí y de fuera, porque, los pueblos, el mundo, deben abrir sus puertas, procurando estrechar lazos de amistad con otros pueblos, sin olvidar el propio; y que unos aprenden de otros, y respeten su historia. Por suerte, este no es un eclipse que venga y se vaya en unos minutos; no es este un eclipse para el que necesitemos gafas especiales, un billete de avión, o el consuelo de verlo a través de la televisión.

Esta es una tierra bendita, lo digo convencido, a falta de una buena mano de pintura, que incluya muchos de los servicios que ahora sé debaten entre la vida y la muerte.

Esta tierra, la franja de la que hablo, está llena de eclipses que no pueden verse, pero que influyen poderosamente en el ánimo de los vecinos, energía oculta que prende en los visitantes, preguntas sin respuesta que se quedan atrapadas en la oscuridad que aporta la lejanía. Venimos y asumimos como nuestros padres y amigos la apatía que aquí reina, y nos contagiamos de ella. Es el eclipse local; el alejamiento paulatino que la comunicación -dichosa paradoja- ha ido aportando a la convivencia.

Ibiza, y el resto del Sur está quemado porque allá van en tropel las masas. Europa queda más lejos y no está al alcance de todos los bolsillos.. Aquí, como quien dice, a la vuelta de la esquina, está la casa que dejamos, en un pueblo pequeño, donde todos, más o menos, se conocen y se entienden, donde se descarga el agobio y la prisa que la ciudad produce; donde se revive, en familia, un eclipse impuesto también por la distancia.


© Froilán De Lózar para "Diario Palentino"
Imagen: @Pumar59, 2013


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