Historias de aquí

El periodista Santiago Córdoba, que escribía en el diario madrileño "Pueblo", veraneaba en Palencia. De aquí sacaba las notas de sociedad para sus crónicas. Materia, desde luego, no le faltaba. Cuentan que había un hombre en estos páramos, amigo de Manolo Nestar, una historia sin desperdicio, que, dándole un poco de tiempo, comía treinta y cinco kilos de filetes. Y tal fue el interés que el insólito caso despertó, que le llevaron a varios especialistas a fin de determinar aquel extraño comportamiento.


 

La verdad, al parecer, es que el individuo en cuestión evacuaba los alimentos sin hacer la digestión.

Mas, "dime con quién andas y te diré quién eres", un paradigma que a todos se nos viene a la cabeza con frecuencia. Porque Manolo Nestar es más que una leyenda, suena a mito, a fantasía, a aventura medieval. Entré pillaje y cortesía desmesurada, quien anduviera de zagal a sus órdenes podía hacerse famoso contando una por una las hazañas de su señor.

Dicen que alquiló limpiabotas, compró en Bilbao todas las entradas de un teatro, y en Reinosa, cuando se disponía a merendar en compañía de otro de sus amigos, tiró la tortilla al patio porque a la moza se la había caído la moquita en la sartén. Le cuentan jugador empedernido, aunque siempre contento. De una de aquellas jugadas salió con cuatro pesetas en el bolso. Al amanecer se encontraron con un pobre y se las dieron. Por la noche volvieron a jugar y ganó una fortuna.

"Mira, Manolo -se dice que decía-, las pesetas del pobre".

Cuentan (no sé si será verdad todo lo que cuentan), que encargó una cena en "La Venta Santa Lucía", de Vañes, para doce. Y cuando su amigo y él ya estaban sentados a la mesa, y la ventera les preguntó por los otros diez, Manolo Nestar dijo: Ya estamos todos, Mariano Doce, y yo, trece.

Claro está que, algunas veces también le supo amarga su jactancia y estas cosas los contadores no las suelen contar.

A la par, ya lo hemos contado en otras ocasiones, vivió otra gente más frescachona, que con menos alabanzas, ocuparon un lugar importante en las celebraciones de rigor.

Cuentan a este respecto de un indiano al que llamaban don Vicente (porque tenia "din"-dinero). Cierto día hubo un funeral en el pueblo de "El Campo". Entonces se celebraban las memorias y al final una comida.

El indiano, como es de suponer, llegó a la última, y se sentó a la mesa balbuciendo: "Pues... he pensao... que al entierro no puedo asistir, a la misa tampoco; pero a ta comida, he dicho, voy a acompañarles".

Hablando de personajes famosos del contorno, por una u otra razón, no podemos olvidar a "Pocos muchos".

El hombre se quedó con el apodo porque afirmaba que "más valen pocos muchos que muchos pocos". Era un tío muy alto, así le pintan las crónicas. Alpargatero, "judío errante"... Aseguran quienes le conocieron que el Cristo del Otero era como él de alto. Allí no entraba licor, lo fabricaba él como buen químico qué era, y lo vendía con escabeche. Vendía de todo, como "Lobarcio", como "Anita" y como mi pariente "Simal".

"Se venden morcillas de una marrana muy curiosa" -decía un letrero-. Y al otro extremo un cartel entre dos velas : "Documentación para el último viaje".

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