24 julio 2004

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Muchos años colaborando en la prensa no le dan a uno la razón sobre todas las cosas. Ni tan siquiera, sobre aquellos asuntos que conoce mejor, porque le han preocupado, porque ha vivido cerca, porque parte de su familia sigue al frente del cañón en una época tan controvertida y difícil para todas las partes.

No hemos pedido una tribuna. Se nos ha concedido en base a una serie de normas que le dan en la cara al tío más pintado y que no aparecen escritas en ningún documento.
Mi supuesta valentía o la equivocación que otros entienden en mis juicios, no me aporta ni hormonas, ni dinero negro, ni calidad de vida.

Estoy empeñado —como suele decirse—, hasta las cejas en la defensa y la promoción de nuestra tierra. Ese no es el sueño de la gente normal. Uno nace, juega y se divierte, hasta que, según la tradición y el sentido común, entra en razón, se pone serio y se mete en la coraza suya, de su quehacer, de su negocio, de su familia, de “las casas de sus vidas”, de los “triunfos de sus operaciones”... Y todo lleno de sustantivos dominantes que parecen la fuente y la señal para el futuro de toda vida humana.

Que un niño o una niña sientan a tan temprana edad la llamada del triunfo, tal y como se miden hoy las cosas, y la televisión se llene de hombres y mujeres que a golpe de un vocabulario soez se tiran puñetazos y descarnados mensajes a la cara, y que esas televisiones sean las primeras en audiencia, indica más que nada la degradación y el deterioro de nuestra vista, la pérdida de nuestros escrúpulos, lo que nos lleva a exponer ante el mundo nuestra mísera historia. Porque, qué pueden aportar a nuestra vida, sino resentimiento y frustracción, esas vidas marchitas cuyo objetivo último es el dinero por el dinero, el sexo por el sexo, el insulto por toda respuesta.

Me gustaría dejar claros algunos conceptos, algunos renglones que he notado torcidos, algunas señales que me llegan sin fuerza, como convencidos quienes me las envían de su razón poderosa e inequívoca o, al contrario, de la mía, que es tanto como buscar un mago que propicie mis anhelantes sueños y los suyos y lleve a todo el mundo la razón y la dicha.

Después de tantos años dedicado con pasión y con fe a distribuir el mensaje, sin ser lo que se dice un mensajero de carrera, he percibido el clamor y el reproche de una audiencia que a veces te ve como un pequeño lider, que te supone heredero de voces que destacaron en su lugar y en otro tiempo, que te equipara a los personajes que forman parte ya de la leyenda. Se reirían algunos de los que te conocen y te siguen si supieran la vida tan normal que llevas, las calamidades que como a ellos te acometen y esa dificultad siempre añadida de hablar de lo que no se ve, de escribir siguiéndole la pista a tantas historias como se cuentan en el mundo rural y de las que no se habla en la ciudad donde seguimos prisioneros, enfrentados a un consumismo que nos va sometiendo, que nos absorve por completo, que ocupa casi todo nuestro tiempo, pues casi todo nuestro tiempo necesitamos para pagar tantas comodidades que a base de un mensaje subliminal y repetitivo se nos van pegando al cuerpo y al sentido hasta enamorarnos o enloquecernos, en manos nuestra voluntad de tantos y tantos aparatos como pululan en los comercios, comercios que deben vender a un ritmo frenético para poder seguir mañana abriendo.

¿Por qué has llegado aquí y a quién te debes?, ¿Qué objetivos te planteas?¿Tú crees, de verdad, que un individuo tan corriente como tú, puede influir en la decisión de un tribunal, en el cambio de parecer de un presidente?

Vamos a ver a quién le pone verde hoy –dicen los que te siguen–, qué coño quiere para esa tierra tan vacía de gente, qué va a contar que no sepamos, a quién le importa de verdad las crisis que van estallando a uno u otro lado de la montaña.

Cuando rebobinas y te das cuenta de que estás solo ante el espejo, porque nadie ha entendido de verdad lo que quiera que sea esa obsesión que te domina, porque nadie ha vuelto los ojos de verdad hacia la tierra de la que hablas, porque los de dentro no lo ven y los de fuera ni los importa ni lo entienden, entonces te ves como un muñeco más, al borde de la depresión y del olvido, engullido de alguna manera por esa misma gente que cada noche ve “Crónicas marcianas” y a ti te sigue imaginando desde tu pequeña parcela como una parte más del espectáculo.


17 julio 2004

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Antonio Allende, director de la Coral Mixta de Guardo, me recuerda al Roblón, al camino, a la fuente. El chascarrillo es la constante en la conversación de Antonio. Aún dentro de su menuda constitución, es fuerte como el roble; es cantarín, como la fuente, y hace camino en sus composiciones: camino hacia Castilla, hacia Guardo, hacia la montaña...


Javier Ribas Talens, valenciano, palentino o, viceversa, que obtuvo con “La oportunidad” el Premio Provincial de la última convocatoria del Concurso Internacional de Cuentos de Guardo, nos cuenta a las puertas de la Iglesia de Santa Bárbara, donde tiene lugar el acto de la entrega de premios, la sensación que le envolvía a medida que se iba acercando a la localidad, cómo se le iba llenando el corazón de un algo, de qué modo se le mostraba una tierra distinta de la que no había oído hablar en parte alguna.

Cuando a nosotros nos parece que ya está todo dicho, que el boca a boca ha funcionado; que los medios de comunicación, teniendo en cuenta el bajo índice de lectura que impera, han conseguido trasmitir el mensaje, viene Talens y nos dice que, perdonemos, pero que es la primera vez, que Palencia no suena mucho, que esto parece el camino de otro relato, y lo curioso es que lo dice, si es verdad que lo siente, a las puertas de la montaña, sin haber accedido al corazón de Fuentes Carrionas y haberse dado cuenta entonces de lo grande que es el mundo, de los misterios que te aguardan, de las sensaciones que te esperan al ver la falda del Espigüete desde Alba, o celebrar en las Campas de Puente Agudín el día de la comarca.

Jaime García Reyero, el roble literario, el “cuentor” de Guardo, lleva el nombre de esta villa palentina por el mundo a lomos de este Concurso Internacional que este año le da el galardón a un cubano, Vicente Monzón Ambou. Hay una curiosa leyenda en torno a “Estebita, Dios ceguezuelo”, el relato ganador. Este año los matices son otros: calientes como el tiempo, con lo que, el jurado se ha puesto a la altura de las circunstancias y ahora que “La Sonrisa Vertical” ha decidido dar carpetazo a su concurso, van ellos y abren una ventana al erotismo. Parece que todo el mundo ha respirado ante la decisión mayoritaria de no darle lectura en el templo, ante gente mayor que no hubiera visto con buenos ojos aquella sinfonía erótica de contenido caribeño.

Javier González Vega, voz importante del Grupo Literario, que se atreve en solitario contra los demonios -que ya le han levantado la mano en claro intento de sellar su boca-, (milagro que respire viviendo como dice de la literatura, con lo difícil que es encontrar un jurado que tenga nuestros gustos y que se meta en las historias que enviamos), se muestra como palafrenero desbocado ante un alcalde demasiado recto, a quien le pide, qué menos para una villa como Guardo, un local donde lo mismo pueda presentarse este concurso que dar un concierto la Coral de Antonio.

Lo cierto es que después de treinta años en la parrilla de las actividades culturales, la numerosa participación exige, a mi entender, y expongo, varias medidas:

Se han de incrementar los premios y el número de premiados. Sería justo un primero, un segundo y un tercero e incrementar el premio a un autor local. El jurado es consciente de la sensación tan rara que les ha de quedar a quienes, por norma general, resultan justos y reñidos competidores.

Cuando la calidad es elevada, que no hay duda y el número de participantes pasa de los 500, se hace necesaria una revisión del asunto donde se impliquen seriamente los organismos palentinos y tengan su justa recompensa jurado y pregonero.

Estos cuentistas estarán obligados, residan donde residan, a venir a Guardo para recoger el Premio y, la prensa, la radio, los propios ganadores serán embajadores fieles de esta montaña nuestra, que alcanza con este proyecto que empezó siendo un juego, una dimensión histórica.

Desde 1974, cuando Agustín Gutiérrez, un vecino de Dehesa de Tablares, se alzó con el premio de Slogans turístico que decía: “Ven a Guardo, que te aguardo”, el mismo año que nace la revista “El Roble”, con estos inquietos personajes y otros que no he llegado a conocer, pero que me consta que están ahí y se mueven, Guardo ha tomado un rumbo nuevo.

Que no es bastante, que se necesita más apoyo e inversión, que de su empuje dependen después el despertar de muchos pueblos que sobreviven en el contorno, es algo que todos tenemos asumido.

Guardo ha de ser un clamor constante y permanente y aquí va, si de algo sirve, mi apoyo publicitario, para que mañana ninguno de los autores premiados venga diciendo que Palencia no existe.

03 julio 2004

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[Extraído del Pregón pronunciado en Guardo, con motivo de la entrega de premios del Concurso de Cuentos en 2004]



...Si lo que hemos visto hasta la fecha en Guardo, en Barruelo, en Aguilar, en Brañosera, en Cervera y en todos los pequeños pueblos que forman eso que venimos llamando la montaña palentina es un discurso de intenciones, es una amalgama de alabanzas; si lo que nos anuncian es un Parque Natural metido en una urna de mucho valor a la que sólo podemos elevar oraciones y gracias; si los que viven en estos pueblos durante todo el año, no pueden disfrutar de un hospital como los de Madrid o los de Barcelona, de unas carreteras, de una residencia, de todo aquello que en alguna etapa de la vida es un bien necesario y de justicia, entonces bien podemos decir que carecemos de líderes de la casta de Padilla, Bravo y Maldonado y que Palencia en este último y hermoso tramo de su piel es un mundo que no podrá integrarse jamás en la explanada.

En el verano de 1975, Quirino Fernández publica “El Señorío de Guardo”, el primer libro sobre una villa con más de mil años de antigüedad, pero la investigación más exhaustiva, el rigor, la guinda la pone hace poco más de un año Jaime García Reyero, con un libro donde sale a la luz una larga y orientativa historia de este pueblo. Esto viene a demostrar una vez más –y no lo digo para impresionar a nadie– que la montaña palentina como tal nunca ha existido para el resto del mundo.

En 1987, la Institución Tello Téllez saca a la luz una separata del poeta palentino Jesús Alonso Burgos, donde cuenta los relatos de viajeros extranjeros por la provincia de Palencia durante los siglos XVIII y XIX.

Notables geógrafos, militares, diplomáticos, viajeros de otras épocas que llegados ocasionalmente u obligados por situaciones de peligro como la peste, hablan de una Palencia donde la montaña apenas existe. Algo nos menciona el gran geógrafo de la antigüedad Estrabón que, curiosamente, nunca estuvo en España, pero se guía por el comentario y las impresiones de otros viajeros como Polibio, Posidonio, Artemírodos...

Aseguran que el romano que más se ocupó de los vacceos fue Appiano Alejandrino que, en su obra “las guerras ibéricas” da cuenta detallada de las campañas militares de las legiones romanas en España y donde resalta el heroísmo y el valor de los vacceos del sur.

Algo se comienza a vislumbrar la montaña, muy poco, en autores como Sánchez Albornoz, allí donde se habla de la dilatada y fatigosa repoblación, realizada sobre todo por gente venida del norte y donde se citan pueblos como Báscones de Ojeda, Basconcillos, Bascones de Ebro... etc. Gallegos, Asturianos, gentes del norte que llegaron a estas tierras atraídos por los beneficios que los señores y los reyes concedían a los repobladores y que en buena medida, vienen dados en las behetrías, orígen y fermento del posterior derecho castellano”.

Pero, ateniéndome al consejo de Apeles, no vengo yo a politizar este discurso, sino a recordarles que, a los ojos de aquellos que nos vieron, nuestra tierra es única, nuestra tierra es auténtica, es como una especie de Palencia escondida, reservada para unos pocos ojos, disfrutada por una pocas almas que no ven en la ausencia y el olvido de sus administradores un impedimento para forjar su vida en ella.

Hace unos días, una internauta que desde pequeñita viene todos los años, daba en el blanco de todas las dianas con una frase que lo dice todo y bien podría servir para publicitarla: “Me gusta tanto la montaña palentina, que todo me parece único e imposible de encontrar en otro sitio”.

Vista la impresión tan admirable que despierta, no podemos evitar que exista un cierto temor a proyectar su imagen, miedo a romper con lo que heredamos, con lo que nos queda, con aquello que nos identifica y nos diferencia de los otros.

Pero no podemos seguir mirando atrás si queremos que nuestra tierra siga viva.

Cuando yo hablo más arriba, en los pueblos de la línea divisoria de nuestra provincia, de nuestro orígen cántabro, hay una especie de rechazo, de negación, de miedo, como si nuestro pasado guerrero estuviera enterrado y con él los ancestrales ritos, la tradición del fuego que aún conserva Velilla y tantos juegos y costumbres.

Tal vez la duda sea cada vez más pequeña, desde que en Santibáñez de la Peña aparecieron los importantes vestigios que hablan de un castro cántabro y tres campamentos romanos.

A mediados de abril, en la presentación del libro “Boedo–Ojeda y Ribera” de Roberto Gordaliza y Miguel A.Ortiz Nozal se dijo que con aquella publicación se pretendía recuperar la historia de los despoblados.

Yo pienso que es preferible no perderla del todo para luego hablar de ella, sino hablar de ella, promoverla para que siga existiendo un hilo de vida donde no se pierda nada, un hilo que nos conecte a lo que fue y a lo que venga.

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