sábado, 30 de septiembre de 2006

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Todos los años por estas mismas fechas, el oso se me aparece en mitad del cuaderno. No se crean que es algo programado. Ni es una aparición para incordiar a quienes tanto amor le muestran. No me molesta el hecho de proteger a una determinada especie. Me preocupa y me indigna, insisto en ello cada año, que la atención y el cuidado de ciertas especies prevalezcan por encima de los hombres que habitan estos pueblos.


Me han dicho que se paga muy bien y que van a cazarle.


Estoy de acuerdo; los que maten a un oso, que lo paguen; los que por el tránsito del oso se vean afectados en sus labores, que sean reconocidos y compensados.

En torno al Oso pardo vive la Fundación que lo estudia y lo defiende, recibiendo subvenciones y ayudas importantes de los organismos, pero no he visto en ninguno de sus lemas la importancia de la labor desarrollada por el hombre en estas tierras.

Mientras los vecinos de Muñeca de la Peña piden explicación a tanto desfalco y a la pérdida de tantas cosas en los últimos años; mientras los valles de Santullán buscan una solución a la escasez de agua, a la Junta sólo se le ocurre confeccionar edictos protectores de 32 especies de flora vascular y promocionar sin reservas la conservación del oso pardo.

Desde la perspectiva del ciudadano de a pie, uno percibe estas gratificaciones del Gobierno como campanadas que anuncian la negación del hombre en todos los terrenos de la comunidad por donde pase el bicho. Y el cuidado y la atención de las gramíneas, que han dejado de ser meros adornos para ocupar un lugar preferente en la previsión de nuestros diputados, están llevando a un segundo término el debate de la despoblación.

A los hombres no se les puede convencer así de las ventajas de vivir en esta tierra abandonada. ¿Cuántos habitantes quedan en la montaña palentina? Treinta mil, según el último censo publicado este año y teniendo en cuenta a las villas principales. Pues sepan ustedes que hay trescientas plantas en peligro de extinción que les traen de cabeza a nuestros representantes.

Cita el escritor Javier Reverte que las preocupaciones esenciales de los seres humanos son las mismas en todas partes: el amor, la supervivencia, los hijos, la muerte, la otra vida... Aquí, vengas cuando vengas, gobierne quien gobierne, las preocupaciones son esas y las especies en peligro de extinción. El hombre no figura. A los hombres que hay se les aplaca con una buena lista de proyectos y previsiones, artimañas que ya no convencen, por lo que los pueblos, irremediablemente, se despueblan. Y las cifras asustan. A mediados de diciembre del pasado año, la población desciende un 22,4% en los municipios mineros de la montaña palentina. La provincia de Palencia es la que más habitantes ha perdido de toda España en los últimos trece años. Castrejón, Mudá, Santibáñez, Dehesa, Barruelo, San Cebrián... son los grandes perjudicados con mermas del 30 al 40%.

Pero el ejecutivo está contento porque no se podrán cortar alegremente los lirones y se atajarán los males que están haciendo desaparecer a la “Androsace Cantábrica” del Valdecebollas, al “Retrocoptis grandiflora” de la Peña Redonda o al “Echium cantabricum, una rara vivorera con presencia en los terrenos de Piedrasluengas.

Ya resolveremos más adelante lo de la despoblación. Ahora lo que nos interesa de verdad es la botánica.

sábado, 2 de septiembre de 2006

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Junto a cuatro instantáneas: una calle de Cervera, un lugar en el Valle de los Redondos, el impresionante Curavacas y la Iglesia de Santa Eufemia, de Cozuelos de Ojeda, aparecen dos bocetos de nuestro insigne dibujante.
En uno de los dibujos se muestra la colegiata de San Salvador de Cantamuga, cuya imagen antigua adjunto al redactor tal y como me la remite –recuperada de algún archivo y desde Barcelona– mi buen amigo y fiel seguidor de esta serie, José Luis de Mier.


Los promotores de este simbólico cuadernillo, en inglés y castellano, describen la llamada de la tierra y la hermosa tarea de recuperar el nombre de los lugares, apoyados en el esplendoroso románico que se congrega en veinticinco kilómetros a la redonda, parajes donde trancurrió su infancia y noble tarea que él mismo asume, aún a riesgo de sufrir el vituperio y las calumnias de quienes sólo quieren ver en él protagonismo. Y lo que es más grave aún, a falta como estamos en esta tierra de empuje y dinamismo, aquellos que cegados por no sé qué demencia pretendieron negarle lo que ya es evidente: su pasión y su entrega a una de las causas que empujan al mundo hacia esta tierra: uno de los mejores románicos de Europa.

Transcribo el pensamiento que estos editores de la red recogieron de manos de Peridis: “Allí estaba el manantial que nos proporcionaba el agua, la huerta que nos daba la fruta y las patatas y un sitio privilegiado para los juegos infantiles. Luego estaba Cervera de Pisuerga, que era nuestro lugar de paso cuando íbamos a Los Redondos. Aunque mi afición e inquietud tanto por Cervera como por Aguilar vino posteriormente, casi de rebote, al estudiar arquitectura”.

Personalmente, creo que Peridis se ha centrado sobre todo en Aguilar y aunque se habla de una Asociación que reconoce y promueve el Románico, se ha olvidado un poco de los pueblos: sin ir más lejos, ahí está el ejemplo de los problemas que ha venido arrastrando la Iglesia de San Salvador, tan ponderada y reconocida en libros y catálogos, y tan cercana a los campos donde jugaba en su niñez el que llegó a ser lo que soñaba: caricaturista.

Peridis, que puestos a elegir, elige el valle de los Redondos para ver, para sentir, por aquello de las raíces, por los prados, por los montes, por las choperas y los ríos, vuelve hacia sus orígenes, sobre todo, hacia los orígenes de esta tierra –y así lo anota en el cuaderno- cuando percibe desde la lejanía los hermosos e idílicos paisajes que se vislumbran al llegar a Aguilar, y que invitan a la tranquilidad y a los recuerdos.

Soy consciente de la diferencia que nos separa a ambos. No hay un deber escrito ni pactado que nos obligue a promocionar esta tierra, más que aquello que como tal deber entienda cada uno, cuestión que deben entender sobro todo quienes viven en ella. No es obsesión por recibir medallas y agasajos de nadie; en todo caso manifiestos contrarios y pullazos. Pero tenemos claro, como escribió Gustave Flaubert que, “un corazón es una riqueza que no se vende y no se compra, sino que se da”. Y eso es lo que más o menos hemos hecho.

Creo que Peridis, desde l autoridad que le confiere el conocimiento, ha hecho que descubramos y valoremos un mundo nuevo en unas aldeas casi muertas. A través de su apoyo y al margen de su aprobación definitiva, podemos considerar a nuestro Románico Patrimonio de la Humanidad, avalado por miles de ojos que se han sentido transportados también al fuego de otras épocas.



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