Orujo

Trillayo es un pueblecito de Cantabria, cerca de Potes, que en algún momento de la historia -según cuentan los archiveros- formó parte del condado de Pernía, lo mismo que Lobeña, Bárago y Cotillos, entre otros muchos que se citan. Allí nació un buen amigo, compañero de estudios en Laguna de Duero y allí asistí por primera vez al proceso del orujo casero, muy cerca de la fábrica que aún con la sencilla alquitara de cobre tradicional lo hace y comercializa en Tama.




A estos pueblos bajaba con mi padre en el otoño a por aquellas manzanas que los especialistas cuentan entre las más perfumadas del mundo, aludiendo al excepcional y famoso microclima de la Liébana.

Muchos expertos y otros aficionados serios han hablado del proceso en sí y sería cuestión de remitirse a ellos para que nos explicasen con detenimiento todos los pasos, pero más allá de la Denominación de Origen, para un producto que siempre se hizo en la clandestinidad por razones legales y fiscales vengo a mencionarlo aquí por el especial arraigo que siempre alcanzó en las zonas de nuestra montaña donde no faltaba nunca por San Martín un plato de galletas y un buen vaso de orujo. Todavía hay gente que lo primero que hace por la mañana cuando se levanta es tomarse una copa de orujo.

Aquí nadie se ha planteado la forma más correcta de tomarlo: Un periodista hacía alusión recientemente a la escuela purista de Francia, donde se considera pecado el servirlo frío. Algunos restaurantes utilizan copas alargadas que se introducen en pequeños recipientes donde, a su vez, se acumula el hielo en pequeñas partículas. Otros establecimientos enfrían la copa a petición de los clientes, o la botella y la moda del "chupito" se ha extendido a los aromas nuevos, penetrantes, sabrosos, de pera, manzana, cereza y frutas en general; de café, de té, de flores... etc. Dicen los que están metidos en la cata que el oficio de aguardenterio ha ido desapareciendo paulatinamente y que aquella elaboración casi a escondidas de un producto tan característico ha ido dejando paso a la modernidad, de la que se derivan estos nuevos licores que atrás hemos citado.

A pesar de todo, teniendo en cuenta que la gastronomía no es el asunto peor tratado -pues tenemos fama de dar buenas comidas-, cito al orujo como instrumento mágico al que con frecuencia recurrimos para liberarnos de la distancia.

La copa de orujo era lo que habitualmente encontrábamos los pequeños al levantarnos, sobre la mesa y no para nosotros, naturalmente, sino para el padre, para los invitados, para iniciar con buena marcha la matanza del cerdo.

La copa de orujo es, treinta años más tarde, la que nos lleva por caminos que ayer recorrimos, rememorando acontecimientos que pasaron, viendo cómo ha pasado el tiempo sobre los rostros que en realidad nos acunaron, pero no vayamos más allá porque nos salimos dei asunto.

Lo que quería decir, creo que ya lo he dicho.

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