Un Okupa en su casa


No se preocupen. Soy consciente de que todo lo que escribimos aquí no sirve para nada. Bueno, casi para nada. Cada uno se desahoga de una forma y aprovechando este hueco que me brinda el diario, es natural que me desahogue en la medida que mejor entienda, con el planteamiento de historias cercanas, de manera que, aquellos que tienen la paciencia y el gusto de seguirme, recogan lo que puedan la lección, si la di; me perniquebren si no la di como es debido o me dejen sin más en el olvido.

La madeja de hoy tiene hilo abundante, perdónenme si me lío un poco al descifrarla. En el diccionario de quienes se dedican a entrar a vivir en las casas ajenas, hay una normativa que parece indicarnos al resto de los mortales –la mayoría hipotecada de por vida para adquirir una vivienda–, que hemos perdido el tren de la realidad, que somos torpes esclavos de las estadísticas y que, apegados como estamos a las normas que rigen, nunca entenderemos su postura y su necesidad, a menos que recibamos un zarpazo de quienes operan bajo esa filosofía que el común de los mortales entendemos por allanamiento puro y duro.

Pero entrar en un local o en una casa es legal todavía para los okupas, argumentando que lo único que hacen es llenar espacios vacíos que adornan con su creatividad, argumentando que les asisten los derechos básicos a los que tiene derecho todo el mundo y que, una vez dentro, los propietarios no les podrán desalojar sin llevar a cabo algunos procedimiento legales. El Servicio de Asesoría Okupas (manda huevos) tiene un montón de listas de casas vacías y aconseja la prudencia a la hora de fijar los ojos en una determinada vivienda, tener abastecimiento de gas o luz para que no puedan tan fácilmente acusarles de robo y mandarse una carta a sí mismos a la nueva dirección, como prueba fehaciente de que el individuo reside allí mismo y, por extensión, por suposición, por raciocinio, la policía que es tonta deduzca que aquello es suyo. Sus abogados ya les han tranquilizado al respecto de que si están físicamente ocupando la vivienda cuando llegue la policía o traten de desalojarles por la fuerza, se les podrá llevar a juicio. Asímismo aconsejan que no abran la puerta a los agentes y, en todo caso, si insisten mucho, hablen con ellos a través del buzón o desde la ventana y les tranquilicen al respecto, explicándoles que no se trata de ningún ladrón, que están viviendo ahí porque no tienen ningún otro sitio. Y añaden: “Hay que ser educados, pero firmes con ellos”.

Yo comencé a darle vueltas a esta madeja, cuando en octubre del 2005 un grupo de okupas en la ciudad granadina de Fun expulsó a 20 familias de sus casas. Y he seguido tirando del hilo hasta que hace un mes, en Cataluña, un propietario esperó a que salieran los que se habían alojado en su piso y colocando cerradura nueva les fue a pagar con la misma moneda, recuperando así un piso que era suyo, que parecía suyo, que, probablemente, los jueces hubieran resuelto en un plazo de meses, después de gastarse un buen dinero en abogados, que era suyo; que tranquilo, paisano, que la ley es lenta pero segura, que no se puede hacer nada contra los que pacíficamente toman lo que es de uno, y no desean otra cosa que entrar a vivir en una casa que un día encontraron vacía y medio abierta.

Imagen: Taringa
© Froilán de Lózar para Diario Palentino


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