El mejor tesoro


En otro artículo de esta misma serie mencionamos la cueva del Neredo, en Lores, donde los vecinos buscaron en otro tiempo una caldera de oro, ayudados por una adivinadora de Santander que aquí perdió el olfato y las supuestas dotes. La misma curiosidad que años antes le había llevado a un sacerdote a entrar con un brazo de velas que se le agotaron, regresando al pueblo con las manos vacías. Una historia similar me la transmitió Francisco Pérez, de Polentinos, pueblo en el que se suscita “la leyenda de la piel de toro”, que rezaba así: “A la orilla de un camino, cerca de una fuente, está enterrada la piel de un toro llena de oro”.

También los vecinos de este pueblo, próximo a Carracedo, se toman la leyenda al pie de la letra y la buscan en dos lugares: la fuente grande, cerca de Vañes, que mana al lado de un camino y en el terreno denominado “los salguerales”. A mediados del pasado siglo sus abuelos les cuentan la película que describe los hechos. Cómo fueron llamados los vecinos a huebra y cómo, después de un resultado negativo, algunos siguieron buscando por su cuenta y riesgo, analizando los hoyos, revisando las fuentes, examinando cuidadosamente los lugares que se citaban en un papel anónimo...

Llevado por la curiosidad le pregunto a mi pariente e interlocutor sobre el reparto del tesoro, caso de haberse hallado. ¿Tenía intención el pueblo de dar parte a las autoridades del hallazgo? ¿Se hubiera repartido el porcentaje que en justicia se estima para quienes lo hubiesen encontrado? ¿Pudo algún chistoso lanzar ese bulo para que el pueblo se pusiera en movimiento?

El Académico Gonzalo Alcalde, que es ya un referente obligado para buscar la etnografía y el devenir de estos parajes, habla en el libro de “La montaña palentina” dedicado a “Pernía”, del tesoro que encontraron Eusebia y Tomás Roldán en 1937, en un lugar entre Valsadornín y Gramedo. Leyenda que tomó vida en la mano de María Valentina Calleja, y sobre la que realizó un estudio publicado en el núm. 42 de la Institución Téllo Téllez de Meneses. El Tesoro, que llega al Museo Arqueológico de Palencia en 1951, considerablemente diezmado, después de haber pasado por muchos sitios, se componía de una vasija en mal estado de conservación que contenía un gran número de monedas (la autora estimó la cantidad inicial en diez mil), añadiendo que su ocultación pudo tener lugar no antes del año 270 d.C.

Tampoco me ciega un interés desmesurado por ahondar en historia que fueron desbrozando diversos autores, empeñados en dar a conocer nuestra forma de vida. En buena teoría dichos intentos deben asimilarse como sinónimo de actividad, como reducto donde se suscita un permanente encanto, como lectura de unas comarcas ricas en tradiciones. He de señalar que miro a estos rincones y hablo de ellos con la intención de ponderar la labor de quienes los habitan; que si bien nunca se hallaron los tesoros que dicen escondidos, no se pierda el mensaje que habla de los lugares como villas, de las victorias contra el moro, del Conde Rodrigo Gustios (condado de Polentinos) de Diego de Colmenares (canónigo que fuera de la colegiata fundada por Elvira).

Amo y venero esta tierra. Escribo en sus lomos como los muertos que tejieron su historia, como los vivos que alimentan su hado; como los emigrantes, condenados de por vida a añorarla de lejos. Lo mismo que la revisión de una película o la segunda lectura de un buen libro, uno encuentra siempre puentes nuevos y se atreve a cruzarlos. Si hubo algún desliz, si alguna falta trascendió, les ruego que no lo tengan en consideración, porque, al final, sólo importa la esencia que dejamos, que es una gota importante de la esencia que sobre la piel de estas comarcas anotaron los nuestros.

Si tendiéramos una pizca las manos hacia el amanecer de nuestras vidas, encontraríamos un tesoro. No es un tesoro para guardar en un museo. Es una historia para que el mundo conozca la existencia de un pueblo y nuestro futuro depende mucho de cómo se lo contemos a los demás, pidiendo a lo organismos lo que sea preciso para llevarla a término y poder entregársela limpia después a todos aquellos que quieran disfrutarla.


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