La joya herida

Mucho se ha escrito sobre la Colegiata de San Salvador de Cantamuga. Su fundación por la Condesa Elvira en señal de agradecimiento –dice la leyenda– al milagro que devuelve lo sentidos a la criada para que grite la inocencia de su ama y señora. No en vano, la condesa fue conducida por la zona más agreste de la Peña Tremaya, cuando el conde estalla en celos.



Es de dominio público que la leyenda es un camino para explicar un hecho, pero presumo que muchas de las lecturas que se tejen en torno a las historias de estas comarcas, vienen arañando en buena medida la veracidad, pues parten de un castillo que los historiadores y etnógrafos aseguran que existió en la cima de la peña, cuya parte posterior muestra la agresividad que luego citan los cantores y donde sólo un milagro parece evidenciarse, caso de haberse realizado la travesía en una noche infernal, con todos los elementos en contra, incluyendo a la mujer que le da como guía para llegar hasta la base sin sufrir un eprcance, en palabras de la sordomuda.

Pero, si nos ceñimos al relato, es el conde, quien, arrepentido por su desconfianza, manda labrar la iglesia, la colegiata, la joya herida. Tal debe ser la urgencia que dicho arrepentimiento le depara, que la obra se realiza en un mismo instante cronológico, sin pausas ni retrasos.

Siempre me ha guiado el espíritu aventurero de los primeros pobladores. Esta impresión alcanza de algún modo a todos aquellos que hoy se acercan a contemplar las obras que legaron. Por ejemplo, el Monasterio de Santa María la Real (822), el monasterio cisterciense de San Andrés de Arroyo, fundado en 1185 por doña Mencía, o el cenobio de Olmos de Ojeda, fundado por su padre Alfonso VIII en 1186. En el año 1123, Alfonso VII el Emperador, concedió al obispo de Palencia el señorío eclesiástico de Polentinos y la iglesia de San Salvador de Cantamuga. En 1181, Alfonso VIII de Castilla, confirma y amplía las donaciones de su abuelo, concediendo la villa de San Salvador y al mismo tiempo la transformación en monasterio de la que sólo era iglesia, en compensación al obispo palentino Raimundo. Su carácter monasterial parece intuirse por la existencia de dos puertas: una al mediodía, para los monjes, y la otra al poniente para las gentes de la villa.

Los principales elementos arquitectónicos empleados, como corresponde a la corriente del románico, son arcos de medio punto, bóvedas de cañón, columnas exentas y molduras robustas, lo que confiere a los edificios un carácter austero y de recogimiento espiritual.

Yo quiero hacer aquí historia y denuncia. Lo primero porque te obliga a recordar los personajes que vivieron entonces y, lo segundo porque te lo demanda el estado actual en que se encuentra. Ya en 1981, en un artículo que remitía al periódico, hablaba de la penosa situación de su espadaña, restaurada en 1926. Hace unos meses, los sacerdotes y la juventud de La Pernía, mandaron confeccionar camisas y pañuelos con un escueto mensaje por encima de la imagen de la colegiata: “La joya del románico”.

Y si llama la atención su altar, sostenido por siete columnas delanteras y otras tantas en la parte de atrás, sorprende la esbeltez de su espadaña, formada de tres cuerpos iguales y cuatro troneras.

Uno no sabe hasta qué punto un monumento como el nuestro llega a esta fase de dejadez y de abandono: una campana cayó hace unos meses encima del coro, abriendo una grieta por donde se cuela el agua. Otra campana está cediendo. Sólo se pude utilizar una y da miedo tocarla. La joya, que refleja la importancia de estos apartados lugares y que ahora mismo la refuerza, asiste desnuda al homenaje y la admiración de los visitantes. Seguro que percibe las palabras de los críticos, los folletos de los encargados del Patrimonio castellano, las fotografías de los turistas, la disculpa del obispado; la pena, en fin, de los lugareños que han comenzado a valorarla impesionados por tantas buenas palabras como de ella se cuentan en todas partes.

La joya, que mira sorpendida hacia sus feligreses, porque no ve en ellos una demanda seria. La joya, que mira preocupada hacia sus sacerdotes, que no encuentran al responsable idóneo y comprometido que mueva urgentemente dados para evitar aquel estado lastimoso.

La joya, que se mira a sí misma y se desconcha, temiendo cada cierto tiempo una rotura, incapaz de asimilar que estemos condenados en esta tierra nuestra a pregonar caminos que no existen y joyas que parecen a propósito desprendidas de aquel fulgor que puso quien mandó levantarlas.

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