La Casona de "El Campo"

Hubo en el pueblo de El Campo una casona o casa solariega construida en el siglo XVIII, cuyo propietario a mediados de esta centuria era Santiago Gómez Inguanzo, miembro de una influyente familia perniana, de la que en tiempos ya más recientes otro miembro, Ángel Gómez Inguanzo, fue diputado a Cortes y también presidente de la Diputación de Palencia en 1911-1913, llevando su nombre una plaza de Cervera de Pisuerga.



En 1758 Santiago Gómez Inguanzo vendió la casona y otras heredades en El Campo a Domingo de Rábago Gutiérrez, natural de Lombraña, Polaciones, y futuro conde de Rábago, por una suma total de 243.600 reales, según consta en documentos de la Real Chancillería de Valladolid. La casona, además del edificio principal, tenía como anexos una capilla dedicada a San Antonio y varias caballerizas y corrales, construidas estas edificaciones rodeando una explanada o plaza abierta por el lado sur.

Domingo de Rábago había emigrado a México hacia el año 1748, regresando temporalmente a España en 1758, cuando adquirió las heredades mencionadas. Posteriormente se estableció definitivamente en México y en 1774 Carlos III le otorgó el título de conde de Rábago, falleciendo en el año 1786.

Tras su fallecimiento, se entabló pleito por la posesión de los bienes radicados en El Campo: María Josefa Peinado, viuda del conde, aducía ser de su propiedad exclusiva como compensación por la dote aportada al matrimonio, mientras que otro miembro de la familia Rábago, José Antonio de Colosía y Rábago reclamaba su posesión efectiva, alegando que debían estar vinculados a un mayorazgo cuyo heredero había de vivir en España y no haciéndolo ningún heredero directo del conde, debía pasar al descendiente con mejor derecho que residiese en España. La resolución del pleito en 1822 parece que dio la razón a la condesa, quien había otorgado poder a José Antonio de la Fuente, vecino de Lerones, Liébana, para formalizar la venta de los bienes de El Campo a Miguel Mateo de la Parra, del pueblo de Aceñaba, también en Liébana.

Posteriormente la casona debió de pasar a manos de personas poco interesadas en mantenerla, por lo que terminó siendo abandonada; se conservaron los corrales y las cuadras, los “corralones” como se conocían en el pueblo y también se conservó algún tiempo la capilla o “ermita”, pero finalmente también desapareció, derribada para construir en su solar la nueva escuela.

Y este fue el fin, más bien triste, de la casona, cuyas últimas ruinas llegamos a conocer y de la que el “Diccionario” de Miñano de 1826 decía que era “un magnífico edificio…cuya piedra hermosea la fachada por ser sumamente lustrosa”, aunque erróneamente atribuye su construcción al conde de Rábago, que, como se ha visto, la adquirió ya construida.

Texto: Valentín Ruesga
imágenes: JL Estalayo

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