El Románico plantea también, qué duda cabe, una constante advertencia a la hora de interpretarlo. Pero no sólo para nosotros, los profanos, sino, de manera especial, para los historiadores. En uno de los últimos viajes, buscando por curiosidad el nacimiento artístico de Juan de Piasca, llegamos a esta localidad lebaniega a pocos kilómetros de Potes. El viajero se alimenta de todas las dudas que atesoran los críticos. ¿Será un beso? ¿Será un consejo? Se atreve a interpretar los lances del maestro. Allí todo lo que sabe a románico proviene del taller de Covaterio (1172), primer maestro conocido en Cantabria y, probablemente, maestro a su vez de Juan de Piasca, sino es el mismo. Talleres y maestros que utilizan el libro de modelos de quienes trabajaron en el entorno antes que ellos.
Será en el límite mismo de nuestra provincia, en la localidad burgalesa de Rebolledo de la Torre, donde firme el maestro allá por el año 1186, el renombrado pórtico de la iglesia de San Julián y Santa Basilisa.
Algunos autores, después de tantas dudas como a todos nos provocan las figuras de estos pórticos, no dudan en calificar a Covaterio como el mejor de los que trabajan en Cantabria que, aunque es objeto también de críticas despectivas, otros le tildan de soberbio y minucioso. A mí me gustaría también desde este pequeño espacio, rendirlos gratitud a todos lo que, como aquellos, dijeron tantas cosas en tan poco espacio, entre tanto silencio. Me quedo con la pregunta de una navegante del románico: ¿Cómo puede un trozo de piedra decir tanto?
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