Sobre el condado de Pernía (III)

Estos días que todos miramos la complicada situación política de nuestro país, viene bien recordar el Concejo rural al que Laureano se refiere en última instancia, que nace espontáneamente, para mantener y ordenar en común su propia y peculiar economía.


En sus Ordenanzas se encontraban apartados referentes al cuidado de las cabañas por medio de las llamadas "vecerías"; el nombramiento de los guardas; la imposición de multas por tender ropa en prado ajeno, o perder los aparejos de pesca si alguien era sorprendido pescando con esparabel o a mano. Tener surtido el despacho y dar buen peso, norma que se les exigía a quienes cogían la subastan de panadería o carnicería, y de igual forma los taberneros que han de sujetarse a las leyes aprobadas en Concejo, abasteciéndose -según nuestras Ordenanzas- en el Infantazgo de Ampudia, Madrigal o Tordesillas y con la obligación de vender el vino al precio que dictasen los regidores. Decía la Ordenanza hecha verso por nuestro poeta local Gabriel González:

El que haga de tabernero
en esta villa y Concejo
habrá de dar vino nuevo
a igual precio que lo viejo.

Las poblaciones rurales tenían en el Concejo una figura democrática, formando parte del mismo todos los hombres libres que eran convocados periódicamente a Asamblea mediante campana tañida para tratar los asuntos de interés general.

En un interesante ensayo el jurisconsulto e historiador español Eduardo de Hinojosa habla de las frecuentes y enconadas luchas que se libraban en aquellas poblaciones donde mandaba el señorío eclesiástico, luchas que no se daban en aquellos pueblos donde el poder residía en los Señores, pues apenas tenían roce con ellos, bien porque residían en la Corte, bien porque estaban guerreando. Los señores eclesiásticos, por lo general, residían en las poblaciones de su jurisdicción y los conflictos eran frecuentes, y en muchas ocasiones violentos,  cuando trataban de defender sus privilegios o prebendas ante los Concejos.

Posiblemente la ausencia de luchas en un territorio como el nuestro, mayoritariamente gobernado por los obispos, se debió a que tampoco estuvieron allí, utilizando la Abadía como residencia de verano, tal y como la conocimos nosotros en el pasado siglo.

Cuando el actual Conde de Polentinos me remitía una carta para felicitarme por el libro de "Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería" me sorprendió mucho, pues los Condes no salían bien parados. Así se lo expuse en mi contestación y ya no recibí más cartas suyas.  Una cosa es la historia, lo que fue, lo que hicieron, y otra bien distinta el abuso de poder y el olvido en otras ocasiones  hacía la tierra de la que eran abanderados. El mismo olvido que -según entiendo yo- ejercieron los obispos palentinos, intitulados condes, aunque sin reconocimientos nobiliarios.

De la sección "La Madeja", para Diario Palentino.

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