Antropología de la ferocidad




Un miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, se desplazó en la década de 1970 a las tierras de Liébana, cerca de nuestra provincia, para elaborar un estudio profundo de lo que el autor denominó “rara pureza”; “una estructura económico-social, una cultura y una ecología perfectamente tradicionales en los pueblos del norte de España”. Javier López Linage, que estableció en Bárago su cuartel general, ya dedujo entonces que sus reflexiones sobre aquella forma de vida podían ser aplicables, con leves matices, a todos los pueblos lebaniegos ya muchos otros de toda Cantabria. Aprovechando dicha coyuntura, iremos más lejos, para afirmar que tales definiciones nos alcanzan: la belleza es un caudal inagotable y no debemos olvidar que conservarlo ha supuesto un enorme sacrificio en los lugares donde no han sido buenos los accesos, han sido muy duros los inviernos y el censo de población –pese a las perspectivas turísticas que ahora se barajan– sigue descendiendo.

“Dónde irá el buey que no are. A Piedrasluengas” –dice el refranero que rescataba en estas mismas páginas el escritor palentino Germán Barrio–. Pero, aunque parezca increíble, también el buey araba en aquellas pendientes donde los terrenos arcillosos de nuestra tierra van encogiéndose para dar paso al micro clima de la Liébana. Esa luminosidad que deslumbra a los investigadores, es la que surge casi en los límites de nuestra provincia, a un paso de “La Venta Pepín”, primera posada que se alza en territorio vecino y donde tantas veces reparamos las fuerzas al subir de las ferias de Potes, citas a la que acudían todos los lunes del año nuestros ganaderos y comerciantes; lugares y gentes que tantas huellas dejaron y comunicación que sigue viva entre actuales pobladores de ambos lados.

El investigador Eutimio Martino, en el libro “Roma contra cántabros y astures”, publicado en 1982, ya hace referencia a las “deslumbrantes prestaciones de los picos”, y de cómo los indomeñables fueron conquistados por la mitología; el investigador entiende que, al bautizarles con el mito del “escondite de Europa”, los romanos modulan a su manera aquello mismo que hizo exclamar a los cántabros que antes habían de subir al Vindio las olas del mar que no las armas de Roma.

Estrabón, que estudió en profundidad las costumbres de los pueblos del norte, y al que hacen contínua referencia los investigadores actuales, hablaba de la bellota como alimento fundamental las dos terceras parte del año. Después de secar, la trituraban y molían y con la harina se elaboraba un pan que se conservaba durante largo tiempo. Dice Estrabón que, “los montañeses, en general, cuando obtenían ciertas cantidades de vino, reunidos todos los parientes lo consumían presto en común”. Respecto a las jerarquías en estos pueblos, se sabe que comían sentados en bancos adheridos a los muros de las casas, o en círculos alrededor de la comida, pasándosela unos a otros y ocupando puestos según edad y dignidad.

Nuestros antepasados, que vivieron colgados de esa ferocidad o esa “rara pureza”, ajenos a cualquier tipo de homenaje, son dignos merecedores de nuestro estudio, amén de las consideraciones que los técnicos estimen oportuno concederles. Con esa misma premisa abre uno de sus libros Gonzalo alcalde: “una de las muestras de salud cultural de cualquier sociedad civilizada, se mide por el respeto y el conocimiento de su más lejano pasado...”

De este modo, la lectura nos lleva a la reflexión y al entendimiento e muchas cosas que en su día nos costó asimilar, porque se trataba de hsitorias partidas, datos incompletos, nombres cifrados, acaecidos semiocultos; una serie de pequeños secretos que ellos mismos guardaron sin sospechar que llegarán un día a ser considerados por las generaciones futuras.

Un día llega al pueblo un periodista, un individuo que se presenta como manager de una casa discográfica, un etnógrafo; simplemente un turista curioso, y una pequeña conversación con un vecino le convence de la historia dormida que entremuros se guarda.

Resulta que aquella mujer que mira embelesada hacia las portonas del corral tiene una historia que va desgranando despacio para nuestro regocijo y por esas cosas de la metafísica se perciben con mayor nitidez aquellas vivencias primeras, hay una parte del cerebro encargada de archivarlas, destruyendo, no sé por qué motivo, los acaecidos más recientes.


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