El viaje vertical

Hay preguntas que cuesta mucho trabajo hacerlas. Preguntas que uno lanza a los demás. Preguntas que uno se hace a sí mismo. Preguntas como se hacen los personajes que toman vida en “El viaje vertical”, la novela de Enrique Vila-Matas. Y aparecen las interrogaciones como una demanda, para que preparemos un camino que a todos nos conduce hacia un final imprevisto, también obligatorio; de cualquier modo, impresionable.



Qué será de su vida, como si estuviera lejos el momento de preguntarnos cada uno por la nuestra, para recomponer así esos trocitos rotos, la crisis emocional, el arrepentimiento por aquello que fue como nunca deseamos que fuera.

En ese vagabundeo por la memoria, yo me acuerdo mucho de la gente. Muchas veces escribo a su dictado y aprecio en su carácter una especie de revulsivo que les da fuerzas para combatir la irritabilidad, esa clase de asma que provoca el rechazo en otras personas, acostumbrados estos paisanos míos al aislamiento, a la galería, al pastoreo; hecho el hombre a la medida de estos lugares, donde en más que en ningún otro sitio es necesario el acopio de alimentos y materias para corregir en lo posible las carencias que en el mundo rural se manifiestan.

Yo quisiera recuperar aquí una historia. La respuesta de un hombre que perdió el juego de la rodilla siendo joven y se le conocía por “el cojo”, para diferenciarle de otro Jesús que había en el pueblo.

La semblanza de un hombre que ya de niño pensó vivir aquí, pese a las condiciones más adversas con las que, seguramente, sus familiares le advirtieron para que cediera en su anhelo y volviera a su casa. Porque Jesús vivía en Vega de Bur, el pueblo de La Ojeda donde había nacido, pero a él le gustaba Polentinos, el pueblo de su padre. Le gustaba tanto que, siendo un rapazuelo todavía, ideó la manera de salir de Vega de Bur, tomando como referencia el cueto. Libró a pie, más o menos en línea recta, los kilómetros que le separaban de aquella montaña y sin aviso previo se presentó en casa de sus tíos. La misma casa donde tantas historias me transmitió después, cerca del barrio de “la corralada”.

Yo le conocí antes (una vez que había hecho realidad el sueño de quedarse en la montaña), cuando bajaba con el burro a buscar mercancías a nuestra casa. La imagen se me quedó grabada y forma parte ya de ese cúmulo de impresiones que uno no sabe bien por qué razón se potencian a medida que pasan los años; se nos representan, nos motivan, nos hablan de aquellas vidas que nadie conoció, que nadie difundió, como si las vidas formaran parte de aquel agreste mundo y debieran seguir por tanto en el anonimato. Recuerdo que me sentaba en una piedra situada en la esquina del almacén (piedras que se colocaban en las esquinas de las casas con objeto de protegerlas de los carros) y me quedaba allí un buen rato, fija la vista en el camino que lleva a “La Tejera”, hasta que cojo y burro desaparecían monte arriba.

Cipriana, su mujer, había nacido en Dobres y se había casado en Llánaves, un pueblo de León donde nacieron sus tres hijos. La mujer, que perdió a su primer marido en la guerra civil, regresó a su tierra y allí la conoció Jesús por medio de Estefanía, otra lebaniega que venía todos los años a canjear géneros a nuestra tierra. Un apaño, que así suelen conocerse por aquí estas decisiones.

A veces uno acierta respondiéndose preguntas. Jesús, que no conoció hijos naturales, se atrevió a responder a una pregunta delicada. Para mi personaje de hoy, de carne y hueso que fue, el viaje vertical era el que hacía cada cierto tiempo a través del monte. Para llegar a San Salvador subía por la cabecera de Carracedo y atravesaba la Camperona. Fue allí, en el lugar que los habitantes de Polentinos conocen como la subida al pozo, donde Jesús dio un nudo a un tallo. Era un tallo delgado, de buena veta; de buena veta había de ser para soportar aquella prueba que implicaba a los ojos del hombre la docilidad, el sometimiento, la obediencia, el respeto...

Aquel tallo, luego matorro, quedó señalado para siempre con un nudo que simboliza las buenas formas que a los hijos debemos inculcarles desde pequeños, cuando es fácil corregir sus posturas, cuando todavía hay tiempo para mostrarles el camino.

Yo simplemente quería estampar aquí una semblanza, la de Jesús, “el cojo”, como si le viera tirando de su burro en dirección a Valdehorcas, por aquel camino que le conduciría de vuelta al pueblo que le llenó los ojos, que le arropó el corazón, al pueblo que le robara el alma.


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