Como no podía ser de otra manera, siempre me han gustado las palabras. No me refiero a las que utilizamos en una conversación normal, sino a esas palabras raras, las que no vienen en el diccionario o que, si vienen, no significan lo mismo; las nuestras, de nuestra zona de montaña.
Estoy haciendo un recorrido breve por la A. Quién no ha oído hablar del Almidrez, el mortero de cobre que servía para moler y machacar los alimentos; el Aluche, término que sí contempla el Diccionario de la Real Academia, pero con otras acepciones. Muy de León, pero también de nuestra montaña, el aluche era una pelea entre dos, cada uno agarrando el cinturón del contrario, procurando tumbarle.
Apurando ya los últimos días de vacaciones en San Salvador, me visita el filólogo Carlos Vielba, que veranea en el Parador Fuentes Carrionas, estudioso por el que nos llega cada lunes a curiosón su larga lista de palabras inusuales, que raramente aparecen en el Diccionario de la Lengua y que servían para el entendimiento diario entre nuestros paisanos. Carlos me ha dejado ya como regalo para la futura biblioteca el impresionante tomo que lo explica, con más de 700 páginas, lo que sin duda es para mí una joya y creo que para el mundo.
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