En el nombre del hombre

Dejando atrás el valle de Pesaguero se entra en Palencia. Piedrasluengas, que con el río bullón aporta también su baño verde al valle cántabro hasta llegar al Deva, es otro de los lugares palentinos más característicos, donde la montaña alcanza una expresión difícil de conjugar en estas entregas.




La Vega de Liébana, donde los estrategas cuentan siete valles enlazados en un círculo, con un diámetro de entre veinte y treinta kilómetros, a los pies de la montaña palentina, ha logrado en los últimos años una afluencia turística que hoy desbordaría a los viejos cronistas. Jesús Torbado, en un especial para la revista “Tribuna” citaba las palabras que hace veinte años escribiera Ridruejo, refiriéndose a la riqueza y a la miseria de este hermoso rincón de la vecina Cantabria: “conocer los más diversos cultivos y no tener bastante de ninguno”.

Nuestro sino corre a la par. Nuestro destino parece conducirse, primero, hacia el conocimiento y, después, hacia la expansión de unos pueblos cuyas gentes han procurado mantenerlos vivos. Esta es una de las reflexiones que más se echan en falta en todos los ámbitos, cuando por alguna razón se nos enjuicia sin considerar seriamente la gran realidad que late dentro: el hombre. Quienes defienden la Naturaleza se inclinan demasiado hacia la defensa de todos los géneros vivos, incluyendo los montes y las plantas, obviando siempre o casi siempre al ser humano.

La administración, que a toda costa pretende la denominación para todo el contorno de Parque Natural, incluso antes de que se apruebe, con promesas de futuro y subvenciones de calado por parte de alguno de sus representantes, olvida al dictar dicho preámbulo que la Tierra que ellos ofrecen, que la Tierra en la que ellos invierten la firma de la Junta, ha sido mantenida durante generaciones por los antepasados de quienes hoy esperan una ley, que les diga si lo que están haciendo por sentido común está bien o está mal, hasta dónde pueden llegar con sus ganados, qué les está permitido contemplar a los turistas.

Un ex–empresario del carbón me detiene en Cervera, me invita a pasar a su casa y me incita con palabras amables a escribir algo en favor de la Central de Biomasa que se pretende para Salinas de Pisuerga. Sus palabras, más o menos, vienen a resumirse en estas líneas: “Tú que escribes a menudo en la prensa, por qué no haces un comentario favorable de la Central de Salinas de Pisuerga”. “En el centro de muchas ciudades europeas –me cita Alemania– hay centrales similares y no ha pasado nada, y no se ha armado nunca la gresca que se ha armado aquí”. Al final del encuentro, aunque insiste que a él ya no le implica directamente lo que vaya a hacerse, le parece un error que estando donde estamos, se quieran instalar unos hornos de gas-oil.

Resulta que nuestro hombre –vinculado ideológicamente al PP–, baja en su día a Palencia y les pide apoyo a los máximos representantes de este partido. “Estamos en tiempo de elecciones –le responden entonces– y tal y como están las cosas, si nos mostramos muy abiertamente a favor del proyecto, se pueden perder votos. Cuando pase la campaña, lo estudiaremos –le prometen–. Ante la confusión reinante se nos antojan las preguntas: ¿Qué buscan los empresarios que dicen que no es malo?,¿Qué temen los políticos si, como aseguran, no va a tener impacto negativo?, ¿Por qué hay personas que lo asocian con una futura incineradora de restos humanos?, ¿Qué buscan los ecologistas que vienen desde tan lejos a oponerse…?

Un fenómeno muy similar , donde afloran siempre un montón de intereses, se suscita en torno a la mini-central de Cardaño. Un ganadero de Alba me cuenta cómo la férrea oposición que parece asociada a este proyecto, se rompe un día, cuando escucha en la radio que no lo aprueban pero que están dispuestos a dejar que lo hagan si les dan a cambio una importante cantidad de dinero.

Aquí, como en todos los conflictos, hay muchas opiniones en contra y a favor, hay muchos intereses creados; gentes que todo lo ven “da buten” con tal de obtener un pase en el proyecto, una venta de mineral, unos votos para el partido…

Algunos se oponen radicalmente a este y a otros proyectos, fijando la vista en el entorno. Y es curioso, casi todos ellos ignoran al hombre. Los habitantes aparecen en la distancia como un número. Nadie sabe dónde ponerlos, nadie habla de consultarlos cuando se está planificando un Parque. Lo único que sabemos es que viven en un entorno natural –se piensa siempre que privilegiado–, en un entorno de especies animales protegidas, en una punta de Palencia cuya frontera se inicia en un puerto llamado Piedrasluengas.


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