Cántabru vivu


Vivo apasionado por las voces que desde todos los puntos, por cuestiones de lengua o tradición, vuelven a referirse a nuestra tierra. Constantemente estamos reescribiendo la historia y partiendo de las señales que nos dejan los libros y las investigaciones, vamos lentamente despejando las dudas, saboreando de otro modo los hechos acaecidos; rompiendo moldes, porque ni siempre fue bueno lo que se dijo antes ni vale todo lo que ahora se nos quiere decir. El diario “Alerta” publicaba en mayo una entrevista a los miembros de la Asociación “Cantabru Vivu”, Roberto Diego y Raúl Molleda, a propósito del II Encuentro sobre el Idioma Cántabro. Con sede en Torrelavega, la asociación se dedica a la recuperación, el fomento y la dignificación del idioma. Diego es músico e investigador, autor del libro “Aportación al Estudio del habla cántabra”, y Molleda ha realizado varias recopilaciones de toponimia en versión vernácula.Debo aclarar que no pretendo con este comentario abrir fronteras, ni reivindicar posiciones en torno a nuestra posible descendencia.


Esa es materia para investigadores y gobiernos, pero no podemos negar la cantidad de cosas que hemos compartido, como el intercambio de productos, los mercados y ferias, los puertos, los caminos y, de algún modo, lo que estos autores vienen denominando idioma cántabro. Quienes se suman a esta definición de la lengua nativa de Cantabria, diferencian dos modalidades: la occidental que aspira la efe latina (jarina, jalechu, jigu), y la oriental, donde los plurales masculinos acaban en us (jatus, tochus), y abunda el cambio de la e final por i (tristi, baldi, juenti). El cántabru se habla principalmente en los pueblos, y los entrevistados aseguran que en Santander se sigue hablando en el ámbito familiar, sobre todo entre las personas de procedencia rural.

Se habla de escritores costumbristas que lo usaron, como Manuel Llano, autor que ya mencioné años atrás en este diario en un extenso artículo y reconocidos lingüistas como Menéndez Pidal, el americano Carl Holmquist y el británico Ralph Penny que reúne en un ensayo más de 7000 vocables pasiegos. Es apasionante cuando menos, la búsqueda y la conservación de nuestras raíces y, aunque siempre se tiende a ponderar demasiado hechos y costumbres que fueron, el haber compartido con ellos tanta historia, nos hace de algún modo beneficiarios y nos obliga a responder por ello. Así, por ejemplo, no tomo en cuenta su apasionado discurso, donde afirman que la lengua cántabra se habla en la completa totalidad de la actual Comunidad Autónoma de Cantabria y en el Oriente de Asturias (Peñamellera...); en Burgos (Espinosa de los Monteros y Mena); en las Encartaciones vizcaínas (Carranza y Trucíos) y en el norte de Palencia (Pernía y Brañosera).

Tengo un primo en la familia, Javier Pérez, que lo habla por los codos, no sabemos de dónde le viene tanto arraigo. Mi mujer, cuyo padre era de Herreruela y la madre de Polentinos, recuerda que el primer verano que llegó a Polentinos, pensaba que había viajado al extranjero. Y estoy de acuerdo con un vecino de Camasobres que expone en un foro de la Web interesantes apuntes sobre la historia y las costumbres. Allí menciona alguno de los topónimos más usados: cuturusil, coterucu, sombalomba, Ascares, Los Cuéneres, así como palabras de uso corriente todavía: dujo, jatu, matorru, dalle, colodra... No sé si el Gobierno Cántabro se verá empujado a crear un proyecto paralelo al de “Comillas”, que contemple lo que para estos defensores es una lengua viva, pero sí es verdad que debe inscribirse dentro de nuestra dilatada historia.


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