El lobo de Bernardino


Yo insisto en recordar a mis paisanos y amigos la lectura reposada de “Las tradiciones etiológicas palentinas” (Núm. 32 de la Institución Tello Téllez de Meneses, 1972), donde se recoge con minuciosidad la historia de esta tierra, por qué tras determinada sentencia vino un pleito, a qué motivos se deben ciertos nombres, qué explicación puede darse a la fuentecilla que, en el lugar conocido como “las peñas del moro”, en el centro de la vinajera chica, viene mnando desde hace siglos, al revés de las otras, de arriba abajo, cayendo el agua gota a gota en una pila donde no se aprecia desagüe alguno y donde no se derrama nunca el agua. Misterios que Matías nos dejó en verso y que algún día explicará la metafísica.

Los caminos, las costumbres, los frutos... Datos que muestran en una sucesiva e interminable cascada de topónimos el auge y el declive de estos condados, lugares donde, hoy más que nunca, los animales respiran a sus anchas.

Dichas lecturas se publicaron por primera vez en el año 1871, las dos primeras en hojas sueltas, en Vitoria, y la última en Madrid acompañada de un apéndice. Inicialmente se basaron en simples noticias populares, noticias que con posterioridad se fueron ampliando con notas de escritores fidedignos, costumbres y descripción de sitios. Acudo a esta cita porque aquellas lecturas motivaron la semblanza sobre Matías Barrio y Mier ya concluída, aunque a falta de varias correciones y la introducción de algunos datos nuevos que me propongo culminar en breve.

Seguramente, si nos remontásemos más atrás en el tiempo, hallaríamos pasajes y lecturas donde se hace referencia al animal. “Al gavilán, al caballo y al hombre, los doma el tiempo” –dice el refranero. “Rocín de halconero, flaco y macilento”. Otros refranes antiguos describen bienes y productos de nuestra tierra: “En siete cosas se aventaja a todos el suelo hispano: aves e cetrería, caballos, toros, ovejas, vinos, aceites y granos”. Este claro exponente lo encontramos también en algunos romances, como el de “San Antonio y los pajaritos”, al parecer, inspirado en los milagros de santos que tanto proliferan en europa durante la Edad Media. De la antigüedad descuellan sin cesar creencias que convierten al lobo en amuleto. Plinio el Viejo aconsejaba frotar las encías del niño con un diente de lobo para aliviar su dolor. Y en Asturias, las mujeres tenían la creencia de que un diente de lobo protegía contra la inflamación de la mama, lo que allí se conocía como “el mal del monte”.

Leyendo el romance de “La loba parda”, que a primeros de la década de los ochenta recitaba el vecino de Osorno, Emiliano Melendro a Joaquin Díaz, me vienen a la memoria algunas historias que me contaron más arriba. Al tío Antonio le mataron los lobos un burro en la Vega de Arriba. “Déjale que se joda –decía–, que así aprende para otra vez”: Mis padres me contaron hace poco que en Olleros una yegua nunca llegaba a casa. Le salían al encuentro los lobos y al animal le servíade parapeto un gran espino. Cansado el dueño de su desobediencia, ignorando que aquel matorro era su vida, lo cortó y una noche la comieron los lobos.

Estos años de atrás, los pastores transhumantes culparon a los lobos de haberles matado cien ovejas en la Sierra de Brañosera y Faustino Varona contaba en una de sus últimas crónicas desde Valderredible, cómo se organizaron batidas en octubre abarcando toda la Sierra Salvada sin haber logrado los vecinos objetivo alguno. Dice nuestro cronista que el pastor de Lantero fue muy explícito al respecto: “sin rezar no cazamos al lobo”.

El tío Basilio, de Areños, suegro de mi padrino, que hacía portes de patatas para Potes y Asturias con una furgoneta que le costó cuarenta y ocho euros (lo perdió todo durante la guerra estableciéndose en Liébana), le tomaba el pelo a Bernardino, ganadero del mismo pueblo: “lobos que andáis por el monte con la boca abría y el rabo escondío, coméile las cabras al tío Bernardino”. Y un día se las comieron.

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