Hogar de oficios

Todos los artículos que vengo desgranando están confeccionados lejos de casa, en una ciudad llena de humo, por donde corre el metro más moderno del mundo.

 
Todo este movimiento que yo vivo casi como ustedes, a través del periódico, no me subyuga como pudiera hacerlo la casa donde nací tal día como hoy, hace 39 años. Es cierto que utilizo y comparto todos los servicios y adelantos que a empujones nos meten en ese siglo nuevo, en el que no pensaron ni los grandes genios de los ordenadores. Pero nada se puede comparar con este aliento que recibo del pueblo, con su escuela, con su iglesia, y ahora mismo con un movimiento de gentes que nunca antes alcanzó el norte de Palencia.

Vienen de todas partes buscando este silencio, huyendo de la prisa, bebiendo a grandes sorbos esa tranquilidad que mana de las calles, ese gesto contenido y tranquilo de sus gentes.

Como ellos vuelvo también al hogar de siempre, a la casa del abuelo paterno, camino de los montes, buscando las reservas necesarias para empezar en septiembre otro nuevo curso. Casi toda la montaña que vengo promoviendo con ahínco desde hace años, es un camino andado tiempo atrás, de niño, de joven, cuando los editores de este periódico ni siquiera me tenían en nómina. Aquellos caminos no han cambiado. Me lo dicen los pueblos que visito, me lo dicen aquellos que escribieron de la montaña, lógicamente , con menos motivación de la que a mí siempre me dieron estos lugares. Desde el hogar, sin guías ni mapas que valgan, los venero como los antiguos, proyectando sobre los renglones el flujo de cada estación.

Lo cierto es que, la casa que ahora me sirve de refugio, fue durante varias generaciones despensa de estos pueblos. Primero, una cantina y, después, una tienda de barrio donde se podía encontrar desde un clavo hasta un pimiento, desde una esponja hasta una pata de cordero. El matadero estaba al final de la calle y el único adelanto que se utilizaba cuando yo me limitaba a batir la sangre de los bichos en un cubo de cobre era una vieja trócola compuesta de dos piezas, con cuatro o cinco ranuras cada una, a través de las cuales se enroscaba un cordel. En otro anexo de la casa se encontraba el almacén de vinos. Vinos que nos servían los hermanos Escudero de Aguilar de Campóo. La fruta nos llegaba semanalmente desde Toro (Zamora) y competíamos en buena lid con Germán, que iba él a buscarlo directamente a las huertas de otros puntos de España, sirviéndolo después por los pueblos del Norte a un precio y con una calidad imposibles de igualar en esas condiciones. Elosúa, de León, y Spar, de Santander, entre otros, eran las casas comerciales que suministraban el resto de productos alimenticios.

En el verano, además de atender estos menesteres, se esquilaban las ovejas y, hace un par de años, al jubilarse el padre y dar de baja los negocios, tras una reforma de la casa para adaptarla lo más posible a una vivienda, encontré entre los papeles una carta de la “Casa Rodríguez”, de Valencia, (una cuchillería que había suministrado una revolucionaria máquina). Con ella se respondía a alguna misiva de mi familia en la que, posiblemente, se sugería la devolución del material y el abono del importe.

“Acabamos de recibir su carta –contestaban aquellos– y vemos que no han entendido el verdadero funcionamiento de la máquina. Se conoce que no es gente técnica en el esquilo”. Es curioso, porque—amén del mal gusto del comercial de aquella casa—, si después de atender todos los apartados que he mencionado, hubieran tenido que especializarse en el esquilo de oveja a máquina, probablemente se hubieran alargado los oficios, con lo cual yo no estaría ahora mismo entretenido en la confección de estos artículos.

La historia hizo que años después, en aquellos mismos almacenes se curasen las pieles o se alimentara una piara de cerdos en el mismo sitio donde hoy se curan los jamones.

Este hogar, donde tantos oficios se tocaron –si incluimos asimismo las artes culinarias de la abuela Ascención, los trabajos de entibador en la mina del abuelo Clementino, las vacas de la abuela Lorenza, la panadería del tío Agustín, el curtido de las pieles y algunas otras cosas que otro día les contaré–, hicieron que aprendiese un poco de cada cosa. También el refranero aquí fue justo, porque el dinero no abundó en esta casa, si bien es verdad que nunca faltó un plato de legumbre.

En la ciudad, la casa es un hueco dentro de otro hueco. Aquí, la casa mira al norte, esta viva, nos sumerge, nos inspira, nos envuelve… Aquí, la casa es una especie de milagro que de golpe nos devuelve la memoria de tanta y tanta gente.


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