Armamento de agua


Cuando uno se plantea el canto o la defensa de una tierra, con todo lo que la tierra aporta de sentimiento —porque uno pertenece a ella, le pese a quien le pese— se tropieza con aquellos que observan y analizan con lupa, buscando el más pequeño desliz para desvincularte, para aniquilar tu pensamiento, para trastocar la ilusión de aquellos que han encontrado en tus palabras un cierto sabor a vino viejo, un apósito para esas heridas que no se ven pero que llagan.


Eso no va a cambiar en absoluto mi propósito. Quienes ahora duermen a pierna suelta, quienes consideran que su estado de seguridad actual es para siempre, quienes olímpicamente todo se lo pasan por debajo; aquellos que entienden que nada merece la pena, que es inútil intentarlo seis veces, están exponiendo su fracaso, pero no se confundan, se trata de su fracaso personal, no de la tierra que está pidiendo a gritos manos y voluntades para mostrar la riqueza que anida en su precioso vientre.

Cuando a mediados de la década de los noventa, los habitantes de Soria oyeron hablar de la construcción de cuatro pantanos en la cabecera del Duero, manifestaron su sospecha de que la iniciativa no tuviera nada que ver con los intereses de la provincia.

Aquello fue una de la chispa que puso a prueba su paciencia. El levantamiento actual es el rebose de todo los olvidos. En la historia reciente de esta tierra hay un puñado de ejemplos que obligan a cambiar la ligera impresión de muchos ojos que desde fuera se quedaron helados viendo el levantamiento de un "grupito" de gente.

Más que todas las miradas de tristeza, más que la desazón que produce el desahucio, por encima del desastre ecológico que conlleva la construcción de un gran embalse, pienso en la rivalidad que se establece entre los contendientes. Ni las sentencias más justas y arbitrarias del mundo podrán reconciliarlos.

Nadie explicó con exactitud la causa que motivó al Estado para cerrar definitivamente el proyecto del pantano de Vidrieros. Entonces se esgrimió como justificación que era paso del oso, pero a nadie se le escapa que el motivo fue otro.

Viene este tema a colación, ahora que, después de veinte años de fuerte polémica, comienza a llenarse el embalse navarro de Itoiz. Naturalmente, Itoiz se enclava dentro de los grandes embalses del mundo y, según la previsión de Medio Ambiente, cuando alcance su llenado total dentro de cuatro años, suministrará agua de riego y urbana a 300.000 habitantes de 60 núcleos de población, incluida Pamplona. Este proyecto ha obligado a desalojar a más de 50 personas y ha afectado a tres zonas naturales protegidas: La flora y la fauna del lugar han sufrido un fuerte impacto, desapareciendo encinares, hayedos, y bosque de galería en excelente estado de conservación. Se han visto igualmente afectadas especies protegidas, como el águila real o el buitre leonado. La nutria, a quien se considera como excelente bioindicador de la salud de los ríos, ha desaparecido.

Las máquinas no se han detenido en una zona donde los ecologistas, embutidos en la Coordinadora, han peleado durante diecisiete años como nadie para impedir el avance de las obras. Es más, la Coordinadora logró que la Audiencia Nacional dictaminara la anulación del proyecto y la prohibición firme del llenado por distintas infracciones legales.

Pero si el poderoso tiene intención de llevarlo adelante, nadie puede evitarlo. Navarra modificó su legislación y el Tribunal Supremo legalizó a posteriori las obras.

El ejemplo prosigue en otras partes y ahora le toca el turno a Artieda, un municipio del bajo Pirineo, con 106 habitantes y 1200 hectáreas que se verá afectado por la ampliación del embalse de Yesa.

Allí se maneja el mismo argumento: quienes manifiestan su oposición se aferran a las raíces, argumentos que no pesan para la maquinaria sin conciencia del Estado, pero que sí sopesan los vecinos curiosos aplicándose el dicho de las barbas y poniéndose mentalmente en su lugar, sin que sirva de mucho, para qué vamos a engañarnos, porque para nada es lo mismo verlo que padecerlo. Oposición que contrasta con las razones de los regantes, que las tienen, porque pagan sus impuestos y, como nosotros necesitamos las carreteras para hablar de futuro, ellos necesitan el agua.

El conflicto es mundial. A finales del pasado siglo, la escritora Arundhat Roy abanderaba una campaña contra las grandes presas en la India. Su artículo, "el gran bien común", provocó la quema de sus libros a manos de los partidarios de los pantanos. "Las grandes presas –decía allí– son una forma descarada de quitar agua, tierra y riego a los pobres". Tenía una buena razón para escribir eso. Allí las presas han provocado cincuenta millones de desplazados. Para la escritora india, "reasentar a 200.000 personas para llevar agua a cuarenta millones son matemáticas fascistas".

Ni que decir tiene que para encarar la batalla que se desencadenó a propósito de Vidrieros, que desde luego no alcanza ninguno de estos tintes, yo me situé al lado de los míos, al lado de esos grupos que de antemano tienen la batalla perdida si alguien se propone desalojarlos bajo la motivación de un bien tan preciado como el agua.

No me digan que no hemos cubierto con generosidad extrema sus expectativas.

No me digan que no hemos pagado un tributo elevado al desarrollo de otros.

Ya va siendo hora de que reclamemos el derecho a nuestro desarrollo y recibamos en compensación la solidaridad de los demás.


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