El dolor de los nuestros


La vida es un instante. Uno mira hacia atrás y se revuelve contra la injusticia, contra la soledad, contra el tiempo. Uno mira hacia el tiempo y se emociona en medio de tantos protagonistas que ya no están, que han desaparecido, que se han marchado sin una queja, como esperando con la mayor naturalidad ese momento.


No quisiera despertar el dolor en aquellos que hoy se sienten mencionados, porque cada cual tiene el suyo y no hay dolor como el de uno. Yo creo que después de tanto tiempo ya no duele, pues uno se acostumbra al vacío que dejaron, al principio imposible de llenar y, a medida que pasan los días y los meses, ese dolor se va transformando en memoria viva que nos acompañará siempre.

Muy pronto se cumplirán dos años de la marcha repentina e inesperada de Raquel Cuevas. ¿Quién era Raquel? –me pregunta Wifredo. Raquel era el alma de la Venta Urbaneja. Describía como nadie los recuerdos. Allí vivió en primera línea el incesante trasiego de los pueblos que venían con sus carros a repostar las carrales de vino o a proveerse de piensos y alimento para el duro invierno.

Te abrazaban sus ojos con un tacto exquisito. Y eso es lo que te marca de la vida de los otros: la sinceridad, el afecto, la entrega. Esa belleza interna que se va desprendiendo por sus poros hasta llegar a confundirse con los de su interlocutor; la disposición para enfrentarse al riesgo, el modo de acometer las situaciones más difíciles...

Cuando nos desplazamos hasta Valdecilla para alentar a su familia, yo la recordaba en aquella casona, madre fiel y anegada de sus hijos, de su hija, y un día sí y otro también, rodeada de comensales y visitantes que se extasiaban cuando salía a colación el comienzo de la vida en aquella parada.

Interiormente yo siempre me decía: “con todo lo que tiene aquí, con lo que debe soportar ella, y cómo sabe hilar con los sinsabores y las penas, como les da la vuelta, con qué maestría, si es que hay métodos silenciosos para luchar contra el dolor. Entiendo que demostró sobradamente el coraje que aúnan estas mujeres de la montaña, además de heredar también el ingenio de su abuelo Zacarías, recordándonos los métodos a los que acudía para superar los momentos difíciles en Villanueva de Vañes.

Pero su reserva no la impidió en ningún momento, ni a costa de perder el beneplácito de los más influyentes o de quienes en alguna ocasión se habían mostrado como amigos, ejercer la demanda de aquello que consideraba justo. Contínuamente nos encontramos con personas que prefieren vivir disconformes consigo mismas antes de verse sometidas a la crítica o la reprobación de los otros. Para algunos sólo vale el disimulo, la alabanza, agradar a todos a costa de todo, lo que sabemos es imposible y más en un medio pequeño donde pasó su vida. A mí lo que me arraiga, lo que me obliga a seguir en este cuaderno, lo que de verdad me inspira y me conserva es el recuerdo de gentes como ella, más que ninguna biografía de ningún rey o literato, más que todo lo que puedan contar los periodistas más curtidos, más que el estudio de cualquier materia.


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