Elogio del pasado






La ciudad alemana de Weimar quedó sorprendida, como el mundo entero, cuando, en diciembre de 1999, a punto de culminar una época, ve cómo se alza con el galardón en el Concurso Internacional de Ensayo una rusa de 20 años, Iveta Gerasimchuk, después de desbancar a casi 2.500 prestigiosos ensayistas y filósofos de los cinco continentes. El título de la convocatoria era Liberar el futuro del pasado, liberar al pasado del futuro, y al mismo concurrieron 2.481 originales en las seis lenguas de la ONU (inglés, francés, chino, español, árabe y ruso). Durante un año los jurados eligen 43 finalistas, resultando ser la ganadora esta rusa, con un trabajo escrito en forma de diccionario donde describe el choque entre los anemófilos (adoradores del viento) y los cronistas (adoradores del pasado).


Ignoro por qué derroteros habrá caminado la pluma de Iveta. Este comienzo es lo que en el argot periodístico se conoce como hinchar el perro, o de otro modo, inflar la noticia para llenar un espacio, enrollándose uno en un asunto que hubiera podido explicarse en cuatro líneas. Pero enlaza bien con el pensamiento de hoy y tiene su miga el lema escogido por los organizadores, a saber: o futuro, o pasado. ¿De qué modo podemos mejorar mañana si no llevamos un proyecto sólido, donde se van analizando y suprimiendo los errores cometidos en el pasado? A mí, personalmente, lo que más me preocupa, más que venir de un pasado más o menos tranquilo, es volar hacia un futuro lleno de incertidumbre y en ese vuelo a gran velocidad perderme todas las cosas buenas que me dieron, todo lo bueno que aprendí, todo lo que la gente me enseñó, todo lo que la tierra me fue participando y, en fin, aquello que me fue haciendo como soy.

Si nos ponemos en la diatriba de elegir entre pasado y futuro, yo elijo pasado hasta donde pueda retener los recuerdos y elijo pasado por el valor de la palabra, que era como una firma. Y elijo pasado por las ideas, que eran auténticas. Hoy se vuelve a escribir sobre lo escrito, se vuelve a interpretar sobre lo que rodaron con mayores dificultades y escaso presupuesto personas realmente comprometidas con la cultura, no vividores como los de ahora que se dedican a plagiar, a pedir derechos de autor, a vivir a cuerpo de rey a expensas de los programas rosas de la televisión, a vanagloriarse de un invento que es más bien un apaño, una copia mala de algo que otro inventó primero.

Sin querer para nada volver a vivirlo, porque la vida está plagada de curvas y para qué volver a ellas, yo elijo el pasado, cuando mi abuela era la abuela de todo el pueblo y entraban los vecinos sin llamar a tu casa, y se sentaban a la mesa, porque de verdad daba igual uno más que uno menos, y tiraban del carro cuando se quedaba atascado en el camino y se ayudaban mutuamente en las faenas del campo.

Cuentan que George Stephenson, el inventor de la locomotora, compareció en 1825 ante una comisión parlamentaria y alguien le preguntó: «¿Qué podría suceder si una de esas máquinas corriera a una velocidad de ocho o diez kilómetros por hora y hallase entre las vías una vaca? ¿No sería un caso muy serio?» A lo que respondió el ilustre británico: «Sí, muy serio... para la vaca»

Vamos desbocados hacia el futuro, casi sin tiempo de mirar hacia atrás para recuperar lo bueno que dejamos en el camino. Tal vez el inventor hoy respondería así a la misma pregunta: «Sí, muy serio... para el hombre».


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