Romancerillo


Clemente Lomba, natural de Casavegas y afincado en Santander, viene a Bilbao en abril para pedirme una aportación al “Romancerillo Cántabro”, muy bien llevado por Fernando Gomarín Guirado, director del Aula de Etnografía de la Universidad de Cantabria.

Una de las ventajas que ocasionan la distancia y el olvido, quizá la única, es la conservación del Patrimonio oral: las marzas, los reyes, las coplas populares y los romances, cuyas notas tanta nostalgia me provocan, pues vienen al recuerdo muchas personas que desde Piedrasluengas a Polentinos y desde Lebanza a Celada de Roblecedo, llenaron tantos días de convivencia. Pero frente a la ventaja de practicarlo con cierta regularidad, ante la ausencia de nuevas mareas, existe también el riesgo de perderlo, ya que pocas personas –por falta sobre todo de tiempo y ayuda de las Instituciones regionales, comarcales, e incluso locales–, pueden dedicarse a recopilarlo.

La edición de Fernando Gomarín, en la que colabora el Ayuntamiento de Santa María de Cayón, y en cuyo prólogo Diego Catalán describe con amplitud y generosidad todas las inquietudes de las comarcas cercanas de Liébana y Polaciones, me llevan a lanzar una llamada a los responsables de los Ayuntamientos de nuestra zona norte, para que realicen un seguimiento y la correspondiente publicación de muchos de los temas que de otro modo se acabarán perdiendo irremediablemente.

A medida que avanza el tiempo, el latido de nuestro rico patrimonio se va debilitando, lo que dice bien poco a favor de quienes lo heredamos. Algo ha hecho a este respecto la Tello Téllez, publicando las versiones recogidas por Joaquín Díaz y González Lamadrid. Algo suelto ha publicado Gonzálo Alcalde Crespo en los libros de la Montaña, que viene bien, pero que no es el asiento adecuado, como las “Coplas del Horquero” o algunas de las leyendas. Algo hemos ido hilvanando los cantores ocasionales a lo largo de estos años, pero queda mucho por hacer y apenas tenemos tiempo, pues quienes recuerdan por transmisión oral estas historias son mayores.

El prologuista de este libro que me remiten desde Cantabria (algo he aportado a su libro, aunque reservo el resto para confeccionar un cancionero nuestro), cita muy oportunamente la descripción que hizo Ramón Menéndez Pidal en su recorrido por Asturias y Cantabria (junto a María Goyri y a su hijo menor), recogiendo cantares, e incluso filmando los bailes.

31 de Julio de 1930. Desde Santander a Ruiloba. El pueblo nos recibe en fiestas. Todos están en la plaza. Los danzadores con sendas varas adornadas de colores, simbolizando las lanzas, forman con ellos túnel para que pasemos por debajo a entrar en el Ayuntamiento. Allí nos entregarán copias del romance que cantarán.

—Atención, noble auditorio:
una historia verdadera
que ha ocurrido en Ventanilla,
a una legua de Cervera.

—Con una mujer muy noble
que se llamaba Gabriela;
el marido se murió,
Dios en la gloria le tenga.

—Se volvió a Ventanilla
y arrendó una casa nueva,
de Francisco Mediavilla,
primo de Quico Barreda.

Así comienza una larga historiar que recogí hace años y que conservo junto a otros romances que me narraron y en algunos casos me cantaron, personajes curiosos de nuestra montaña palentina, como “El cura”, en versión de Pepe Martínez (Polentinos); “Balbuena”, que interpretó Primitiva (Lebanza) o “Palabras de firme amor” que aprendí de mi abuela Lorenza y que añadí a mi repertorio procurando ser fiel a los amables trasmisores. Como digo, esto es una insignificante muestra de historias que todavía laten, muchas de las cuales estamos a tiempo de recuperar.

Cuando en Agosto de 1996, me reunía en Tremaya con Luis Guzmán Rubio, para llevarle a la sección “Protagonistas de la Montaña Palentina” (todavía sin cerrar), recordaba a todos los que como él y como su padre (q.g.h.) realizaron una incursión por nuestras aldeas para recoger bailes y canciones.

En Soria, Avila y Cáceres trabajó bastante Katz Schindler, director de la Schola Cantorum de New York en 1930. Posteriormente, desde Julio de 1932 a 1933, tiempo en el que llegaban a los pueblos con un aparato para la inscripción directa de discos gramofónicos “en aluminio”, este mismo investigador se desplazó a Cantabria.

Ramón Menéndez Pidal tampoco pudo ver realizados los planes de publicación de “Epopeya y Romancero”, al desaparecer el Centro de Estudios Históricos que auspiciaba su obra.

Diego Catalán y Alvaro Galmés, que corrieron por otros caminos con la misma inquietud, reflejan sus impresiones al adentrarse en los pueblos de la autonomía vecina, próximos a nuestros pagos. “Ahora —según figura en la carta del 22-VIII-1948—tenemos mucha prisa, porque vamos a recoger romances. (…) No preguntaremos en los pueblos que ha estado José María de Cossío…”

Quiero dejar claro con estas reflexiones que, todos aquellos que hemos trabajado altruístamente en la recogida de material, necesitamos la compensación de verlo publicado, porque de otro modo se irán perdiendo la notas originales que de boca en boca, más o menos fielmente, se han ido transmitiendo. Pienso, como Diego Catalán, que allí donde exista una tradición o el recuerdo de la misma en la versión de sus mayores, todos debemos aportar nuestro granito y “corresponde a los organismos e individuos de cada comunidad regional (o aún local) el esfuerzo de descubrir, publicar y, en consecuencia, financiar su propio romancero.

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