El arado


Uno quisiera ser, amable lector, ese espíritu que nos sirve de puente para conectar con los lugares y las gentes de otras épocas. Dicen los sabios autores que en “el libro de las Behetrías (1340-1352) se habla de la potestad del obispo de Palencia sobre esta tierra y parte de La Liébana, y desde que Alfonso XI asignara la donación de sus antecesores al obispo D.Blas, hasta la muerte de Ramón Barberá en 1924, cuando La Gaceta de Madrid publica la vacante en el Condado de Pernía, la historia no ha dejado de crecer alrededor nuestro.


No se trata de un crecimiento demográfico. Los pueblos —constatación seria y preocupante— se nos mueren, porque, aunque también sea bueno, un pueblo no puede mantenerse del recuerdo. Sospechamos que ni una planificación en toda regla, ni una publicidad agresiva, ni las convocatorias anuales de turismo, ni el empeño constante de cuantos queremos ver un futuro esplendoroso para estas comarcas, puede hacer que la situación cambie. Porque la mejora la fomenta la propia gente que decide vivir aquí su vida, no los turistas, ni los periodistas, ni quienes venimos de visita cuatro veces al año. Y aquellos que deciden afrontarlo, saben lo que tienen por delante: un mar de distancia, una pérdida paulatina de poderes, un envejecimiento progresivo de la población y el ocaso de muchos pueblos que ante la ausencia de recursos deben optar por establecerse en los pueblos más grandes. Esa ausencia está recogida en todas partes y va y viene sin cesar de boca en boca. Y sabemos que ni las alegaciones más hermosas y razonables pueden variar el curso de las cosas.

Yo me refiero al crecimiento en cuanto a un modelo de vida, acerca de una serie de ritos, de un pasado generoso en tantas facetas, no exento de olvidos y carencias, que debería llevarnos a formalizar un compromiso a todos: a quienes viven allí, a las autoridades, a las Instituciones y consorcios que promueven y buscan la financiación de los proyectos y a quienes de una forma u otra tratamos de contárselo. Par afianzar esta propuesta me afianzo en el rico legado que heredamos, qunque costoso y lento para quienes tuvieron que vivir bajo sus pautas, enseñanzas que D.m. iremos desgrnando en esta serie como sentido homenaje a nuestros transmisores.

Tomemos al azar una palabra: el arado. Descompongámosla.

Encontramos así que, este apero de labranza tan familiar para nosotros, está formado por una reja, bien sujeta a un dental, cuyo fin es cortar la tierra horizontalmente; dos orejeras, encargadas de invertir el corte dado por la reja; el pescuño, cuña que engarza con solidez la camba (compuesta por la entra o ventril, la arrastradera y las abrazaderas), la esteva (pieza de dirección) y el dental. Finalmente, las ensurcaderas, piezas cuya misión es ensanchar el surco. Uno de los arados que junto al romano más se utilizaban en estas zonas, es el llamado de Bravant o vertedera móvil de hierro, cuyo peso requería la intervención de una segunda pareja de vacas. La precisión a la hora de llevar a cabo estos procesos, tanto en los cultivos de ciclo largo y corto como en las tierras barbechadas, tiene testigos vivos que me van dibujando con sus manos en qué medida se va uniendo cada parte –como si de un puzzle se tratara- cómo pasan las cadenas por las argollas adecuadas, cómo se engancha la pareja de reserva a la que sale titular y de qué modo, al llegar a una altura determinada, la pareja que va primero vuelve y la de atrás sigue adelante hasta tocar la orilla del sembrado, dejando para el final las zonas las zonas que aquí se conocían como “traveseros”.

Detengamos un momento este curso del recuerdo. Paremos esta noria, cuyos goznes desengrasados chirrían solicitando ungüentos. Bajemos la vista hacia ese mundo que nos motiva junto a los huertos y tenadas. Si no podemos detener la llave del destino, si es inútil viajar contra corriente, sí que podemos al menos dejar constancia al mundo de una historia cuya valoración se hará por las generaciones venideras.

Algo vi. Algo aprendí. Algo aprecié en la visita a cada pueblo. Ahora, cuando me vacío recogiendo para ustedes sensaciones, me someto a la tortura de no poder danzar bajo aquel fuego, asimilando las causas que a tantas personas les llevó a padecerlo y a disfrutar de ello.


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