Lamento final: un hospital

  • Recuerdo de lo que pudo ser y no fue


Desmenuzo la noticia en la novena planta del Hospital Río Carrión, donde la autora de mis días mantiene una batalla contra el Parkinson. Es una lucha sin cuartel. El cuerpo camina como una locomotora desgastada, brotan movimientos incontrolados que le llevan a adoptar las posturas más extrañas, como si estuviera a punto de desmembrarse; cuándo encogida, cuándo estirada hasta extremos sorprendentes; a ratos, bloqueada por completo, asombrando a propios y extraños, no sólo por los ademanes que la mueven de manera involuntaria, sino también, por la forma valiente y digna de encarar una enfermedad que vive pegada a su cuerpo desde hace ya ventidós años y que progresivamente ha ido avanzando. Son muchos días. Han sido muchas horas de sufrimiento y de preguntas que ella ha querido dejarnos como testimonio y de las que hablaré algún día largo y tendido.

Vuelvo a sacar retazos de mi vida privada, perdóneme el lector. Ya sé que el sufrimiento a nadie le es ajeno. A todos nos llega más tarde o más temprano; a todos nos roza ese momento en el que, por arte de magia equivocada, pasamos de la máxima dicha a la más terrible de las tormentas. Somos almas de paso. Hay muchos puentes dolorosos que pasar, y hay que pasarlos.

Además, la última semana de octubre fue una semana triste, y la noticia que aseguraba la construcción de un hospital en el norte de la provincia, se vio empañada por el eco de una despedida en Cervera, la de Ramón, “pescanu”, de mi edad, de mi vieja cuadrilla; la de Paco, la de Juez, la de Estéban y tantos otros. “¡Dichosos los que dudan de la muerte teniendo Paraíso!”. Qué bien encajan aquí los versos del poeta granadino y qué recursos tan manidos nos acechan cuando llega el último lamento por alguien.

Además de la risa y el meneo inconsciente de Josefa, ante mis ojos, en la repisa de la ventana se han depositado varios periódicos en los que se debate la necesidad de un centro hospitalario en Cervera de Pisuerga.

Me temo que se avecina un juicio salomónico. No entiendo algunas posturas. Algunas historias se me escapan. Estamos llegando al último minuto del partido con ventaja. Estamos llegando al último año de este siglo y milenio con un proyecto increíble ya resuelto, al que mucha gente se aferró con todos los sentidos.

No sabemos si fue cosa de un hombre solo, que en su lugar de mando se levantó un día sonámbulo perdido y lanzó a los cuatro vientos el fin último.

No entendemos a qué demonios juegan los políticos, ni quién pincha a los ciudadanos para invitarlos a un enfrentamiento.

Eramos pocos y estalló la guerra. Eramos viejos y nos pierde la memoria histórica. De un conformismo plano, hemos pasado a un levantamiento en toda regla. Y ni las palabras más precisas conseguirán cambiarlo.

Vuelvo mis ojos a la madre patria, miro a la madre/madre, que me mira como esperando una solución para su enfermedad que nadie encuentra.

Amanece en Palencia.Me asomo a la ventana. Puede que al final se abra una puerta y nadie eche en saco roto lo que vivió, lo que soñaba, lo que puede devolver el esplendor y la esperanza a la montaña.


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